– No tenías por qué hacerlo -le dijo ella.
– Sí, claro que sí.
Charity sonrió.
– Ya sabes lo que quiero decir. Gracias por… -¿qué? ¿Por distraerla? ¿Por hacerle darse cuenta de que hasta ese momento no había sabido lo bueno que podía ser el sexo?
– Charity -dijo él mirándola a los ojos-, te deseo. Soy un hombre. Es así de sencillo.
Las palabras resultaron ser extrañamente reconfortantes.
– ¿Consigues a todas las mujeres que quieres?
– No. Contigo es distinto. Es mejor.
– Pretendo complacer.
– Pues haces un buen trabajo.
Ella se rió.
– Tú también. Toda esa práctica te ha servido de mucho.
– Saber qué hacer es la parte fácil. Encontrar a la persona adecuada con quien hacerlo es mucho más difícil.
Fueron unas palabras dulces que le encogieron el corazón, pero tuvo que recordarse que no podía sentir nada por él. Él entraba en la categoría de «demasiado», demasiado guapo, demasiado encantador, demasiado famoso. Y ella quería a alguien normal. Ya había visto lo que pasaba cuando una mujer se enamoraba del hombre equivocado. A su madre le había pasado varias veces.
Pensar en Sandra destruyó su buen humor, así que decidió centrarse en otra cosa.
– No te había visto por ahí en los últimos días. ¿.Cómo van las cosas?
Él se tendió boca arriba y ella se acurrucó deleitándose con la encantadora sensación de sentir su cuerpo desnudo junto al suyo.
– Ayer salí a montar en bici con el equipo del instituto.
Ella se incorporó.
– ¿En serio? ¿Qué tal fue?
Suavemente, Josh acarició su pezón y la llevó hacia él.
– Mal. No pude hacerlo. Fingí que le había pasado algo a mi bici -maldijo-. ¡Menudo perdedor!
No, no lo era, pero decírselo tampoco cambiaría nada, pensó Charity con tristeza. Necesitaba creer en sí mismo, pero ¿era eso posible?
– ¿Has pensado en hablar con alguien? ¿Un profesional?
– ¿Un psicólogo? No. Sentarme con alguien a contarle mis problemas no me ayudará.
– Eso no lo sabes.
– Sí, claro que lo sé. Lo intenté después del accidente y no me ayudó.
Ella suspiró.
– ¿Cuánto lo intentaste? ¿Una vez y después lo dejaste? Eres muy hombre.
– Eso hace que el sexo conmigo resulte una situación menos incómoda -la miró-. ¿Quieres quedarte? Podríamos pedir la cena, ver pelis porno por el canal de pago y darnos un baño. Tengo un jacuzzi.
«Y hacer el amor», pensó ella perdiéndose en su hipnótica mirada.
– Sabes cómo tentar a una chica.
Josh se tendió sobre ella y Charity le rodeó el cuello con los brazos.
– ¿Es eso un «sí»? -preguntó con una sonrisa.
– Es un «sí» y un «por favor, vamos a hacerlo otra vez».
El domingo, Charity se levantó a regañadientes de la cama de Josh. Había quedado con Pia para almorzar y él tenía que ir a entrenar. Mientras se duchaba y se vestía, le resultó difícil dejar de sonreír todo el tiempo. Cada parte de su cuerpo parecía estar satisfecha y los diminutos dolores que la invadían eran deliciosos recordatorios de cómo habían pasado la noche.
Cuando llegó el mediodía ya se dirigía a la casa de Pia, que ocupaba la planta superior de una gran casa unifamiliar dividida en tres pisos. Charity subió las escaleras y llamó a la puerta de su amiga.
– Hola -dijo Pia con una sonrisa-. ¿Te has quedado sin respiración por subir las escaleras?
– Estoy en el tercer piso del hotel y subo andando.
– Es buen ejercicio -dijo Pia cerrando la puerta-, yo no soy de ir al gimnasio. ¿Sabes? Tengo una terraza fantástica y he pensado que podríamos comer allí.
– Genial.
La casa de Pia era luminosa, con muchas ventanas y grandes habitaciones. El techo abuhardillado le añadía carácter y allá donde Charity miraba había una gota de color. El sofá era del color de un pintalabios rojo y tenía cojines estampados. Había una manta morada y amarilla sobre el respaldo de una vieja metedora de madera y pegatinas de viaje cubriendo un viejo baúl de camarote que servía como mesa auxiliar.
– Este lugar es genial -dijo Charity siguiendo a Pia hasta una cocina color verde intenso-. Me encantan los colores.
– No soy una chica de beis. Casi todos los adornos los he encontrado en rastrillos de objetos usados y en mercadillos. Me encanta eso de encontrar una ganga -señaló los platos de flores que había sobre un estante-. Ocho platos por dos dólares. Fue un momento de orgullo para mí.
– Impresionante.
– Gracias.
Pia agarró una bandeja de sándwiches y ensaladas y le indicó que se ocupara de la otra bandeja que contenía té helado y dos vasos. Salieron a la gran terraza.
El día era soleado y la temperatura cálida. Desde allí se podía ver casi toda la ciudad, un poco del lago y las montañas.
– Vistas del reino -dijo Charity en broma.
– Exacto. Veo a la gente pequeñita y me preguntó cómo serán sus vidas.
Se sentaron a almorzar y charlaron sobre lo que estaba sucediendo en Fool's Gold.
– ¿Tiene Alice información sobre los robos? -preguntó Charity-. No he oído si han atrapado al ladrón.
– La última vez que hablamos, seguía buscando al culpable. Espero que el que sea que lo haya hecho pare antes de que Alice lo encuentre, porque puede dar mucho miedo. Aunque, claro, la pérdida de unos paquetes de macarrones precocinados puede ser mucho menos interesante que el dinero desaparecido del estado -dio un trago de té-. Tres cuartos de un millón de dólares. ¿No sería genial?
– Eso te cambia la vida -respondió Charity-, pero no comprendo cómo esa cantidad de dinero puede desaparecer.
– Yo tampoco, aunque las cuentas no son lo mío. Por eso van a traer a un auditor. Pobre Robert. No querría tener esa responsabilidad ni que nadie pensara que he sido yo.
– No es Robert. ¿Alguien piensa que lo es?
– No, eso requeriría un nivel de creatividad que él no tiene -Pia se cubrió la boca-. Lo siento. Qué mala soy. Quería decir que…
– No es esa clase de chico -dijo Charity con una sonrisa.
– Exacto -Pia agarró la mitad de un sándwich-. Bueno, ¿qué hiciste ayer?
Charity se quedó en blanco sin saber cuál de sus muchas actividades del día anterior elegir. Recordar la tarde y la noche que había pasado con Josh la sonrojaría, así que soltó lo único que se le ocurrió.
– Estuve un rato con Marsha. Acabo de descubrir que es mi abuela.
A Pia casi se le salieron los ojos de las órbitas.
– ¿Qué? ¿Eres la hija de Sandra?
– Sí -Charity le explicó brevemente todo lo que había descubierto en las últimas horas.
– ¡Es increíble! -exclamó Pia, aún impactada-. Qué suerte tienes. Me encantaría tener a Marsha como abuela. Siempre está cuidando de todo el mundo. Si alguien necesita ayuda, ahí está ella. Sandra fue una idiota al escaparse de casa -hizo una mueca de vergüenza-. Vaya, hoy estoy siendo más bocazas que de costumbre. Lo siento.
Charity dio por hecho que Pia pensaría que le habría molestado el comentario sobre su madre, aunque no era así.
– Estoy de acuerdo. No sé por qué siempre estaba huyendo. En parte era por los hombres que pasaban por su vida. Iba detrás de los más guapos, que por cierto luego resultaban ser unos cerdos. Cuando se trasladaban, ella los seguía. Te juro que yo nunca seré como ella.
– Entonces no estás interesada en Josh.
La frase fue inesperada. Charity no quiso reaccionar, pero acababa de darle un sorbo al té y casi se atragantó. Mientras tosía, Pia la miraba con gesto de complicidad.
– Justo lo que pensaba. Te muestras demasiado fría cuando está delante. Pasa algo. Vamos, cuéntaselo todo a la tía Pia.