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Descubrí una minúscula lágrima en la comisura de su ojo y se la enjugué con el pulgar.

– Eres una mujer maravillosa, Angele Rouvatier.

– Antoine, no te me pongas sensiblero, ¿vale? -me avisó-. Eso me revienta, y tú lo sabes. Vámonos, se está haciendo tarde.

Se levantó y echó a andar hacia la moto. La observé mientras se ponía el casco y los guantes. Arrancó con el pedal en un gesto desafiante. El sol ya no pegaba con tanta fuerza y empezaba a hacer fresco.

Preparamos la cena los dos juntos, codo con codo. Hicimos sopa de verduras con puerros, zanahorias y patatas, le echamos una pizquita de verbena y tomillo del jardín; de segundo, pollo con arroz basmati, y preparamos crocante de manzanas como postre. Acompañamos todo eso con una botella fría de chablis.

La casa era acogedora y cálida, y yo tenía conciencia de lo mucho que disfrutaba de su silencio y su quietud, de su tamaño y su bucólica sencillez. Ni se me había pasado por la cabeza que un urbanita como yo pudiera disfrutar en un entorno rural. ¿Era posible vivir allí con Angele? Era técnicamente viable en estos tiempos de ordenadores, móviles y trenes de alta velocidad. Pensé en mi futura carga de trabajo. Rabagny estaba a punto de conseguirme un lucrativo negocio relacionado con la patente de la Cúpula Inteligente. No iba a tardar en estar ocupado trabajando otra vez para él y Parimbert en un ambicioso proyecto europeo de lo más apasionante, y encima el asunto iba a darme bastante dinero. Aunque de momento no me quedaba ninguna cuestión pendiente con el suegro y el yerno. En cualquier caso, era una cuestión de organizarse bien y planificarlo todo con inteligencia.

Ahora bien, ¿quería Angele que me quedara? Recordé algunas de sus frases. «No soy una persona de familia». «Tampoco soy de las que se casan». «No tengo celos». «No te me pongas sensiblero». Tal vez una parte del encanto especial de Angele radicaba en el hecho de que ella jamás sería mía del todo, y bien que lo sabía yo. Podía hacerla enloquecer en la cama -era obvio lo mucho que ella disfrutaba- y la historia de mi madre la había conmovido, pero ella jamás iba a querer vivir conmigo. Era exactamente como el felino protagonista de uno de los cuentos de Precisamente así, de Rudyard Kipling: «El gato que caminaba solo».

Después de la cena, me acordé de pronto del DVD creado a partir de la cinta de Súper 8. ¿Cómo había podido olvidarlo? Estaba en el salón junto a las fotografías y las cartas. Me apresuré a buscarlo y se lo entregué a Angele.

– ¿Qué es esto? -preguntó ella.

Le expliqué que me lo había enviado desde Nueva York Donna Rogers, la socia de June Ashby. Angele deslizó el DVD en el lector del portátil.

– Creo que esto debes verlo tú solo -murmuró.

Me acarició los cabellos, se echó la chaqueta Perfecto sobre los hombros y se escabulló en el oscuro jardín en medio de un soplo de frío aire campestre antes de que yo pudiera cambiar de idea sobre si ella debía o no estar presente.

Me senté delante del ordenador y esperé con ansiedad. Enseguida apareció una primera imagen parpadeante de mi madre. Tenía los ojos cerrados, como si durmiera, pero una sonrisa juguetona le curvaba los labios. Luego, muy despacio, abrió los párpados y se llevó una mano a modo de visera para proteger los ojos. Atónito, me asomé a esas pupilas con una mezcla de gozo y dolor. ¡Qué verdes eran! Más verdes aún que las de Mélanie. Eran unos ojos suaves y amables, serenos, luminosos, adorables.

Respiré con dificultad, embargado por la euforia y la emoción. Jamás había visto una película en la que apareciera mi madre, y ahora ahí estaba ella, en la pantalla del ordenador de Angele, milagrosamente resucitada. De pronto empezaron a rodarme unos lagrimones por las mejillas y me los enjugué a toda prisa.

Me sorprendía la gran calidad del filme. Esperaba unas imágenes toscas y unos colores de baja calidad, y no era el caso. Ahora ella corría por la playa. Se me aceleró el pulso cuando reconocí Plage des Dames, el malecón, el faro, las cabinas de madera y el mullido traje de baño naranja. Me asaltó la más extraña de las sensaciones cuando yo aparecí justo en una esquina de la imagen, atareado en la construcción de un castillo de arena. La llamaba, pero June, sin duda la persona que estaba detrás de la cámara, no estaba muy interesada en el castillo de arena de un niño. La película saltó de pronto a los postes de salvamento y la larga extensión del Gois. Distinguí a mi madre a lo lejos: una figura minúscula que cruzaba el paso durante la bajamar en un plomizo día de tormenta; vestía un pulóver blanco y unos pantalones cortos y el viento le alborotaba la melena. Al principio, la toma la mostraba muy lejos, pero se fue acercando poco a poco con esos inconfundibles andares suyos de paso ligero, como si bailara, con los pies hacia fuera y el cuello erguido. Tan grácil, tan ágil. Pasó exactamente por donde Angele y yo habíamos cruzado esa misma tarde, iba de camino hacia la isla, como nosotros, se dirigía hacia la cruz. Su rostro era todavía un poco borroso, pero se enfocó enseguida y pude ver que estaba sonriendo. Echó a correr en dirección a la cámara, se rió y se apartó de los ojos un mechón de cabellos. Esa sonrisa estaba llena de amor, toda ella refulgía de amor. Entonces se llevó una de esas manitas morenas a la altura del corazón, la besó y luego puso la palma de la mano delante de la cámara. La carne rosada de la palma de la mano era la última imagen del filme, la última que yo vi.

Me había impresionado muchísimo ver a mi madre con vida, contemplar cómo se movía, caminaba, respiraba y sonreía. Hice doble clic en el vídeo para verlo de nuevo. Una y otra vez, y así hasta perder la cuenta. No sé cuántas veces vi la película. La visioné hasta que el corazón me dijo que ella seguía ahí dentro, hasta que fui incapaz de verla otra vez porque el suplicio era insoportable, hasta que las lágrimas me emborronaron los ojos y me impidieron ver la pantalla, hasta que la eché tanto de menos que quise echarme a llorar sobre el irregular suelo de piedra. Mi madre jamás conocería a mis hijos ni sabría quién era yo ahora, en qué me había convertido al crecer, yo, su hijo, un hombre que vivía la vida como mejor sabía, que hacía todo lo posible por salir adelante, fuera como fuera. Algo se rompió en mi interior. Noté cómo se soltaba y se alejaba. El dolor se marchaba y dejaba en su lugar un entumecimiento, una molestia. Supe que ese vacío iba a permanecer ahí para siempre.

Detuve el vídeo, saqué el DVD y lo devolví al interior de la fundita. La puerta del jardín estaba entreabierta, así que me deslicé al exterior, donde el aire era dulce y frío. Las estrellas parpadeaban en el cielo y los perros aullaban a lo lejos. Angele estaba sentada sobre un banco de piedra contemplando el firmamento.