Ella ya había tomado una decisión respecto a Robert antes de empezar una relación con Josh, a pesar de haber intentado por todos los medios preferir al tesorero.
– Tonto -murmuró-. Estúpido y egocéntrico tonto.
Era curioso cómo Josh tenía una fama equivocada y resultaba que era Robert el hombre que carecía de sustancia.
Sin embargo, al salir de la sala de juntas no pudo evitar preguntarse si verdaderamente la habría cegado el hecho de que Josh fuera una celebridad. Después de todo era hija de su madre y Sandra siempre había estado interesada por hombres guapos y superficiales.
Charity se dijo que sabía lo que estaba haciendo, que Josh era mucho más de lo que aparentaba. Aun así, dependería de ella asegurarse de que de verdad estaba sintiendo algo por el hombre y no por la persona.
– Hacía mucho que no te veíamos por aquí -dijo Bella mientras cepillaba el pelo de Josh.
– Sí -respondió él ignorando la no tan sutil queja implícita en sus palabras.
– El último corte de pelo que te han hecho es terrible.
Él sonrió.
– Eso es lo que dices siempre.
Bella, una mujer de mediana edad con unos ojos preciosos y una voluntad de hierro, lo miraba a través del espejo.
– Supongo que ella dice lo mismo cuando vas allí.
– No pienso hablar de eso contigo.
Bella refunfuñó.
– Sabes que soy mejor.
– ¿Son nuevos esos pendientes? -preguntó él-. Son muy bonitos.
Ella tocó los aros de oro que llevaba en las orejas.
– Intentas distraerme.
– Sí, y vas a tener que fingir que lo he logrado.
La mujer arrugó la boca, como si intentara sonreír.
Bella Gionni y su hermana Julia eran las dos mejores peluqueras de la ciudad, pero, por desgracia, hacía veinticinco años que no se hablaban. Tenían dos locales que competían a ambos lados de la ciudad. Elegir a una o a otra era meterse en la discusión y el problema era que nadie más que las hermanas sabía la causa de la pelea.
La mejor forma de mantener la paz, y ésa por la que había optado Josh, era alternar las visitas a las peluquerías y así las dos se quejaban de que iba a cortarse el pelo con la otra.
No ir a ninguna de las dos sería más fácil, lo sabía, pero ésa no era una opción. Estaba en deuda con las hermanas. Mientras que la universidad se la habían pagado las becas en su mayoría, no había tenido bastante para cubrirlo todo. La ciudad los había patrocinado a Ethan y a él y sabía que Marsha había sido la que más había contribuido, seguida de las hermanas Gionni.
– He oído que sales con Charity -dijo Bella cuando empezó a cortarle el pelo.
– No pienso hablar de eso -respondió él poniéndole mala cara.
– Claro que sí. Es simpática. He oído que está pensando en darse reflejos -sonrió-. Creo que son para ti. Sé cuándo una mujer quiere estar guapa para un hombre -le guiñó un ojo.
Él se movía incómodo en el acolchado sillón.
– Charity y yo estamos… saliendo.
– Más que saliendo, ¿verdad? Oigo cosas, Joshua. Oigo lo que cuentan las señoras.
De ninguna manera le apetecía estar teniendo esa charla con una mujer que por edad podía ser su madre.
– La gente habla mucho, pero la mayoría de las veces no son más que eso, habladurías.
– Puede que sí, puede que no -Bella seguía cortando-. Hacía mucho tiempo que no tenías una cita.
– Un par de años -admitió él.
– Pues entonces ya va siendo hora.
Pia entró en el despacho de Charity y se dejó caer en una silla.
– ¿Tienes un minuto? -le preguntó.
– Claro -Charity observó la expresión de tristeza de su amiga-. ¿Qué pasa?
– Es Crystal. Las últimas sesiones de quimioterapia no han servido para nada y ya se les han agotado las opciones de tratamientos -Pia tomó aliento y contuvo las lágrimas-. Está decidiendo si quiere quedarse en casa o ir a algún centro… de cuidados paliativos -añadió-. Dice que el médico le ha dado dos meses. Tal vez tres.
Charity tragó saliva.
– Lo siento, ¡es terrible! -no conocía bien a Crystal, pero se sentía fatal por todo lo que esa mujer había pasado.
– Ha sido horrible. Esperábamos que esta última tanda de quimioterapia funcionara, que hiciera algo, pero está muy débil. No creo que pueda estar en casa sola y dice que le gusta la idea del centro de cuidados paliativos. Dice que ahora son lugares muy agradables.
– ¿Está en la ciudad? -preguntó Charity.
– Sí. Iré a verla y todo eso, pero no quiero que muera -se secó las lágrimas de la mejilla-. Odio esto. No hay nada que pueda hacer para cambiar las cosas. Me voy a quedar con su gato, que es lo único que se me ocurre que puedo hacer.
– La gente se preocupa mucho por sus mascotas, así que el hecho de que te lo quedes será de gran ayuda para ella.
– No soy muy de animales -admitió Pia-, y no sé nada sobre gatos. Crystal dice que es muy tranquilo y limpio. Supongo que compraré un libro. ¡Es tan injusto!
Charity asintió. No tenía palabras.
– Ya ha perdido a su marido -continuó Pia-. Lo único que quería era casarse y ser madre y ahora eso jamás sucederá. Y sé que le preocupa el tema de los embriones. Se niega a donarlos para la investigación, pero no pueden estar congelados para siempre. ¿Te imaginas estar en su posición? ¿Muriéndote y teniendo que decidir el destino de unos hijos que nunca tendrás?
– No -dijo Charity sinceramente. Era una decisión imposible, una que ninguna mujer debería tener que tomar nunca-. ¿Tiene familia? ¿Una hermana o una prima que quisieran los embriones?
– No. Está sólo ella -Pia la miró-. Lo siento. Seguro que estabas teniendo un buen día hasta que me he presentado aquí.
– Te escucho encantada.
– Gracias -respiró hondo-. Será mejor que vuelva al trabajo. Esta noche voy a ir a ver a Crystal para conocer un poco mejor a su gato.
– Serás una buena mamá para la mascota -le dijo Charity-. Te preocuparás por él y eso es lo que importa.
– Eso espero -se levantó-. Gracias otra vez por haberme dejado desahogarme.
– Cuando quieras, de verdad.
Pia asintió y se marchó y Charity se quedó mirando en la dirección por la que se había ido. ¡La situación de Crystal era tan injusta! El dilema de los embriones era desgarrador. ¡Perderlo todo así!
Pensó en su propia vida, en la segunda oportunidad que le habían dado de formar parte de una familia, y admitió que era más que un golpe de suerte, era como un regalo del cielo.
Se levantó y recorrió el pasillo hasta el despacho de Marsha. Su abuela, sentada junto a su escritorio, sonrió al verla.
– ¿Qué tal?
Charity intentó sonreír, pero no pudo y las lágrimas que solía contener con facilidad se acumularon en sus ojos.
Marsha se levantó.
– ¿Qué pasa?
– Nada -respondió acercándose y abrazándola con fuerza-. Estoy muy agradecida de que seas mi abuela. Creo que no te lo había dicho y quería que lo supieras.
Marsha le devolvió el abrazo, uno lleno de amor y de promesas.
– Yo también estoy muy feliz. He tenido que esperar mucho tiempo.
Charity se puso recta.
– Yo no me marcharé. No soy como mi madre.
Marsha le acarició la mejilla y sonrió.
– Lo sé. Las dos nos quedaremos aquí. Juntas.
Catorce
El anuncio de la sesión especial del concejo municipal llegó sin previo aviso, algo que a Charity le resultó muy extraño. Por lo general había una larga lista de temas que tratar y le molestó no haber podido preparar ni preguntar nada dado que había recibido el anuncio en un correo electrónico apenas media hora antes de que se celebrara la reunión. Por eso se quedó impactada al entrar en la sala de juntas y encontrarse a Josh sentado en la mesa. ¿Qué hacía él en una reunión del concejo municipal?