– ¿Qué tal has dormido esta noche, Nathan? -me pregunta.
– Pues bien -le contesto-. Considerando la delgadez de los tabiques, podría haber sido peor.
– Me lo temía.
– No es culpa tuya. Tú no has construido la casa.
– No dejaba de decirle que no hiciera tanto ruido, pero ya sabes cómo son las cosas. Cuando uno se desmanda, no hay nada que hacer…
– No te preocupes. A decir verdad, me alegré. Estoy muy contento por ti.
– Yo también. Por una noche, estuvo bien.
– Habrá más noches, muchacho. Eso ha sido sólo el comienzo.
– ¿Quién sabe? Se ha marchado pronto esta mañana, y no es que hayamos hablado mucho mientras estábamos juntos. No tengo la menor idea de lo que quiere.
– La cuestión es: ¿qué quieres tú?
– Es pronto para decirlo. Todo ha pasado tan deprisa, que no he tenido tiempo de pensarlo.
– No quisiera entrometerme, pero en mi opinión hacéis buena pareja.
– Sí. Dos gordos dándose topetazos en plena noche. Me sorprende que la cama no se viniera abajo.
– Honey no está gorda. Sino más bien «imponente», como suele decirse.
– No es mi tipo, Nathan. Demasiado agresiva. Demasiado segura de sí misma. Demasiadas opiniones. Nunca me han atraído las mujeres así.
– Por eso te vendrá bien. Con ésa vas a andar más derecho que una vela.
Tom sacude la cabeza y suspira.
– No daría resultado. Me agotaría en menos de un mes.
– Así que estás dispuesto a dejarlo después de una sola noche.
– No hay nada malo en eso. Te lo pasas bien una noche, y luego adiós.
– ¿Y qué ocurrirá si se te vuelve a meter en la cama? ¿Vas a echarla a patadas?
Tom enciende otro cigarrillo con una cerilla, y luego hace una larga pausa.
– No sé -dice al fin-. Ya veremos.
Lamentablemente, ni Tom ni nadie tiene ocasión de ver nada.
Una última sorpresa nos aguarda, y es tan grande, tan desgarradora, de tan enormes consecuencias, que no tenemos más remedio que ponemos en marcha esa misma tarde. Nuestras vacaciones en el Chowder Inn tocan a su fin de manera brusca y desconcertante.
Adiós, colina. Adiós, césped. Adiós, Honey.
Adiós al sueño del Hotel Existencia.
Tom pronuncia las palabras «Ya veremos» a eso de la una de la tarde. Cuando Lucy vuelve de su paseo en tractor con Stanley, me la llevo al estanque y nos damos un baño. Al volver a la casa, cuarenta minutos después, Tom comunica la noticia. Harry ha muerto. Rufus acaba de llamar de Brooklyn, llorando sin parar, apenas capaz de articular palabra, para decirnos que Harry ha muerto, que ya no está con nosotros. Según Tom, Rufus estaba demasiado conmocionado para decir algo más. No entendemos nada. Aparte del hecho de que tenemos que marcharnos de Vermont enseguida, no comprendemos nada.
Pago a Stanley lo que le debemos. Mientras le firmo el talón con mano temblorosa, le digo que nuestro socio ha muerto y que ya no estamos en condiciones de comprar la casa. Stanley se encoge de hombros.
– Sabía que no iba en serio -afirma-. Pero eso no quiere decir que no disfrutara hablando del asunto..
Tom le entrega una hoja de papel con su dirección y número de teléfono.
– Dáselo a Honey, por favor -le pide-. Y dile que lo siento.
Hacemos el equipaje. Subimos al coche. Nos vamos.
TRAICIÓN
Yo lo consideré homicidio. No importaba que nadie le hubiera puesto la mano encima, que nadie le disparara un tiro ni le asestara una puñalada en el pecho, que nadie lo atropellara con un coche. Aunque las únicas armas de sus asesinos hubieran sido palabras, la violencia que ejercieron contra él no fue menos contundente que un martillazo en la cabeza. Harry no era ningún muchacho. Había sufrido dos trombosis coronarias en los últimos tres años, tenía la tensión alta y las arterias en un estado de colapso inminente. ¿Cuánta tortura puede soportar un organismo en esas condiciones? No mucha, en mi opinión. No; desde luego, no mucha.
Sólo había un testigo de la atrocidad, pero aunque Rufus oyó hasta la última palabra, sólo entendió una ínfima parte de lo que pasaba. Y eso porque Harry no se había molestado en contarle la operación que estaba tramando con Gordon Dryer, de manera que cuando Dryer se presentó en la librería con Myron Trumbell a primera hora de aquella tarde, Rufus los tomó por otros libreros. Los condujo a la primera planta, al despacho, y como al abrir la puerta vio que Harry se ponía muy tenso, tan nervioso que no parecía él, estrechando exageradamente la mano de sus visitantes como si le hubieran dado cuerda, Rufus empezó a alarmarse. En vez de volver abajo, a su puesto frente a la caja, decidió quedarse donde estaba y escuchar la conversación poniendo la oreja contra la puerta.
Jugaron con Harry durante unos minutos antes de estrechar el cerco y sacar los puñales, debilitándolo para matarlo mejor. Saludos amistosos por doquier, comentarios despreocupados sobre el tiempo, cumplidos empalagosos acerca del gusto de Harry a la hora de amueblar el despacho, admirativas observaciones sobre la cuidada selección de ediciones príncipe colocadas en los estantes. Pese a toda la agradable palabrería, Harry debía de estar confuso. Metropolis no había terminado la falsificación, y sin un manuscrito completo que enseñar a Trumbell, no comprendía a qué había ido Gordon.
– Como siempre, me alegro de verlo -le dijo-, pero no me gustaría que el señor Trumbell se llevara un chasco. El manuscrito está guardado en una cámara acorazada del Citibank, en la calle Cincuenta y Tres de Manhattan. Si me hubiera llamado antes, se lo habría traído. Pero a menos que me equivoque, no debíamos reunirnos hasta el lunes que viene por la tarde.
– ¿En una cámara acorazada? -inquirió Gordon-. Así que ahí es donde ha ocultado mi hallazgo. No lo sabía.
– Creí que se lo había dicho -prosiguió Harry, improvisando a medida que se desarrollaba la conversación, aún incapaz de comprender lo que Gordon había ido a hacer allí con Trumbell cuatro días antes de la fecha de su reunión.
– Lo estoy pensando mejor -anunció Trumbell.
– Sí -terció Gordon, interviniendo antes de que Harry tuviera tiempo de replicar-. Mire, señor Brightman, una transacción como ésta no puede tomarse a la ligera. Sobre todo cuando hay tanto dinero de por medio.
– Soy consciente de ello -aseguró Harry-. Por eso es por lo que hicimos que aquellos expertos examinaran la primera página. No uno solo, sino dos.
– Dos, no -corrigió Trumbell-. Tres.
– ¿Tres?
– Tres -confirmó Gordon-. Todas las precauciones Son pocas, ¿no le parece? Myron lo llevó también a un conservador de la Biblioteca Morgan. Una de las personalidades más destacadas en ese ámbito. Nos ha dado su veredicto esta mañana, y está convencido de que se trata de una falsificación.
– Bueno -tartamudeó Harry-, dos de tres no está mal. ¿Por qué dar a esa opinión más crédito que a las otras dos?
– Ese experto fue muy convincente -dijo Trumbell-. Si voy a comprar ese manuscrito, no puede caber la menor duda. Ni la mas mínima.
– Lo entiendo -repuso Harry, tratando de eludir la trampa que le habían tendido, pero sin duda empezando a desmoralizarse, trasluciendo ya un desánimo profundo-. Sólo quiero que sepa que he obrado de buena fe, señor Trumbell. Gordon encontró el manuscrito en la buhardilla de su abuela y me lo trajo aquí. Hicimos que lo examinaran y nos dijeron que era auténtico. Usted manifestó interés por comprado. Si ha cambiado de opinión, sólo puedo decir que lo siento. Podemos cancelar el trato ahora mismo.
– Te olvidas de los diez mil dólares que te dio Myron -apostilló Gordon.