– Ya sé lo que quieres decir -le cortó-. Para eso no hace falta que nos dejes sordos a todos. Él tiene un oído excelente, ¿sabes? Y estoy segura de que ha entendido tus… insinuaciones.
– Si se le ocurre tocarte, niña…
– Ya lo sé, Verter. Lo matarás -suspiró-. Pero tendrías que esperar turno, porque yo lo haría antes. Vamos, contarme de vosotros. ¿Os tratan bien? ¿Coméis lo suficiente?
– No se puede decir que esto sea un paraíso -dijo alguien-, pero no nos han tratado mal.
– Pedirán un rescate, de modo que no debemos preocuparnos. Saldremos muy pronto hacia Durney Tower.
– Un minuto en las tierras de los McFersson ya es un siglo, muchacha -volvió a graznar Verter.
Kyle dejó que la entrevista se alargase un poco más. Luego, se asomó al ventano y ordenó:
– Suficiente, muchacha. Sal ahora.
Josleen le miró a través de la reja y frunció el ceño. Le hubiese gustado pasar más tiempo con sus camaradas. Verter la retuvo por la cintura cuando ya se incorporaba y dirigió a su enemigo una mirada retadora.
– ¿Por qué no entras tú a llevártela si te atreves, demonio?
Escucharon una maldición apagada. Y al segundo siguiente la puerta se abrió. Los hombres del clan McDurney se movieron a la vez, incorporándose y tomando posiciones. Josleen se espantó. ¿Qué les pasaba a todos, estaban locos? Y en cuanto a Kyle… ¡Era peor que todos ellos! Sus amigos deseaban escapar y aquella puerta abierta era una clarísima invitación a hacerlo. ¿Y él? ¿Es que no veía el peligro? Si su escolta le agredía, no mejoraría su situación, porque escapar de las mazmorras no significaba salir de una fortaleza repleta de enemigos. Todos podrían acabar muertos.
Pero Kyle parecía, en efecto, dispuesto a entrar a buscarla, arriesgando su cuello. Ella sabía que si le pasaba algo, ninguno viviría para contarlo.
Se liberó de la zarpa de Verter y se irguió, interponiéndose entre sus leales y Kyle McFersson.
– He de irme ahora.
Sin darles tiempo a reaccionar corrió hacia la salida. Hubo un movimiento general y unísono de los prisioneros, pero Kyle cerró la puerta de la celda en sus caras y trancó con la llave. El gigante moreno volvió a maldecirle a voz en grito.
– ¡¡Tócala, hijo de perra, y te juro que…!!
Regresaron a la sala de los guardias, Kyle devolvió la llave y la arrastró al exterior. Una vez fuera la tomó de los hombros y la hizo encararlo.
– ¿Satisfecha?
Ella le miró a través de sus espesas pestañas. Le vio magnífico. Colérico, pero espléndido. Un dios dorado. Pero al recordar que su arrogancia les había puesto a todos en peligro… Le cruzó la cara sin previo aviso.
Tan pronto le golpeó se quedó atónita por su osadía. El pánico la ahogó. Sólo un segundo. Porque al siguiente se encontraba pegada a su cuerpo y la boca de Kyle castigaba la suya.
Una cresta de calor la envolvió. Luchó entre la cordura y la inesperada necesidad de abandonarse a aquella caricia, pero apenas pudo saborear su sabor cuando él la soltó. Aturdida, se dejó conducir hacia el exterior de la torre.
Al llegar a la habitación, la empujó dentro y cerró. Josleen seguía entontecida por el cúmulo de sensaciones que el beso levantara en su cuerpo.
– ¿Por qué me has golpeado?
La pregunta la dejó sin habla. Enrojeció y le volvió la espalda. Se disculpó sin demasiada convicción.
– Lo siento. Pero te lo merecías.
– ¿Qué?
La agarró del brazo y la volteó.
– Repite eso. ¿Dejarte ver a tus amigos merece ese agradecimiento?
A Josleen se le encogió el estómago. Kyle tenía toda la razón del mundo para estar enojado. Bajó la mirada y dijo:
– Tu orgullo te ha puesto en peligro.
Kyle se quedó pasmado. ¿De qué hablaba aquella condenada bruja? Se tensó al instante. Ella llevaba razón. Como un principiante, se había expuesto a que los hombres de Wain le despedazasen. Hasta ese momento no se había dado cuenta de su soberana estupidez. Suspiró ruidosamente y se sentó en el borde de la cama. Miró a Josleen. Ella seguía con la mirada baja y el rostro acalorado, en actitud modosa, sin saber qué hacer con las manos, que retorcían la tela de su falda. Le entraron unas ganas incontenibles de echarse a reír. Esperaba todo de aquella mujer, salvo que se mostrara mansa. Ahora se la veía tan frágil. La sorprendente necesidad de abrazarla y calmar su temor le envolvió como un sudario. Le irritó que la sensación se repitiera con frecuencia, cada vez que la miraba. Él no era dado a consolar a las mujeres. Y odiaba las lágrimas de cocodrilo con que ellas se escudaban con demasiada asiduidad.
– Ven aquí.
Josleen alzó los ojos. Los abrió como platos al ver que él se había quitado la chaqueta y la camisa. ¿Cuándo lo hizo? Apretó los puños por el brusco deseo de acariciar su piel. Sus ojos se oscurecieron sin ella darse cuenta y se mojó los labios, repentinamente resecos. Era algo contra lo que no podía luchar desde que le conoció.
Kyle adivinó sus pensamientos. Conocía aquella mirada hambrienta en las mujeres con las que compartió sexo. Pero nunca el deseo reflejado en los ojos de una amante le había arrojado a un estado de excitación tan demoledor. Deseaba que ella le tocara de nuevo, como aquella vez en el bosque. Quería notar sus manos, pequeñas y delicadas. Olerla. Saciarse de ella. Comérsela a besos…
– Ven aquí, Josleen -le dijo de nuevo.
Le miró con temor. ¿Qué venía ahora? ¿Castigarla? No pudo dar un paso y fue él quien se acercó. La tomó de las manos y las apoyó en su pecho desnudo. Tembló ella y él ahogo un gemido.
– Tócame -pidió.
Capitulo 23
Ella retrocedió con tanta fuerza que tropezó con el ruedo de sus faldas y acabó sentada en el suelo. Le miró y vio el peligro. A gatas, buscó la puerta. El maldito McFersson debía estar loco. ¿Tocarle? ¿Volver a hacerlo de nuevo? ¡Oh, no! Demasiadas noches luchó contra ensoñaciones inaceptables. Si se dejaba arrastrar por aquella estúpida necesidad, acabaría enamorándose de él y no estaba dispuesta a dejarse vencer de modo tan mezquino.
Tenía que odiarlo. ¡Era su enemigo, por amor de Dios!
Kyle se agachó y tiró de ella, incorporándola. Se enfrentaron sus miradas y Josleen supo que él ya no estaba enfadado. Pero encontró otra cosa en aquellas pupilas que la atemorizó mucho más que su furia: deseo.
– Tócame -y aquella vez, fué una orden.
– Estás loco…
– Y tú, loca por sentirme. ¿Por qué te engañas? Sé que no te desagradó en el bosque.
Josleen emitió un quejido y la sangre se la subió a la cabeza. Palpitaba su corazón dolorosamente, sin control, dándose cuenta de que él adivinaba su urgencia. Aún así, repuso:
– No sé de qué me hablas, McFersson.
La risotada la dejó perpleja.
– Muchacha, eres una consumada embustera.
Josleen sentía la boca seca. Tenía los ojos clavados en aquel pecho granítico y tostado y era incapaz de apartarlos de allí. Su fuerza la atraía, notaba un hormigueo entre las piernas y en su cabeza retumbaban tambores de peligro. Su mano derecha se acercó a él con vida propia. Le notó tensarse bajo la liviana caricia. Cuando sus pequeños dedos recorrieron la sedosa piel, él cerró los ojos, entregándose.
Brasas ardientes arrasaron cada nervio de Josleen. Resultaba tan agradable tocarle como recordaba. Más, incluso. Su piel, caliente, se asemejaba al terciopelo. Las yemas de sus dedos recorrieron cada cicatriz, subieron hasta el hombro, bajaron a lo largo del poderoso brazo. Era una caricia enloquecedora y temerosa. Regresó su inspección al hombro y después dejó resbalar su mano por el pecho. Hasta llegar al estómago.
Allí se frenó. Josleen respiraba con dificultad. Fascinada ante las desconocidas sensaciones que la embargaban.