Выбрать главу

Kyle hubiera dado cualquier cosa por tener compañía aquella noche. Incluso hubiese aceptado de buen grado la presencia de Evelyna, pero la muchacha ni se personó en la torre, dolida sin lugar a dudas por sus desplantes.

Por si el desprecio de su propia familia fuese poco, los criados se sumaron a la rebelión sirviéndole una cena fría y sosa que no le habrían dado ni a un pordiosero y un vino aguado. Cató un muslo de ave y lo devolvió a la bandeja, asqueado y malhumorado.

Reclinado en el asiento y sin ganas de probar bocado, Kyle pensó seriamente en lo que estaba sucediendo en su mundo desde la aparición de la hermana de Wain. Aquella muchacha había conseguido poner todo patas arriba sin siquiera mover una ceja. Sin duda hubiese sido un gran líder de haber nacido varón, porque tenía el coraje de un guerrero, la mirada de un valiente y la sensibilidad de una mujer, combinación francamente diabólica para un hombre como él, acostumbrado a hacerse obedecer con una simple mirada. Josleen había conseguido que James y Duncan se portaran decentemente, que Malcom estuviera más ilusionado de lo que le había visto jamás, y lo que era más importante, que su madre sonriese. No la había visto sonreír desde que enviudó. Amén de todo eso, las mujeres del clan la solicitaban como profesora deseando poner la vida de sus críos en sus manos, a pesar de saber que pertenecía a un clan con el que la enemistad duraba desde tiempos de su bisabuelo. Y los criados la adoraban.

Retiraron las bandejas intactas. Kyle bajó a las cocinas, donde Liria le regaló una mirada airada y no le dirigió la palabra, buscó una jarra de whisky y, mirando críticamente la vasija, se dijo que una borrachera más carecía de importancia. A fin de cuentas, nadie parecía desear su compañía y Josleen estaba en una celda. ¿Qué otra cosa podía hacer un hombre en aquella situación, sino beber?

Capitulo 34

A pesar del whisky no consiguió pegar un ojo en toda la noche y tan pronto clareó decidió que la tozudez de Josleen había durado ya suficiente. Y la suya también. Si ella quería permanecer en una mazmorra, él no iba a consentirlo. Necesitaba regresarla a su habitación, a su cama. Y acabar con el desdén que le regalaba cada miembro del clan cuando se cruzaba con él.

La sorpresa que se llevó cuando le abrieron la puerta de la celda fue mayúscula. Observó todo con ojos muy abiertos y se dijo que si aquel lugar había sido en alguna ocasión una maloliente mazmorra, él debía ser el rey de la cochina Inglaterra.

Josleen no sólo tenía un colchón de lana bien mullida sobre el estrecho catre, sino sábanas y mantas, una palangana, una jofaina con agua fresca y una mesa con viandas recién cocinadas. Desde luego, mucho mejores que las que le sirviesen a él la noche anterior.

Soltó una blasfemia entre dientes.

Ella, que no esperaba verle, irguió el mentón con gesto orgulloso, aunque repentinamente insegura. Ahora, él ordenaría que se llevaran todos y cada uno de los utensilios que Elaine había ordenado bajar a la celda. No era sino una prisionera y era lo normal. Sólo esperaba que la mujer no fuese castigada por haber tratado de hacer su estancia más confortable.

Kyle fue incapaz de hablar. Estaba tan hermosa y lozana como si acabara de pasar la noche en un colchón de plumas de ganso. Cualquier otra mujer, después de haber estado encerrada allí, habría suplicado su libertad. Pero no Josleen McDurney. Aquella muchacha tenía madera, por todos los diablos.

– ¡¡McFersson!! ¡Si estás ahí, acércate a vernos el culo! -se escuchó el bramido de Verter desde la otra celda.

Kyle encajó los dientes. Los latidos de su cabeza no soportaban aún los gritos y comenzó a pensar muy en serio sacar a aquel jodido McDurney y colgarle de un árbol. De todos modos, dando un vistazo a Josleen se encaminó hacia la otra mazmorra y se asomó al ventano enrejado.

– ¿Qué quieres, escoria?

– Ver la cara del hombre que se ha atrevido a encerrar a mi señora en una celda -repuso el otro-. Para que no se me olvide cuando te atraviese con mi espada.

Kyle cerró los ojos y agachó la cabeza para que no le viesen sonreír. Aquel bravucón le hacía gracia en realidad. No cesaba nunca de amenazarle. Tan cabezota como la propia Josleen.

– ¿Me has escuchado? -tronó de nuevo Verter.

– Te he escuchado, sí. Hasta un sordo lo haría.

– Entonces estás avisado McFersson.

Kyle suspiró y asintió, dándole la espalda.

– ¡¡Si te acercas a ella, demonio, voy a…!!

– ¡¡Si sigues rebuznando, Verter, acabarás con mi paciencia!! -gritó Kyle, desesperado.

– ¿Y qué harás, jodido bastardo? ¿Matarme?

Ya en la puerta de Josleen, Kyle sacudió la cabeza y murmuró casi en tono bajo:

– Mandaré que te corten la lengua, lo juro.

La amenaza fue un jarro de agua fría para Verter, que guardó un silencio sepulcral. Josleen no pudo reprimir la risa y Kyle vió, como en un sueño, trasfigurarse su rostro. Sus ojos, convertidos en dos lagos azul verdoso, acabaron arrasados por las lágrimas. Cuando se le pasó el ataque de risa y le miró, no pudo hacer otra cosa que sonreírla.

– De verás que lo haré -dijo-. Me tiene harto.

Josleen carraspeó, se enjuagó las lágrimas con los dedos y se mantuvo a distancia. El trozo de cielo que se veía desde el corte infringido en el techo era terriblemente azul y ella deseó poder volver a sentir el calor del sol en sus mejillas. Pero no iba a ceder ni un palmo. Su orgullo no la permitía…

– Quiero que salgas de aquí.

La petición de Kyle la hizo girar en redondo. Supo que él lo decía en serio, que no era una broma o un capricho. Le observó con detenimiento y se preguntó qué habría estado haciendo desde que la bajó a la celda. Daba la impresión de haber peleado con varios hombres, estaba sin afeitar, e incluso hubiese jurado que no había dormido. Las oscuras ojeras alrededor de sus ojos dorados eran clara evidencia de cansancio.

– Yo no, McFersson -repuso, volviéndole la espalda.

Los dientes de Kyle rechinaron de tal modo que ella lo escuchó. Esperó un nuevo ruego, hubiese adorado escucharle suplicar. Kyle no dijo nada y ella aguardó en vano.

De pronto, dos fuertes brazos la alzaron y la echaron sobre un hombro duro como el granito. Entonces gritó y pataleó, pero Kyle la tenía bien sujeta y ya salía a grandes zancadas.

– ¡Suéltame!

– Ni lo sueñe, señora mía.

– ¡Suéltame, te digo!

Kyle cruzó frente a la celda de los hombres y escuchó un graznido general cuando los del clan McDurney se dieron cuenta de lo que sucedía.

– ¡Maldito cabrón!

– ¡Deja a la muchacha!

– ¡McFersson, voy a matarte! -se escuchó el bramido inconfundible de Verter.

Kyle frenó sus largos pasos y se giró, con su preciado cargamento al hombro. Su mirada fue un relámpago al mirar el rostro de Verter tras las rejas del ventano.

– Primero protestas porque la dejo en una celda. Ahora porque la saco. ¡Quién te entiende, hombre!

– ¡Ella no quiero ir contigo!

– ¡Me importa un bledo lo que ella quiera! ¡Y dos lo que queráis vosotros! Recordad que sois mis prisioneros y que aún puedo decidir prescindir de un suculento rescate y mandar que os cuelguen a todos. Pero Josleen viene conmigo.

– ¡Te mataré! ¡Te sacaré las entrañas y…!

– ¡Cállate de una vez o acabarás en una celda, solo y amordazado!

– ¡De todos modos te sacaré las tripas! -se desgañitó el otro.

Kyle se alejó rumiando un:

– Vete al infierno.

***

Hubo de luchar a brazo partido con ella cuando la depositó en el suelo, porque parecía obsesionada en arrancarle los ojos de la cara y lo intentó enconadamente. Sólo después de zarandearla con fuerza de los hombros y gritarle por dos veces que las mujeres habían pedido su ayuda, Josleen se quedó quieta. Se fue calmando poco a poco. Su pecho, su glorioso pecho pequeño y turgente, que él recordaba tan vívidamente haber saboreado, se movía acelerado por la respiración.