Agarró a Charity del brazo.
– En lugar de dar rodeos, he pensado que deberíamos tratar el tema directamente -dijo marcando el paso hacia las escaleras-. Vamos a ver la habitación de Sandra. Espero que puedas hacerte una idea de cómo era su vida antes de que tú nacieras.
– Me gustaría -le respondió Charity.
Subieron por las anchas escaleras y giraron a la izquierda al llegar al rellano.
– Es la última puerta a la derecha -dijo Marsha soltándola-. No he cambiado nada, me temo. A pesar de mis mejores intenciones, convertí la habitación de mi hija en un santuario y estoy segura de que unos cuantos psicólogos tendrían mucho que decir al respecto.
Hablaba con tranquilidad, pero Charity pudo ver dolor en su mirada.
Sin saber qué decir, fue hacia la puerta abierta y cuando llegó, se giró y miró la habitación que había pertenecido a su madre.
Estaba decorada en tonos lavanda, el color favorito de Sandra, y había una gran cama cubierta con una colcha morada y lavanda. Unas estanterías empotradas en la pared flanqueaban la cama y estaban abarrotadas de libros, adornitos y fotografías. Había pósters en la pared, uno de un Michael Jackson muy joven y otro de un grupo que Charity no habría reconocido de no ser porque en él vio escrita la palabra Blondie.
Entró y fue hasta el escritorio donde había apilados unos libros de texto junto a los que había una redacción a medio terminar sobre Julio César. Encima del papel había una flor de oro colgando de una fina cadena.
Fue hacia las estanterías y observó las fotografías. Sandra aparecía en casi todas junto a su madre, sus amigas, en una escuela de danza… La familiar sonrisa le encogió el corazón, pero aparte de eso no sintió ninguna conexión ni con la habitación ni con su antigua ocupante.
– Lo único que se llevó fue dinero y ropa -dijo Marsha desde la puerta-. Nada más. No dejó ni una nota. Nunca se despidió.
– Lo siento -respondió Charity sin estar segura de cómo aliviar el dolor de Marsha-. Si sirve de algo, no creo que el hecho de mudarnos constantemente fuera por ti. Le encantaba conocer sitios nuevos. Nos instalábamos en un lugar unos meses y después empezaba a hablar de otro sitio y así siempre. El lugar al que íbamos a ir siempre era más emocionante que ése en el que ya estábamos.
Charity miró a su alrededor: bonitas cortinas y una pequeña colección de animales de peluche tirados sin mimo en una esquina. Algo así era exactamente con lo que había soñado cuando era pequeña. Un lugar que poder reclamar como suyo. Nada lujoso, sólo una casa normal. Sin embargo, su madre había huido de ella y nunca había mirado atrás.
– Ojalá me hubiera hablado de ti.
– Pienso lo mismo -dijo Marsha con una mirada triste-. Ojalá la hubiera comprendido mejor. Quería irse a la universidad, pero yo siempre le dije que tenía que quedarse aquí. Fui una tonta, una controladora inflexible. Yo tenía que llevar la razón y al final eso me salió caro y me hizo perder a mi única hija. Si…
– No -dijo Charity interrumpiéndola-. Se habría marchado de todos modos. Era lo que quería. No creo que hubieras podido hacer nada para cambiarla.
– No puedes saberlo con seguridad.
– Sí, puedo -dijo Charity intentando no sonar muy hundida-. La conocía.
– Puede que sí -dijo Marsha-. Aún tengo ese álbum para ti. Está abajo.
Charity asintió y la siguió de vuelta al salón donde juntas miraron las fotos de Sandra. En ellas encontró imágenes de una niña muy pequeña riéndose y más gestos y sonrisas familiares a medida que crecía.
Marsha miraba cada foto con cariño y contaba historias del momento en que se tomaron y de qué pasó justo después.
– ¿Me contrataste por esto? -preguntó Charity de pronto-. ¿Porque soy tu nieta?
Marsha le sonrió.
– Además de querer tener la oportunidad de llegar a conocerte, he entregado gran parte de mi vida a esta ciudad. No habría arriesgado el futuro de tantas personas sólo para tenerte a mi lado. Le di tu nombre al técnico de recursos humanos y le dije que había oído cosas buenas sobre ti, pero nada más. No te habría seleccionado si no hubieras sido una candidata excelente.
Eso hizo que Charity se sintiera mejor.
– ¿Se molestará la gente cuando lo descubra? ¿No pensarán que convenciste al Ayuntamiento para que me contrataran?
– Has estado en las reuniones, ya sabes lo testarudos que pueden llegar a ser. ¿De verdad crees que podría haberlos convencido para contratar a un candidato que no estuviera preparado?
– No -admitió-. Se habrían levantado en tu contra.
– Exacto -Marsha le tocó un brazo-. Eres muy buena en lo que haces. Eres sincera, atenta y tienes un punto de vista muy fresco, además de la experiencia necesaria y la energía de desempeñar este trabajo. Eres lo que buscábamos y te habría contratado aunque no hubieras sido mi nieta. Espero que me creas -vaciló-. Sé que ir a buscarte directamente habría sido lo mejor, pero estaba aterrorizada y pensé que trayéndote aquí podríamos conocernos.
Charity asintió.
– No pasa nada. Comprendo que fueras cauta. Quiero conocerte, quiero que seamos familia.
– Ya lo somos -le dijo Marsha con una sonrisa, aunque la tristeza había vuelto a su mirada-. Seguro que sigues intentando encontrarle sentido a todo esto, ¿quieres que sigamos hablando de ello en otra ocasión?
– Sí, si no te importa -dijo Charity agradecida de que Marsha lo entendiera-. Hay mucho que asimilar.
– Tenemos tiempo -le dijo Marsha mientras se levantaba-. No me iré a ninguna parte.
Charity se levantó y fue hacia la puerta. Cuando llegó a ella, se giró y abrazó a Marsha, que le devolvió el abrazo. El gesto las hizo sentirse mejor aunque Charity no pudo evitar que la invadiera la desagradable sensación de haber perdido veintiocho años.
Al salir de nuevo a la tarde, se preguntó qué podría haber hecho para que las cosas no hubiesen sucedido así, pero supo que no podría haber hecho nada. Había sido una niña que dependía de lo que su madre dijera y, aunque hubiera querido ir a buscar a su familia, no habría sabido el verdadero apellido de Sandra porque después de su muerte había revisado sus cosas y no había encontrado nada sobre su vida antes de que ella naciera.
«¡Ojalá!», pensó con tristeza, pero no había modo de cambiar el pasado.
Sólo estaba el futuro y lo que ella eligiera hacer con su vida.
Doce
Charity volvió al hotel y subió las escaleras hacia su habitación batallando con docenas de emociones, la mayoría de las cuales no podía identificar. Sin pensarlo, se detuvo frente a la puerta de Josh y llamó.
Era sábado por la tarde, se recordó, y probablemente no estaría allí, pero unos segundos después, él abrió la puerta tan guapo como siempre con unos vaqueros y una camiseta. Le pareció que le hacía falta un corte de pelo y un afeitado, aunque tuvo que admitir que ese aspecto tan desaliñado le sentaba muy bien.
– ¡Ey! -dijo él indicándole que entrara-. ¿Qué pasa?
– Nada malo. He ido a ver a Marsha.
Él cerró la puerta, le tomó la mano y la llevó hasta el sofá, pero cuando llegaron allí, Charity no pudo sentarse. Se sentía inquieta.
– ¿Por qué? -preguntó mirándolo-. Era mi madre y sabía que quería formar parte de una familia. Sabía que eso me importaba más que nada en el mundo. Pero no me lo contó, ni siquiera cuando estaba muriéndose. Ni siquiera después de morir. Habría bastado con una pequeña nota con un nombre y una dirección, pero no se molestó.
Charity no podía comprenderlo.
– Así que, ¿en qué situación me deja eso a mí? ¿Es que era increíblemente egoísta o estoy engañándome al pensar que yo le importaba?
Josh hizo intención de abrazarla, pero ella sacudió la cabeza.
– No. Tengo que decir esto.
– Entonces me quedaré aquí y te escucharé -le respondió metiéndose las manos en los bolsillos.