– Jamás lo había visto planteado de ese modo, pero así es.
Mientras lo miraba con preocupación y esperanzada a la vez, él supo que en su mundo la privacidad importaba y que su reputación lo era todo. Una reputación que él podía destruir con un comentario o dos.
Había vivido expuesto al ojo público tanto tiempo que había olvidado cómo era todo lo demás.
Ella sonrió.
– ¿Tienes algún club de fans? Porque seguro que me apuntaría.
– Te conseguiré una solicitud. Las cuotas son razonables y te dan una fotografía autografiada para que puedas enmarcarla.
Ella se rió.
– ¿En serio? ¿Es ésa la foto en la que sales en la ducha enseñando el trasero?
– ¿Cómo sabes lo de esa foto?
– Sheryl, mi secretaria, la tiene de salvapantallas. Tuve que pedirle que la quitara -bajó la voz-. No es muy apropiada para tenerla en el trabajo.
– Probablemente no. No tienes que preocuparte. El club de fans no envía la foto del trasero al aire.
– Qué pena. Era impresionante.
– ¿Sí?
– Aja.
– Bien.
Charity se estiró sobre él y a pesar de su reciente clímax, él sintió un intenso deseo volviendo a tomar forma en su interior. Una vez más, la imagen de hacerlo tomándose las cosas con calma, de conocer cada centímetro de su cuerpo, llenó su mente.
Pero no era el momento. Lo que había sucedido antes había sido espontáneo y llevarla a su cama implicaría más de lo que él estaba dispuesto a ofrecer ahora mismo. Tal vez no lo sabía todo sobre Charity, pero sí que sabía que era una chica que entregaba su corazón a la vez que su cuerpo y a él no podía confiársele el corazón de ninguna mujer.
Así que, por mucho que quería besarla de nuevo, se movió para salir de debajo de ella. Se levantó y tiró de ella.
– Voy a acompañarte a casa.
– Me sé el camino.
– Puede, pero las calles son peligrosas y no quiero que te pase nada.
– Mi puerta está a escasos metros. ¿Qué podría pasarme?
– Nunca se sabe.
Ella sonrió, recogió sus sandalias y su bolso y él la siguió hasta la puerta.
Cuando Charity agarró el pomo, se giró hacia él.
– No eres como pensaba.
– No se lo digas a la gente. Si alguien te pregunta, recuerda que soy un dios en la cama.
– Oh, y lo eres. Pero… -le acarició la mejilla- alguien tan famoso como tú, con tanto éxito y tan guapo, podría ser todo un cretino. Y tú no lo eres. Te importa la gente, eres comprensivo. Sé que mi opinión no cuenta nada, pero tu exmujer fue una estúpida al dejarte escapar.
Le habían hecho miles de cumplidos a lo largo de los años, las mujeres habían alabado todo de él y la mayoría de las veces había sabido que simplemente querían sacarle algo.
Ahora, mientras miraba los preciosos ojos de Charity y veía la verdad en ellos, supo que hablaba en serio.
– Gracias -le dijo.
Ella le sonrió y abrió la puerta. Unos segundos más tarde, estaba a salvo en su habitación y él solo en el pasillo. Mientras recorría los pocos metros hasta su habitación, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie creía en él. No, eso no era verdad. Siempre había tenido apoyos. La única persona que importaba y que no creía en él era él mismo.
Josh durmió como un tronco, se despertó temprano y llegó a su oficina un poco antes de las siete. Eddie llegó a las siete y media, vestida con un chándal de terciopelo amarillo y lo miró.
– Éste es mi rato de tranquilidad -le dijo-. ¿Qué estás haciendo aquí?
– Trabajando.
No se molestó en mencionar que era su oficina y que ella era su empleada. De todos modos, a Eddie le daría igual.
– Nunca has llegado antes de las ocho y más te vale no convertir esto de llegar pronto en un hábito.
Él le guiñó un ojo.
– Haré lo que pueda.
– ¿Por lo menos has hecho café?
Él señaló la cafetera.
Ella suspiró.
– A veces no eres tan malo.
Se sirvió una taza y volvió a su mesa. Él podía oírla refunfuñar, pero ignoró el sonido. Tenía que centrarse en la propuesta que le había enviado su abogado, una posible inversión en un centro comercial de Las Vegas. Cuando el mercado inmobiliario tocó fondo, muchas propiedades comerciales salieron a subasta y ahora se podían adquirir por mucho menos dinero, sobre todo si se trataba de un inversor dispuesto a pagar en mano.
Él revisó los estudios demográficos del vecindario que se construiría allí, la lista de los actuales arrendatarios y la competencia que podrían suponer los pequeños comercios de la zona.
– Es Steve -gritó Eddie.
Josh alzó la mirada. Ella estaba sacudiendo el teléfono.
– Steve, tu antiguo entrenador. Un tipo alto y calvo.
– Gracias. Ya sé quién es.
Steve y él llevaban meses sin hablar, tal vez un año, porque Josh no había necesitado un entrenador después de retirarse.
– Buenos días -dijo él al contestar-. Hoy te has levantado temprano.
– Estoy en Florida, aquí es prácticamente mediodía. ¿Qué tal te va?
– Bien. ¿Y a ti?
– Estoy trabajando con un grupo de chavales, hay mucho potencial, pero poca disciplina. Son como cachorritos, se distraen con demasiada facilidad. Una chica en bikini pasa por delante y se chocan unos contra otros. Me agotan.
Josh se recostó en su silla.
– ¿Hay alguien especial? -se refería a los corredores, no a la chica, pero sabía que Steve se lo imaginaría.
– Hay un chico, Jorge, es de familia pobre y no empezó a montar en serio hasta que entró en el instituto. Tiene que trabajar mucho, pero creo que puede lograrlo.
– ¿Buscas sponsor? -ya se lo habían propuesto a Josh antes, pero hasta el momento no había estado dispuesto a hacerlo. Por otro lado, si Steve pensaba que el chico valía, podría pensarse invertir en él.
– No, pero deja que piense en ello. Podrías venir a verlo antes de decidirte.
Su antiguo entrenador tenía razón. Tendría que viajar a Florida antes de tomar una decisión y eso significaba volver al mundo donde una vez había sido el rey, algo que llevaba dos años evitando.
– Pero no te he llamado por lo de Jorge, sino por la carrera benéfica. Habrás oído que hemos perdido a nuestro sponsor.
– Eso es lo que pasa cuando el gerente roba el fondo de pensiones y huye con su secretaria.
– Eso parece -Steve parecía frustrado-. Sabes que estas carreras se celebran por todo el país y en condiciones normales no te habría molestado, pero esto es distinto. Lo recaudado irá destinado a la investigación de la diabetes infantil y el hijo de mi hermana la tiene, así que es algo personal. Vi que tu ciudad estaba pidiendo información y pensé que tú estarías detrás. Quería hablar contigo en persona para que intentaras convencerlos. Todo está preparado. Tenemos un montón de ciclistas fantásticos apuntados. Podrías ver a muchos amigos y Jorge participará, así que así te ahorrarías un viaje. Incluso te dejaríamos participar si quisieras volver. Siempre fuiste el mejor, Josh, y no hay razón para pensar que eso haya cambiado.
Josh sintió una patada en el estómago.
– Eh… no he estado entrenando -dijo sabiendo que el ejercicio que hacía cada noche lo había mantenido en buena forma, aunque no lo suficiente para competir… suponiendo que pudiera llegar a hacerlo. ¡Pero si sólo con pensarlo se ponía a temblar como una niña pequeña!
– Hay tiempo -le dijo Steve-. Ya sabes lo que hay que hacer, si estás interesado. Te retiraste demasiado pronto, Josh. Sé que estabas afectado por lo que le pasó a Frank, pero marcharte no sirvió para traerlo de vuelta.
– Siempre hablas como el entrenador.
– Lo intento. ¿Puedes ayudarnos con la carrera?
Josh había estado batallando con sus demonios internos durante dos años y hasta el momento ellos siempre habían salido ganando. Tal vez había llegado el momento de una pequeña venganza.