Querida mía:
Es mejor así.
Buena suerte, y que Dios tenga siempre piedad de ti.
David
Adjunto a la nota venía un documento de siete páginas que resultó ser una sentencia de divorcio del condado de Saint Clair, en el estado de Alabama, por la cual se disolvía el matrimonio entre David Wilcox Minor y Aurora Wood Minor por motivos de abandono de hogar.
Aquel día, mientras almorzábamos, pedí disculpas a Rory por haber abierto su correo, y luego le entregué la carta.
– ¿Qué es esto? -preguntó.
– Una nota de tu ex -contesté-. Junto con un montón de papeleo oficial.
– ¿Mi ex? ¿Qué es todo esto?
– Ábrelo y te enterarás.
Mientras observaba cómo leía la nota y recorría el documento con la vista, me sorprendió lo poco que cambiaba su expresión. Había pensado que sonreiría, que quizá llegaría a soltar unas carcajadas, pero su rostro no acusó emoción alguna. Sólo un indicio de algún sentimiento oculto, enigmático, pero resultaba imposible adivinar de qué clase.
– Bueno -dijo al fin-. Supongo que ya está.
– Eres libre, Rory. Si quisieras, mañana mismo podrías casarte con otro.
– No voy a dejar que me vuelva a tocar un hombre en lo que me queda de vida.
– Eso es lo que dices ahora. Algún día aparecerá alguien, y pensarás en casarte otra vez.
– No, lo digo en serio, Nathan. Esa parte de mi vida se ha acabado. Cuando David me encerró en aquella habitación, me dije: Ya está bien, jamás volveré a enamorarme de un hombre. Eso nunca me ha traído nada bueno. Y nunca me lo traerá.
– Te olvidas de Lucy.
– Vale, una cosa buena. Pero ya tengo una niña, no necesito otra.
– ¿Estás bien? Te encuentro muy decaída.
– Estoy perfectamente. Nunca me he sentido mejor.
– Ya llevas seis meses aquí. Vives en casa de Joyce, trabajas con Nancy, te ocupas de tu hija, pero quizá sea hora de que des el siguiente paso. Ya sabes, que hagas planes.
– ¿Qué clase de planes?
– No soy yo quien tiene que decirlo. Lo que tú quieras.
– Pero a mí me gustan las cosas tal como están.
– ¿Qué te parecería cantar? ¿No te tienta volver a empezar?
– A veces. Pero ya no quiero hacerlo como una profesión. No me importaría hacer algo los fines de semana por el barrio, pero nada de viajar, se acabaron las grandes ambiciones. No vale la pena.
– ¿Te gusta hacer joyas? ¿Estás satisfecha con eso?
– Más que satisfecha. Me paso con Nancy el día entero, ¿qué más se puede pedir? No hay otra como ella en el mundo. La quiero a rabiar.
– Todos la queremos.
– No, no lo entiendes. Quiero decir que la quiero de verdad. Y ella también me quiere.
– Pues claro que sí. Nancy es una de las personas más cariñosas que he conocido.
– Sigues sin entenderlo. Lo que intento decirte es que estamos enamoradas. Nancy y yo somos amantes.
– …
– Tendrías que verte la cara, tío Nat. Ni que te hubieras tragado la máquina de escribir.
– Lo siento. Es que no lo sabía. Vi que habíais congeniado enseguida. Que os caías muy bien, pero… pero no me había dado cuenta de que las cosas habían llegado tan lejos. ¿Y desde cuándo dura eso?
– Desde marzo. Todo empezó unos tres meses después de que me fuera a vivir a su casa.
– ¿Por qué no me lo has dicho antes?
– Tenía miedo de que se lo dijeras a Joyce. Y Nancy no quiere que lo sepa. Cree que su madre se volvería majareta.
– Entonces, ¿por qué me lo dices ahora?
– Porque pienso que sabes guardar un secreto. No me vas a fallar, ¿verdad?
– No, no te voy a fallar. Si no quieres que Joyce se entere, no se lo diré.
– ¿Y yo no te he defraudado?
– Por supuesto que no. Si Nancy y tú sois felices, mejor para vosotras.
– Es que tenemos tantas cosas en común, ¿sabes? Es como si fuéramos hermanas y estuviéramos siempre en la misma onda. En todo momento sabemos lo que está pensando o sintiendo la otra. Con todos los hombres con los que he estado, siempre era cuestión de hablar…, palabras, explicaciones, charla y nada más. Y con ella, no tengo más que mirada y es como si estuviera dentro de mi piel. Nunca he sentido eso con nadie. Nancy lo llama el vínculo mágico, pero yo sólo lo llamo amor, pura y simplemente. La unión verdadera.
«IGUAL QUE TONY»
Cumplí mi promesa y no dije nada a Joyce, pero si guardaba el secreto era tanto para ayudar a las chicas como para protegerme a mí mismo. En caso de que Joyce descubriera la verdad, no estaba muy seguro de cómo iba a reaccionar. Sospechaba que no con calma, y entonces una posible consecuencia de su cólera sería buscar a alguien a quien echar la culpa. ¿Y quién mejor para representar el papel de chivo expiatorio que el tío de Aurora, el gorrón chapucero que la había convencido para introducir en el núcleo mismo de la familia Mazzucchelli a su corrompida sobrina, la cual se las había arreglado para convertir a la inocente Nancy en una ferviente y apasionada lesbiana? Me imaginé que Joyce acabaría echándolas a las dos de la casa, y en el consiguiente tumulto familiar yo me vería obligado a defender a la hija de mi hermana, lo que me enfrentaría a Joyce hasta el punto de que yo también terminaría de patitas en la calle. Para entonces llevábamos un año juntos, y sabe Dios que aquello era lo último que deseaba.
Un domingo tranquilo y caluroso, justo después de las vacaciones de verano, quedamos por la noche en mi casa para cenar y ver películas. Después de llamar a un restaurante tailandés para pedir la cena, se volvió hacia mí y me dijo:
– No te vas a creer lo que se traen entre manos.
– ¿A quiénes te refieres? -pregunté.
– A Nancy y Aurora.
– No sé. Hacen joyas y luego las venden. Cuidan de sus hijos. Lo normal.
– Se acuestan juntas, Nathan. Están enrolladas.
– ¿Cómo lo sabes?
– Las he pillado. El jueves por la noche me quedé aquí, ¿te acuerdas? A la mañana siguiente me levanté pronto, y en vez de irme derecha a trabajar, volví a casa a cambiarme de ropa. Por la tarde iba a venir el fontanero, y subí a la habitación de Nancy para recordárselo. Abrí la puerta, y allí estaban las dos, desnudas encima de las sábanas, dormidas y abrazadas la una a la otra.
– ¿Se despertaron?
– No. Cerré la puerta sin hacer ruido, y luego bajé la escalera de puntillas. ¿Qué iba a hacer? Estoy deshecha, me dan ganas de cortarme las venas. Pobre Tony. Por primera vez desde que dejó este mundo, me alegro de que esté muerto. Me alegro de que no viva para ver esta… esta monstruosidad. Se le habría partido el alma. Su propia hija acostándose con otra mujer. Cada vez que lo pienso me dan ganas de vomitar.
– No hay mucho que puedas hacer, Joyce. Nancy es una mujer hecha y derecha, y puede acostarse con quien le dé la gana. Y lo mismo puede decirse de Aurora. Las dos lo han pasado muy mal. Ambas llevan a la espalda la carga de una ruptura matrimonial, y es probable que estén un poco hartas de los hombres. Eso no significa que sean lesbianas, ni tampoco que su relación sea para toda la vida. Si encuentran consuelo la una en la otra durante una temporada, ¿qué tiene eso de malo?
– Lo malo es que es repugnante y antinatural. No entiendo cómo puedes tomártelo con tanta tranquilidad, Nathan, de verdad que no. Es como si no te importara.
– La gente siente lo que siente. ¿Quién soy yo para decir si aciertan o se equivocan?
– Pareces un activista de los derechos de los homosexuales. Dentro de nada me dirás que has estado liado con hombres.
– Me cortaría el brazo derecho antes de irme a la cama con un hombre.
– Entonces, ¿por qué defiendes a Nancy y Aurora?
– Primero porque ellas no son yo. Y porque son mujeres.
– ¿Y qué significa eso?