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– ¿Durante cuánto tiempo?

– Durante todo el tiempo que sea necesario.

– Eso podría ser mucho dinero.

– Judy, tengo mucho dinero.

– Vale. ¿Qué más?

– American Express.

– ¿Qué pasa con American Express?

– Dímelo tú.

– Quieren saber cuál será tu… papel después de la venta.

– Ninguno.

– Eso no es lo que quieren ellos.

– Me da igual lo que quieran.

– En ese caso, tenemos una oferta de doce millones quinientos mil dólares, además de opciones sobre futuros por un importe aproximado de otros tres millones. El truco está en que no se puede disponer de esos tres millones hasta dentro de cinco años. Y además quieren que les firmes un compromiso de no competencia.

– No hay ningún problema.

– El tipo encargado de adquisiciones dice que, si tú te quedas al frente del negocio, estarían dispuestos a subir considerablemente la oferta.

– Lo harán de todas formas. Y diles que no me interesan las opciones sobre futuros. Quiero dinero.

– Vale.

– La idea es vender. Y, si voy a vender, quiero…

– Vender del todo. Entendido. Déjalo en mis manos.

Después, Lassiter llamó a Roy Dunwold, el director de la sucursal que Lassiter Associates tenía en Londres. Roy era un chico de clase trabajadora que se había criado en Derry, o Londonderry, dependiendo del punto de vista. De lo que no había duda es que había tenido una infancia dura. Había pasado dos años entre rejas en Borstal por una serie de robos de coches que acabaron bruscamente cuando el Porsche robado que conducía en ese momento chocó contra un cortejo funerario del IRA.

Después de tres meses en una cama de hospital y una estancia mucho más larga en un centro de reclusión de menores, salió en libertad condicional bajo la custodia de una tía que vivía en Londres. Su tía, una mujer de ideas claras que regentaba una pensión en Kilburn, le dijo algo que era obvio: robar coches era, en el mejor de los casos, una vocación, pero él necesitaba una profesión.

Así que Roy se matriculó en la escuela nocturna y, a continuación, en una de las mejores escuelas politécnicas del país. Era un buen estudiante y, después de licenciarse, encontró trabajo como especialista en sistemas de gestión de datos en el GCHQ-Cheltenham, el equivalente británico al Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Después de trabajar un año en la sede central lo destinaron a las montañas Troghodhos de Chipre. Pasó cinco años en el Mediterráneo, donde bebió suficiente vino griego y tuvo suficientes líos de faldas para quedarse saciado de por vida. Después volvió a Inglaterra, esta vez al sector privado. Como solía decirles a sus amigos: «Echaba de menos la lluvia.» Lassiter consiguió llevárselo a su empresa ofreciéndole un coche, además del mismo sueldo que ganaba en Kroll Associates.

Dunwold eligió un Porsche.

Lassiter tardó en encontrar a Roy. Cuando por fin lo consiguió, fue directamente al grano.

– No sé si estarás al tanto, pero… estoy trabajando en un asunto de índole personal.

– Lo de tu hermana.

– Y mi sobrino.

– Sí, es verdad.

– Una de las cosas que estoy buscando son crímenes con patrones similares -explicó Lassiter. -Homicidios con incendios provocados en los que falleciera algún niño. He encontrado uno en Praga y otro en Canadá.

– ¿Estás seguro de que están relacionados?

– No. -Una pausa. -Pero tal vez lo estén. Y se me ha ocurrido que quizá tú puedas ayudarme a encontrar otros casos similares.

– ¿Dónde?

– Donde sea. Podrías empezar por Europa.

– ¿Qué te parece Inglaterra?

– Está bien. Empieza por Inglaterra.

Dunwold permaneció unos segundos en silencio. Por fin dijo:

– Hay un problema.

– ¿Cuál?

– Bueno, hay muchos incendios provocados que nunca se sabe que lo son. Muchas veces figuran como incendios de origen eléctrico: cortocircuitos y ese tipo de cosas. Eso significa que habría que mirar cualquier fuego en el que muriera un niño.

– Me parece bien.

– Eso es mucho trabajo.

– Ya lo sé.

– ¿Cuál es el marco temporal?

– Cualquier cosa que puedas encontrar a partir del uno de agosto.

– Vale.

– He pensado que quizá convendría mirar lo que tiene la Interpol.

– Ésos son unos malditos inútiles. No sirven para nada. Será mejor ir directamente a las bases de datos que nos puedan ayudar. Y las compañías de seguros también pueden ser interesantes. No sería la primera vez que encontramos algo gracias a ellas. Llamaré a Lloyd’s.

– ¿Qué hay de la policía?

– Sí, claro. No hay que olvidarse de esos. Veré qué tiene la Europol, Scotland Yard… Lo de siempre.

– Espera un momento. Se me acaba de ocurrir algo. -Lassiter buscó las fotocopias del pasaporte de Grimaldi y miró los sellos fronterizos del período en cuestión. No tardó en encontrar el que buscaba. -Y mira a ver si encuentras algo en Sao Paulo, ¿vale?

– ¿En Brasil?

– Sí, entre el trece y el dieciocho de septiembre del año pasado. Ponte en contacto conmigo en cuanto tengas algo.

– Vale. ¿Quieres un informe por escrito?

– No, sólo la información. Judy sabe dónde localizarme.

– Dinero.

– No te preocupes por eso. Haz lo que tengas que hacer.

– ¡Perfecto!

Lassiter estaba a punto de colgar, cuando Dunwold dijo:

– ¡Joe! ¿Sigues ahí?

– Sí.

– Se me acaba de ocurrir que…

– ¿Qué?

– Esto puede tardar bastante. Es que… Es Navidad, ¿no? Me dedicaré a trabajar, pero…

– Tú haz lo que puedas.

– Vale. Entonces, un saludo. Feliz Navidad y todo eso. Te llamaré.

Lassiter se reunió con Janacek y Riordan en el vestíbulo del hotel a las siete y media. A las ocho y cuarto, después de un espeluznante trayecto en coche por las calles nevadas, ya estaban en el ascensor de la clínica Pankow, en un suburbio de Praga. Un médico con una bata blanca los condujo hasta la habitación en la que estaba Jiri Reiner.

Hacía un calor sofocante, pero Reiner estaba hecho un ovillo debajo de las mantas. Sus ojos parecían desproporcionadamente grandes en su cara demacrada.

– No come -susurró Janacek pasándose una mano por el pelo. El médico le susurró algo al oído al detective checo y se giró hacia Lassiter. Sin decir nada, levantó un dedo, recordándoles que deberían ser breves. Después se marchó.

Reiner miraba fijamente a Lassiter.

Janacek se volvió hacia él.

– Bien. Yo traduciré. ¿Qué quiere que le diga a pan Reiner? Perdón, al señor Reiner.

– Dígale que el siete de noviembre asesinaron a mi hermana, Kathy, y a su hijo pequeño, Brandon. Alguien les cortó el cuello y después prendió fuego a la casa. -Lassiter respiró hondo. -Pero algo salió mal, y el hombre que lo hizo saltó por la ventana de la casa con la ropa envuelta en llamas.

Janacek tradujo. Al acabar, se volvió hacia Lassiter y hundió la barbilla en el pecho.

– El hombre sufrió graves quemaduras, pero sobrevivió -continuó Lassiter. -Cuando lo interrogó la policía, se negó a responder. Nadie entiende la razón del crimen. -Lassiter movió la cabeza. -Nadie.

Observó a Reiner mientras Janacek traducía. Mientras el detective hablaba, los ojos del paciente se llenaron de lágrimas, pero no intentó secárselas. Por fin, cuando Janacek terminó, Reiner habló con una voz llena de sentimiento y los inmensos ojos mojados de un perro labrador.

– Pregunta si su hermana y su sobrino estaban muertos antes del incendio -tradujo Janacek.

Lassiter sabía perfectamente lo que buscaba Reiner.

– Así es -dijo. -No murieron quemados. Los mataron rápidamente, con un cuchillo. -Prefirió no decir nada sobre las heridas de Kathy, ni sobre los cortes que tenía en las manos como producto del forcejeo.