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Me acordé de cuando él era joven y su sonrisa brillaba como un faro en un rostro habitualmente severo. Entonces tenía el pelo oscuro y espeso, no las exiguas y escasas raíces de ese momento. Le recordaba cuando nos cogía en sus brazos y nos besaba con cariño, cuando Mélanie iba montada sobre sus hombros en el Bois de Boulogne y cuando su mano protectora me impulsaba hacia delante apoyada en mi cintura y hacía que me sintiera el chico más poderoso del mundo. También le recordaba después de la muerte de mi madre, cómo se cerró en sí mismo, y cesaron los besos cariñosos, cómo se volvió inflexible, exigente, y cómo me criticaba, me juzgaba y me hacía tan desdichado. Quería preguntarle por qué la vida lo había hecho tan áspero, tan hostil. ¿Había sido por la muerte de Clarisse, porque había perdido a la única persona que le hacía feliz? ¿O tal vez porque había descubierto al final que le había sido infiel y que amaba a otra persona, a una mujer? ¿Había sido eso, esa humillación final, lo que le había roto el corazón y partido el alma en dos?

Pero no le pregunté nada. Nada en absoluto. Me levanté y me dirigí hacia la puerta; él no se movió. La televisión siguió atronando, al igual que la voz de Régine en la habitación de al lado.

– Adiós, papá.

Él gruñó de nuevo, sin dedicarme siquiera una mirada. Me marché cerrando la puerta a mi espalda. En las escaleras no pude contener ni un momento más las lágrimas de remordimiento y pena que parecían abrasarme la carne.

No, no pude hablar con mi padre. Fui incapaz de hacerlo.

– No te culpes, Antoine. No te lo pongas más difícil.

La necesidad de dormir cayó sobre mí como una pesada manta que descendiera sobre mi cabeza. Angele me llevó a la cama y me maravillé de la ternura de sus manos, aquellas manos respetuosas y cariñosas que trataban a diario con la muerte. Me vi arrastrado a un duermevela inquieto, muy parecido a una inmersión en las profundidades de un mar turbio. Tuve unos sueños muy extraños: mi madre arrodillada ante el tren con el abrigo rojo; mi padre con aquella sonrisa feliz de otros tiempos escalando un traicionero pico empinado y nevado, con el rostro tostado por el sol; Mélanie con un largo vestido negro flotando en la superficie de una piscina negra, con los brazos extendidos y las gafas de sol fijas sobre la nariz; y también yo, andando a zancadas por un espeso bosque lleno de maleza con los pies desnudos sobre un suelo fangoso poblado de insectos.

Era ya de mañana cuando me desperté y durante un minuto, lleno de pánico, no supe dónde estaba. Y entonces recordé, estaba en la casa de Angele, en aquella magnífica casa remodelada del siglo XIX que antes había sido una pequeña escuela de primaria. Estaba situada a orillas de un río, en el corazón de Clisson, una pintoresca población cercana a Nantes de la que jamás había oído hablar antes de conocerla a ella. La hiedra trepaba por los muros de granito, y dos grandes chimeneas dominaban el tejado apuntado y un encantador jardín vallado, el viejo patio de juegos de la escuela. Estaba en la cómoda cama de Angele, pero ella no estaba a mi lado, su hueco estaba ya frío. Me levanté, bajé las escaleras al trote y me saludó el aroma apetitoso del café con tostadas. Un sol pálido, del color del limón, entraba por los cristales de las ventanas. Fuera, el jardín estaba cubierto por las delicadas gotas de la escarcha, como un pastel glaseado. Desde donde yo estaba podía vislumbrar la parte superior del castillo medieval de Clisson.

Angele estaba sentada en la mesa, abrazada a una rodilla, leyendo un documento con mucho interés. Tenía al lado un portátil encendido. Cuando me acerqué, vi que estaba estudiando el expediente médico de mi madre. Alzó la mirada y por los círculos que enmarcaban sus ojos comprendí que no había dormido mucho.

– ¿Qué estás haciendo? -le pregunté.

– Te estaba esperando. No quería despertarte.

Se levantó, me sirvió una taza de café y me la ofreció. Vi que ya estaba vestida, con sus habituales vaqueros, botas y jersey de cuello de cisne negros.

– Tienes aspecto de no haber descansado.

– He estado leyendo el expediente médico de tu madre.

El modo en que lo dijo hizo que le prestara más atención.

– ¿Has descubierto algo?

– Sí -respondió ella-. Así es. Siéntate, Antoine.

Me senté a su lado. La cocina era un espacio cálido y soleado, pero después de aquel sueño atormentado y aquellas angustiosas pesadillas tan vividas no creía que me pudiera enfrentar a nada más. Me abracé.

– ¿Qué es lo que has encontrado?

– No soy médico, ya lo sabes, pero trabajo en un hospital y veo la muerte a diario. También leo informes médicos y hablo de continuo con los doctores. He examinado el expediente médico de tu madre mientras dormías y he tomado notas. También he investigado por Internet y he enviado un par de correos electrónicos a amigos míos médicos.

– ¿Y? -pregunté, de repente incapaz de beberme mi café.

– Tu madre tuvo migrañas desde dos años antes de morir. No muy a menudo, pero bastante fuertes. ¿Las recuerdas?

– Una o dos. Cuando le daban, tenía que acostarse a oscuras y el doctor Dardel venía a verla.

– Un par de días antes de morir tuvo una, y la examinó el doctor. Mira, puedes leerlo aquí.

Me alargó una de las notas fotocopiadas con la letra sinuosa del doctor Dardel. La había visto antes, era la última de las notas antes de la muerte de Clarisse. «7 de febrero de 1974. Migraña, náusea, vómitos, dolor en los ojos. Visión doble».

– Sí, lo vi -afirmé-. ¿Y qué pasa con eso?

– ¿Qué sabes sobre el aneurisma cerebral, Antoine?

– Bueno, sé que es como una pequeña burbuja o una pequeña ampolla que se forma en la superficie de una arteria del cerebro. El aneurisma tiene una pared más delgada que la de una arteria cerebral normal y el peligro está en que se rompa esa pared más fina.

– Lo tienes bastante claro. Estupendo.

Se sirvió un poco más de café.

– ¿Por qué me preguntas esto?

– Porque creo que tu madre murió a consecuencia de la ruptura de un aneurisma cerebral.

La miré consternado en silencio. Finalmente mascullé entre dientes:

– ¿No crees entonces que hubo una pelea con Blanche?

– Te digo lo que creo que pasó, pero cuando lo haga te lo podrás tomar como quieras, Antoine. Tendrás que creer lo que de verdad pienses que es cierto.

– ¿Crees que estoy exagerando la historia? ¿Que me estoy imaginando cosas? ¿Que me estoy volviendo paranoico?

Ella me puso una mano tranquilizadora sobre el hombro.

– Claro que no. Tranquilo. Tu abuela era una vieja homófoba. Sólo escúchame, ¿vale? El 7 de febrero de 1974, el doctor va a ver a tu madre a la avenida Kléber porque tiene una migraña aguda. Está en la cama, a oscuras. Le da la medicina habitual en estos casos y se le pasa al día siguiente. O eso creen él y ella, es lo que todo el mundo cree, pero lo malo del aneurisma cerebral es que puede ir creciendo, lento pero seguro, y que quizá tu madre lo tuviera durante un tiempo sin que nadie lo supiera y que sus migrañas ocasionales procedieran de ahí. Cuando un aneurisma se engrosa, antes de estallar y sangrar, genera cierta presión sobre el cerebro o en lugares cercanos como los nervios ópticos, por ejemplo, o en los músculos del rostro o del cuello. «Migraña, náuseas, vómitos, dolor en los ojos. Visión doble». Si el doctor Dardel hubiera sido un poco más joven o algo más espabilado, con esos síntomas habría enviado a tu madre directamente al hospital. Dos doctores amigos míos me lo han confirmado por correo electrónico. Tal vez el doctor Dardel tuvo un día muy atareado, o tenía la cabeza en otros asuntos más urgentes, o quizá simplemente no lo encontró preocupante, pero el aneurisma en el cerebro de tu madre creció y reventó. Y eso sucedió el 12 de febrero de 1974, unos días más tarde.