Выбрать главу

– Me vaya Kingston, a vivir con mi abuela -anunció-. Es mi amiga, la única que tengo en el mundo.

Ésa fue su sorprendente reacción al conocer el testamento de Harry. En cuanto a Tom, permaneció en silencio, sin saber lo que pensar.

Volví al apartamento de arriba a las diez un poco pasadas. Nancy ya se había ido a casa, a atender a sus hijos; Lucy se había quedado dormida delante de la televisión y la habían trasladado a la cama de Harry, donde ahora seguía tumbada sobre la colcha con la ropa puesta y la boca abierta, dejando escapar tenues sonidos guturales en la cálida noche de Nueva York; Tom y Rufus estaban en el cuarto de estar, sentados en sendas butacas y fumando. Tom, dando lentas caladas a un Camel con filtro, ofrecía un aspecto meditabundo. Rufus, dando continuas chupadas a lo que parecía ser un canuto, tenía ojos de loco.

Colocado o no, habló con meridiana claridad cuando les leí el testamento de Harry. Ya había tomado su decisión, y por mucho que Tom tratara de convencerlo, no se apartaba un ápice de su postura. Lo único que quería era hablar de Harry, cosa que hizo durante largo rato, ofreciendo una prolija y emotiva descripción del momento en que se conocieron -Rufus deshecho en llanto, recién desalojado del apartamento en que vivía con su amigo Tyrone, y Harry que surge entre las sombras de la noche, rodeándole el hombro con el brazo y preguntándole si podía ayudado en algo-, para luego pasar a las mil cosas que Harry había hecho desinteresadamente por él a lo largo de los tres últimos años, dándole trabajo en primer lugar, pero también pagándole el vestuario y las joyas que utilizaba en su papel de Tina Hott, por no mencionar la inagotable generosidad de Harry con respecto a los carísimos medicamentos que mantenían a Rufus con vida. ¿Había existido jamás una persona tan buena como Harry Brightman?, preguntó. No que él supiera, prosiguió, contestando a su propia pregunta, y entonces, por enésima vez aquella noche, rompió a llorar.

– No tienes más remedio -le dijo Tom, emergiendo finalmente de su aturdido silencio-. Te quedes o no, el dinero nos pertenece a los dos. Somos socios, y desde luego yo no voy a quedarme con tu parte. Mitad y mitad, Rufus. Nos repartimos todo a medias.

– Sólo mándame dinero para las medicinas -musitó Rufus-. No quiero nada más.

– Venderemos el edificio y la librería -propuso Tom-. Nos lo quitaremos todo de encima y nos repartiremos las ganancias.

– No, Tommy -repuso Rufus-. Quédatelas. Tú eres muy listo, tío, te harás rico si aguantas un poco. Este sitio no es para mí. Yo no sé nada de libros. No soy más que un bicho raro, tío, un bicho raro de color que no es de aquí. Una chica con cuerpo de chico. Un chico moribundo que quiere volver a casa.

– No te vas a morir -aseguró Tom-. Estás bien de salud.

– Todos nos vamos a morir, cariño -sentenció Rufus, encendiendo otro canuto-. No te lo tomes tan a pecho. A mí eso no me quita el sueño, tío. Mi abuela cuidará bien de mí. Sólo acuérdate de llamarme de vez en cuando, ¿vale? Prométemelo, Tommy. Si se te pasa mi cumpleaños, creo que nunca te lo perdonaré.

Mientras escuchaba la conversación entre los dos jóvenes, se me empezó a hacer un nudo en la garganta a mí también. No soy muy dado a manifestar abiertamente mis sentimientos, pero aún no me había recuperado de mi conversación con Dryer, que me había costado más trabajo de lo previsto. Para enfrentarme con él había asumido el papel de tipo duro, dando muestras de una ferocidad digna de un matón de película clásica de serie B. No es que Dryer se mereciera que lo trataran bien, pero hasta que las palabras no salieron de mis labios, ignoraba que fuera capaz de tal crudeza, de semejante brutalidad. Ahora, minutos después de concluida la conversación, volvía a estar en el apartamento de la segunda planta, escuchando cómo Rufus Sprague rechazaba las mismas cosas que Dryer había querido robar a Harry. El contraste era tan acusado, tan abrumador, que resultaba inevitable conmoverse por la diferencia entre los dos hombres. Y sin embargo Harry los había querido a los dos, había permanecido fiel a cada uno de ellos con el mismo entusiasmo desesperado, con la misma devoción incondicional. ¿Cómo era posible algo así?, me pregunté. ¿Cómo podía una persona equivocarse tan completamente al juzgar a un hombre y al mismo tiempo ser tan certero Con respecto al auténtico carácter de otro? Rufus sólo tenía veintiséis o veintisiete años. Físicamente parecía una exótica criatura de otro planeta, y con su cabeza pequeña y perfecta, el rostro ovalado color de miel y sus extremidades largas y esbeltas, era la encarnación misma del debilucho, del tontorrón, del mariquita. Pero había también en él cierta vehemencia, una especie de idealismo poco corriente que rechazaba las vanidades y deseos que nos hacía a todos los demás tan vulnerables a las tentaciones del mundo. Por su propio bien, yo esperaba que reconsiderase su decisión sobre la herencia. Confiaba en que empezara a pensar como nosotros y aceptara los bienes que le habían legado, pero al escuchar cómo Tom discutía con él durante más de dos horas, comprendí que eso no iba a suceder.

El día siguiente se dedicó a quehaceres prácticos. Llamadas a los amigos de Harry (hechas por Rufus), llamadas a Bette a Chicago y a algunos colegas libreros de Nueva York (hechas por Tom), llamadas a diversas funerarias de Brooklyn (hechas por mí). En el testamento, Harry dejaba instrucciones para que lo incineraran, pero no había estipulado cómo ni dónde debían dispersarse las cenizas. Tras una larga discusión, decidimos hacerlo en una zona arbolada de Prospect Park. Según la ley, en Nueva York no se pueden esparcir las cenizas de los muertos en lugares públicos, pero pensamos que si nos poníamos en un sitio apartado y poco transitado, nadie se fijaría en nosotros. La factura por la cremación del cadáver de Harry y el depósito de sus restos en una urna metálica ascendió a más de mil quinientos dólares. Como no había nadie más en posición de contribuir, fui yo quien se hizo cargo de los gastos.

La tarde de la ceremonia -domingo, once de junio-, dejé a Lucy con una canguro y fui caminando al parque con Tom, que llevaba la urna en una bolsa verde con el logotipo del Brightman's Attic. Había hecho un bochorno horrible durante todo el fin de semana, una oleada de calor de treinta y cinco grados, con una humedad y una luz opresivas, pero el domingo había sido el peor día, una de esas jornadas en que apenas se puede respirar y Nueva York se convierte en una avanzadilla de la selva ecuatorial, el lugar más tórrido y repugnante de la tierra. Con sólo moverse, sentía uno el cuerpo empapado en sudor.

La escasa asistencia se debió seguramente al calor. Los amigos que Harry tenía en Manhattan optaron por quedarse en casa, en sus apartamentos con aire acondicionado, y por tanto nuestras filas se vieron reducidas a unos cuantos incondicionales del barrio. Entre ellos se contaban tres o cuatro comerciantes de la Séptima Avenida, el dueño del restaurante donde Harry solía ir a almorzar, y la peluquera que le cortaba y teñía el pelo.

Nancy Mazzucchelli estuvo presente, desde luego, así como Su marido, el espurio James Joyce, más conocido como Jim o Jimmy. Era la primera vez que lo veía, y lamento decir que no me llevé una impresión favorable. Era tan alto y atractivo como Tom había anunciado, pero no dejó de lamentarse del calor y de los mosquitos que zumbaban entre los árboles, quejas que yo interpreté como una señal de infantilismo y egocentrismo exagerados, sobre todo cuando había acudido a presentar sus últimos respetos a un hombre que ya no tendría el placer de quejarse de nada.

Pero no importa. Sólo una cosa contó aquel día, y no guardaba relación con el marido de Nancy ni con el tiempo. Sino única y exclusivamente con Rufus, que apareció veinte minutos después de que el resto del grupo se hubiera reunido, presentándose con aire resuelto en el bosquecillo plagado de mosquitos justo cuando íbamos a empezar la ceremonia sin él. Para entonces, la opinión general era que se había acobardado, que la perspectiva de ver a Harry reducido a cenizas dentro de una urna había sido demasiado para él y no se había sentido con fuerzas para resistir la dura prueba. Sin embargo, le concedimos el beneficio de la duda, y nos quedamos respirando el aire cargado y sofocante durante todos aquellos minutos mientras nos enjugábamos la cara y mirábamos la hora, esperando que nos hubiéramos equivocado. Cuando al fin apareció, pasaron unos segundos antes de que alguien lo reconociera. Quien había venido a reunirse con nosotros no era Rufus Sprague, sino Tina Hott; y la trasformación era tan radical, tan fascinante, que hasta oí que alguien dejaba escapar un gemido.