NATHAN: Eso explica lo del hotel. Pero ¿de dónde sacaste la palabra existencia?
HARRY: La oí por la radio aquel domingo por la tarde. No estaba escuchando el programa con mucha atención, pero el locutor hablaba de la existencia humana, y me gustaron esos términos. Las leyes de la existencia, decía la voz, y los peligros que debemos afrontar a lo largo de nuestra existencia. Esa palabra era más larga que vida. Abarcaba la vida de todos los individuos en conjunto, y aunque tú vivieras en Buffalo, en el estado de Nueva York, y nunca te hubieras alejado más de quince kilómetros de casa, también formabas parte de ese enigma. No importaba que llevaras una vida insignificante. Lo que te pasaba era tan importante como lo que le ocurría a cualquier otro.
TOM: Sigo sin entender. Te inventas un sitio llamado Hotel Existencia, pero ¿dónde está? ¿Para qué sirve?
HARRY: ¿Para qué? Para nada, en realidad. Era un refugio, un mundo que podía visitar en mi imaginación. De eso es de lo que estamos hablando, ¿no? Evasión.
NATHAN: ¿Y adónde se evadía Harry a los diez años?
HARRY: Ah, ésa es una pregunta compleja. Hay dos hoteles Existencia, ¿comprendéis? El primero, el que me inventé aquel domingo por la tarde durante la guerra, y luego otro, que sólo empezó a funcionar cuando estaba en el instituto. El primero, lamento decirlo, era enteramente pueril y sensiblero. Pero yo no era más que un crío por entonces, y la guerra estaba en todas partes, todo el mundo hablaba de ella sin parar. Era demasiado joven para combatir, pero como la mayoría de los niños gordos y bobalicones soñaba con ser soldado. Uf. Bueno, uf y dos veces uf. Pero qué imbéciles somos los mortales. De manera que en cuanto me imagino ese sitio, el Hotel Existencia, inmediatamente lo convierto en un refugio para niños perdidos. Me refiero a niños europeos, claro está. Sus padres han muerto en combate, sus madres yacen bajo iglesias en ruinas y edificios derrumbados, y ellos andan por ahí, en pleno invierno, ateridos de frío y vagando por el bosque, o buscando comida entre los escombros de ciudades bombardeadas, niños solos, niños en parejas, niños en pandillas de cuatro, seis y diez, con harapos atados a los pies en vez de zapatos, los demacrados rostros manchados de barro. Vivían en un mundo sin adultos, y como yo tenía un carácter tan intrépido y altruista, me erigí en su salvador. Ésa era mi misión, mi propósito en la vida, y desde entonces hasta el final de la guerra me arrojaría en paracaídas todos los días en algún destruido rincón de Europa para rescatar a niños perdidos y hambrientos. Pasaría muchos apuros bajando montañas en llamas, atravesando a nado lagos salpicados de explosiones, abriéndome paso con una metralleta para entrar en húmedas bodegas, y siempre que me encontraba con un huérfano lo cogía de la mano y lo llevaba al Hotel Existencia. No importaba el país donde me encontrara. Bélgica o Francia, Polonia o Italia, Holanda o Dinamarca: el hotel nunca estaba muy lejos, y siempre lograba llegar con el niño antes de que cayera la noche. Una vez que lo ayudaba a cumplimentar las formalidades del registro en la recepción, daba media vuelta y me marchaba. Mi trabajo no consistía en dirigir el hotel; sino en encontrar a los niños y llevarlos allí. Y en cualquier caso, los héroes no descansan, ¿verdad? No se les permite dormir en camas blandas con edredones y tres almohadas, y no tienen tiempo para sentarse en la cocina del hotel frente a un plato humeante de cordero estofado con una suculenta guarnición de patatas y zanahorias. Aunque sea de noche deben proseguir su tarea. Hasta que dispararan la última bala, hasta que lanzaran la última bomba, tenía que seguir buscándolos.
TOM: ¿Y qué pasó cuando terminó la guerra?
HARRY: Renuncié a mis sueños de coraje varonil y noble sacrificio. El Hotel Existencia cerró, y cuando volvió a abrir unos años después, ya no estaba en una pradera de la campiña húngara, y ya no tenía el aspecto de un castillo barroco sacado de los bulevares de Baden-Baden. El nuevo Hotel Existencia era mucho más pequeño y de sórdido aspecto, y si queréis encontrarlo ahora, tenéis que ir a una gran capital donde la vida real sólo empieza después de oscurecer. Nueva York, quizá, o La Habana, o una de esas sombrías callejuelas de París. Entrar en el Hotel Existencia era pensar en palabras como alterne, chiaroscuro y destino. En hombres y mujeres lanzándote discretas miradas en el vestíbulo. Era perfume, trajes de seda y piel cálida, y todo el mundo andaba siempre con una copa en una mano y un cigarrillo encendido en la otra. Eso lo había visto en las películas, y sabía el ambiente que reinaba en el hotel. Los clientes del bar de abajo, tomando sorbos de martini seco mientras escuchaban el piano. El casino de la segunda planta, con la ruleta y los dados brincando silenciosos por el fieltro verde, el crupier del bacará hablando en murmullos con un empalagoso acento extranjero. El salón de baile en el sótano, con sus lujosos reservados de cuero y la cantante bajo los focos con su voz enronquecida del humo y su reluciente vestido plateado. Ése era el conjunto de decorados que contribuía a la buena marcha de las cosas, pero nadie iba allí sólo por la bebida, el juego o la música, aunque la cantante de aquella noche fuera Rita Hayworth, a quien su actual marido y representante, George Macready, había traído en avión desde Buenos Aires para dar una sola función. Había que dejarse llevar un poco por la corriente, tomar unas copas antes de dedicarse en serio al asunto. Bueno, no era nada serio, sino más bien un juego: el entretenimiento infinitamente agradable de decidir con quién se subiría a la habitación aquella noche. El primer paso se daba siempre con los ojos; única y exclusivamente con los ojos. Se paseaba la mirada de una persona a otra durante unos minutos, tranquilamente, mientras se degustaba la copa y se apuraba un cigarrillo, sopesando las posibilidades, buscando una señal, quizá incluso incitando a alguien con una sonrisita o un toque en el hombro para atraer su atención. Hombres o mujeres, me daba igual. En aquella época seguía siendo virgen, pero ya sabía bastantes cosas de mí mismo para ser consciente de que me daba lo mismo. Una vez, Cary Grant se sentó a mi lado en el bar del piano y empezó a acariciarme la pierna. Otra, la fallecida Jean Harlow regresó de la tumba y me hizo el amor apasionadamente en la habitación cuatrocientos veintisiete. Pero también estaba mi profesora de francés, Mademoiselle Des Forets, una esbelta québécoise de piernas preciosas y líquidos ojos castaños que llevaba los labios pintados de brillante carmín. Por no hablar de Hank Miller, el zaguero del equipo universitario y experto donjuán de último curso. Hank probablemente me habría matado a puñetazos de haberse enterado de lo que le hacía en sueños, pero el caso es que no se enteró. Entonces yo sólo estaba en segundo, y nunca habría tenido el valor de dirigirme a un personaje tan augusto como Hank Miller a la luz del día, pero de noche podía encontrarme con él en el bar del Hotel Existencia, y después de unas copas y de una simpática charla llevármelo a la habitación trescientos uno e iniciarle en los secretos del mundo.
TOM: Imágenes masturbatorias de adolescente.
HARRY: Como quieras. Pero yo prefiero considerarlo como señal de un rica vida interior.
TOM: Así no vamos a ninguna parte.
HARRY: ¿Adónde quieres que vayamos, querido Tom? Estamos aquí sentados, esperando que nos sirvan el segundo plato, bebiendo una espléndida botella de Sancerre y entreteniéndonos con historias sin sentido. No hay nada malo en eso. En muchas partes del mundo, eso se consideraría como el no va más del comportamiento civilizado.