– Vengo a por Josleen.
– ¡Por todos los infiernos! -rugió su esposo- ¿Para qué crees que hemos movido este ejército? ¿Para hacer ejercicios? ¡Regresa de inmediato, este no es lugar para una mujer!
Alien inhaló todo el aire que sus pulmones permitían. No deseaba dejar en mal lugar a su esposo, pero el enojo por no haber sido informada de lo que pasaba estalló.
– Me enteré del secuestro de mi hija por un criado. ¡Tú eras el que debería haberme comunicado que la habían secuestrado! ¡Josleen es mi hija y tengo derecho a estar aquí! Además… -sonrió irónicamente-, sabes que estoy capacitada para estar aquí. Si la memoria no me falla, cosa que a ti parece que sí, tú mismo mordiste el polvo aquella vez en la que nos enfrentamos.
Warren se puso lívido. Wain volvió la cabeza para ocultar una sonrisa. Gowan fue más allá y dejó escapar una carcajada. De todos era conocida la historia de aquellos dos, antes de contraer matrimonio. Los McDurney y los McCallister estaban enfrentados y en una incursión de los segundos para robar ganado, fue Alien McDurney la que defendió el territorio, ya que Wain se encontraba reponiéndose de una herida. Alien no dudó en montar su caballo, consumada amazona como era desde corta edad, y tomar una espada. Su difunto hermano y fallecido esposo la habían enseñado a manejar varias armas y ella fue siempre una alumna aventajada. Para desgracia de Warren en aquella confrontación, peleó con ella antes de darse cuenta de que se trataba de una mujer. Luego, asombrado y un tanto acobardado, creyendo que ella tenía coraje pero poco dominio de la espada, había bajado su guardia un instante. Un solo instante. Alien no le había dado cuartel, le provocó un corte en el antebrazo y él acabó con sus huesos en tierra ante la burla femenina y el jolgorio de sus propios hombres. Warren se dijo después de aquel ultraje que debía someter a aquella hermosa arpía y no se le ocurrió otra cosa que pedirla en matrimonio a Wain, que aunque joven, ejercía ya de jefe del clan McDurney. De lo que sí se enteró después Warren fue de que Alien, apenas herirle, había ya decidido seducirle.
– Vas a pagarme esto, Alien -le dijo entre dientes, aunque no confiaba poder ejercer su autoridad.
– ¿Qué vas a hacer? -le incitó ella- ¿Calentarme el trasero?
Las risas atronaron y Warren acabó por sonreír. Se ladeó sobre el caballo, enlazó el talle de su esposa y casi la hizo caer de su montura al pegarla a su cuerpo. La besó con pasión.
– Voy a calentarte más cosas además del trasero, señora mía -dijo también en voz alta.
Las chanzas, ahora, avergonzaron a la dama, pero acabó por unirse a las bromas. Si hacía lo que quería y además Warren la calentaba… cualquier parte del cuerpo, ¿qué más se podía pedir?
– De todos modos -dijo él, ya más serio-, te quedarás en la retaguardia. No pienses que voy a dejarte ir en primera fila.
– Como tú digas -susurró ella, mansamente.
Wain dio rienda suelta a la hilaridad, sin poder contenerse por más tiempo. Si su madre acataba la orden Warren, él era un ángel.
Capitulo 41
La llamada a la puerta hizo que James interrumpiera la cómica aventura que le estaba contando a Josleen para entretenerla. Cuando la madera se abrió y Evelyna Megan entró, el muchacho profirió un juramento. Kyle le había comentado sus sospechas y él la creía capaz, ciertamente, de haber provocado el accidente.
– ¿Puedo hablar un minuto contigo, Josleen?
James fue a protestar, pero la mano de Josleen le detuvo. En muda súplica, le dijo que las dejara a solas.
– Un susurro que no me guste, Evelyna -dijo James-, y entraré a retorcerte el cuello.
Cuando él salió, Eve se echó a llorar desconsoladamente.
– ¿Qué es lo que quieres ahora, Evelyna?
Con los ojos arrasados de lágrimas, se acercó a la cama, tomó una de las manos de Josleen y la besó.
– Kyle me ha desterrado -dijo entre hipos-. Podía haber mandado que me colgasen. Incluso podía haberme matado con sus propias manos.
– Dudo que lo hubiera hecho. La leyenda que circula sobre él no se ciñe, para nada, a la realidad.
– Lo sé. Es un hombre de honor, Josleen. Cuando me interrogó, diciendo que tú me habías visto en la torre, me derrumbé y confesé todo. ¡Oh Josleen, no quería matarte, sólo asustarte! Quería que te marcharas, que pidiera rescate por ti de una vez por todas y me dejaras el camino libre hacia su corazón.
El llanto desgarrador ablandó el corazón de Josleen.
– Amas a Kyle, ¿verdad?
– Desde que era una niña -se limpió las mejillas-. Él es capaz de quitar el sentido. Pero a ti no tengo que contártelo, ya lo sabes.
– Sí, lo sé.
– ¡Te juro que sólo quería asustarte! Aquel hombre me dijo que si sufrías un accidente, que si te mataba, volvería a tener a Kyle y yo… Pero no pude. He hecho muchas cosas malas en mi vida, Josleen, pero un asesinato era demasiado.
– ¿Qué hombre? -Josleen sintió que la piel se le erizaba-. ¿Cómo se llama? Descríbemelo.
– Sólo le conozco por Barrymore. Luce el tartán del clan Moogan. Es corriente. Moreno y de media estatura, ojos pequeños, sin nada que lo identifique y… No, espera. Tiene una cicatriz. Una cicatriz pequeña en forma de media luna debajo del mentón. ¿Le conoces?
Josleen necesitó de toda su fuerza de voluntad para permanecer serena. Eve acababa de describir perfectamente a su medio primo, Barry Moretland. ¿Qué hacía en territorio de los McFersson vistiendo los colores de…? ¡Por supuesto! Su disfraz no podía ser mejor puesto que los Moogan tenían acuerdos de cooperación con el clan de Kyle. Ahora comprendía que muchas de sus reses fueran robadas, incluso cuando se encontraban en lugares escondidos. Barry era un traidor.
– ¿Le has dicho a Kyle algo sobre ese tipo?
– No. Apenas confesé me dijo que saliera de aquí y no me dejó explicarle nada más. Fue cuando me informó de que tú no le contaste nada, que no le habías dicho que me viste en la torre. Me tendió una trampa y yo caí como la estúpida que soy -se echó a llorar de nuevo.
– Cálmate. Lo hecho ya no tiene remedio y has tenido tu lección.
– ¿De veras no me viste? ¿No le dijiste a él…?
– Te vi, Evelyna. Y escuché tu risa. Pero no se lo dije a Kyle.
– Pero… ¿por qué? ¿Por qué no me delataste?
– Porque lo amo. Como tú. Y si una mujer intentara apartarlo de mi lado… -dejó la frase en suspenso-. ¿Dónde irás?
– Iré a casa de mi tío. Espero que puedas perdonarme algún día, Josleen.
Su sonrisa fue triste, pero franca.
– Ya te he perdonado. El amor, a veces, juega malas pasadas.
Evelyna se alejó hacia la puerta. James la abría en ese momento.
– Si alguna vez, en cualquier lugar, en cualquier ocasión -le dijo-, necesitas algo de mí, sólo llámame, Josleen. Nunca podré pagarte tu muestra de amistad.
Sin mirar atrás, salió, cerrando a sus espaldas. James elevó una ceja.
– ¿Qué ha pasado?
– Asuntos entre mujeres. No quieras enterarte, cotilla.
– Kyle dice que fue ella quien…
– Déjalo, James, dulzura. Estoy cansada.
– ¡Hey! ¡Me has llamado dulzura! -gritó el joven- ¡Cuando Kyle se entere se le comerá la rabia y…!
– ¿De qué he de enterarme? -preguntó una voz de barítono a sus espaldas, haciendo que pegara un brinco.
– ¡Diablos, chico, deberías hacer algo de ruido cuando caminas! Me has asustado.
– ¿Has cuidado bien a mi enferma? -preguntó Kyle-. He visto que Evelyna salía de aquí.
– Pidió verla un momento. En privado.
– ¿Y tú las dejaste a solas?
– ¡Condenado seas! Trata de prohibir algo a esta deliciosa cosita que está en la cama. Intenta hacerlo y luego me cuentas cómo lo consigues.