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– Sí.

– ¿Cómo lo sabes?

Lassiter se limitó a mirarlo a los ojos.

– ¿Cómo lo sabes? -repitió Riordan.

– Tengo un amigo que trabaja… en el gobierno. Me enseñó el expediente de Grimaldi.

– Eso ya es otra cosa. ¿Cuándo podré verlo?

– No puedes.

– ¿Y eso por qué?

– Porque ya no existe.

Riordan gruñó airado, o dolorido, o las dos cosas. Empezó a decir algo, pero cambió de idea.

– ¿Cómo que un beato? -inquirió al fin.

– Se hizo miembro de Umbra Domini. Le dio todo lo que tenía a una asociación católica que se llama Umbra Domini.

– La sombra del Señor -dijo Riordan.

Lassiter no lo podía creer.

– ¿Sabes latín?

– No. La que sabía latín era la hermana Mary Margaret. Yo sólo me acuerdo de un par de palabras.

– Lo que de verdad resulta extraño es que… ¿Te acuerdas de la transferencia que recibió Grimaldi?

– Sí.

– El dinero venía de Umbra Domini.

Riordan se rió.

– Eso sí que tiene gracia. ¿Cómo cojones te has enterado de eso? A nosotros los suizos no nos han dicho nada.

Lassiter se encogió de hombros.

– Un amigo que me debía un favor -explicó.

Riordan dio unos golpecitos en el suelo con el pie, más y más despacio. Por fin, paró.

– Oye… Un momento. La transferencia. Nosotros no hicimos eso público.

Lassiter cambió de carril.

– Ya estamos llegando -anunció.

Riordan suspiró.

– La verdad es que ya me imaginaba que eras tú el que había mandado la bolsa.

Antes de pararse en la terminal, Lassiter le contó a Riordan su viaje a Nápoles, sin olvidarse del frasco de agua bendita que se le había caído del bolsillo a Della Torre.

– Era exactamente igual que el de Grimaldi -comentó.

– ¿Adonde quieres llegar? -preguntó Riordan. – ¿Me estás intentando decir que esa asociación religiosa, los «umbras», o como se llamen, contrataron a Grimaldi para que matara a tu hermana?

– Y a mi sobrino.

– ¡Venga ya!

– Y a la familia de Jiri Reinen Y puede que a más gente.

– ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué iban a hacer eso? -Riordan miró la hora y suspiró. Después empezó a escarbar en su maletín. -Será mejor que apunte toda esta mierda -dijo.

– No hace falta. Tengo una carpeta preparada para ti. Voy a aparcar y te veo dentro. Te invito a un café.

– Vale. Te espero en el bar.

Quince minutos después, Riordan se sentía mucho mejor; hasta tenía mejor aspecto.

– ¿Dónde crees que está el truco? -preguntó. – ¿Crees que será el zumo de tomate o el vodka?

– Debe de ser el vodka -repuso Lassiter mientras se sentaba. Después le dio un sobre de color ocre a Riordan. Éste cogió sus gafas de leer y se puso a hojear el informe de prensa de Umbra Domini. El sistema de megafonía anunció algo en cuatro idiomas.

– Vale -dijo Riordan. -Gracias por la pista. Ahora, cuando llegue, sólo tengo que ir a ver al jefe y decirle que la culpa es de los católicos. ¿Tienes la menor idea de cómo le puede sentar eso?

– Esto no tiene nada que ver con los católicos -replicó Lassiter. -Tiene que ver con una asociación en concreto, que, por cierto, tiene un colegio en Washington, Saint Bart’s, y una especie de lugar de retiro en Maryland. Tal vez merezca la pena echarles un vistazo.

Riordan frunció el ceño.

– Está bien, veré lo que puedo hacer -aceptó por fin. -Pero tendré que consultarlo con los federales. Desde que Grimaldi secuestró a esa enfermera, tengo todo el día detrás a una niñera del FBI. -Riordan miró a Lassiter con una mirada tan intensa que parecía que había perdido la razón. Después le cogió la mano y se la estrechó con fuerza. -Derek Watson, Joe. Porque lo llamarán Joe, ¿verdad? Estamos haciendo todo lo que podemos. Sólo quiero que sepa eso. ¡Todo lo que podemos! -Riordan le soltó la mano a Lassiter y cerró los ojos. -Derek -repitió. -Tengo que ver a Derek mañana.

– Pues consúltalo con Derek.

– Parece mentira que no tengan nada mejor que hacer.

Lassiter se encogió de hombros.

– No -continuó Riordan. – ¡Lo digo en serio! Parece mentira que los malditos federales no tengan nada mejor que hacer.

– Sí, bueno… -Lassiter bebió un poco de café y cambió de tema. -Quiero preguntante una cosa -dijo.

– ¿El qué? -preguntó Riordan mientras removía el Bloody Mary con un palito de apio.

– Ya te lo he comentado antes. Es sobre la enfermera, Juliette. Sigue pareciéndome raro que tuviera las llaves del coche en el bolsillo cuando se montó en el ascensor con Grimaldi. Es que… No sé. Fue una casualidad tan afortunada para él… ¿Le preguntaste alguna vez por qué llevaba las llaves del coche en el bolsillo?

Riordan meditó un instante.

– No, la verdad es que no. Sé que te dije que lo haría, pero… Estaba bastante mal cuando la encontramos y, además…, como luego pusieron al frente del caso a Derek… La verdad es que no hablé con ella ni cinco minutos. -Se encogió de hombros. -Aunque estoy seguro de que le comenté a Derek lo de las llaves.

– ¿Y?

– La verdad, no me acuerdo. Supongo que no me hizo caso. Creo que dijo que él siempre llevaba las llaves en el bolsillo, que quizás ella tuviera la misma costumbre. Pero no sé si se lo preguntó a ella. -El detective agitó el hielo en el vaso y le pidió al camarero que le sirviera otra copa.

Lassiter frunció el ceño.

– ¿Lo comprobarás? -dijo.

Riordan hizo una anotación en el sobre que le había dado Lassiter: «Juliette. Llaves.»

– ¿Sabes si vivía cerca del hospital? -preguntó Lassiter.

– No -contestó Riordan. -Vivía lejísimos. En Maryland, cerca de Hagerstown.

Sus miradas se encontraron.

– ¿Y conducía desde tan lejos?

– De hecho, recuerdo que me dijo que estaba buscando un apartamento más cerca del hospital porque conducir desde tan lejos era un fastidio. Y tampoco es que lo hubiera hecho tantas veces.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque era nueva. Sólo llevaba un par de semanas trabajando en el hospital.

– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que empezó a trabajar en el hospital después de que ingresaran a Grimaldi?

Riordan se frotó los ojos.

– Sí. La trasladaron desde… no sé dónde. También es mala suerte. Su segunda semana en el trabajo y la cogen de rehén. Todavía está bajo tratamiento psicológico.

– ¿No ha vuelto al trabajo?

Riordan movió la cabeza y bostezó.

– Está demasiado trastornada.

– Jimmy…

Riordan levantó las manos.

– Vale, vale. Ya sé lo que estás pensando -dijo. -Sólo llevaba dos semanas en el hospital, iba por ahí con las llaves en el bolsillo…

– Y además da la extraña casualidad de que vive en un pueblo donde Umbra Domini tiene un centro de retiro.

Riordan asintió con un suspiro.

– Tienes razón. Lo comprobaré, ¿vale? Pero yo que tú no me haría demasiadas ilusiones. -Riordan vació la copa de un trago. -Bueno, ¿y tú qué? ¿Vas a volver a casa por Navidad?

– No.

– ¿Y eso por qué?

Lassiter se encogió de hombros.

– No quiero enternecerte, detective, pero ¿para qué? No queda nadie. No me queda nadie. Toda mi familia está muerta.

– Y, entonces, ¿qué vas a hacer?

– No estoy seguro. Lo más probable es que vuelva a Roma.

– ¿A Roma? ¿Cómo que a Roma? Acabas de decirme que le han volado los sesos a tu compañero. ¿Es que quieres que te maten también a ti?

– Murió de asfixia, y no, no quiero que me maten. Nadie me va a buscar en Roma. Estaré más seguro allí que en ningún otro sitio. Si alguien quiere encontrarme, me buscará en Estados Unidos. Al menos eso es lo que haría yo.

Riordan empezó a decir algo, pero el sistema de megafonía anunció a todo volumen la salida de su vuelo. Era un aeropuerto pequeño y, cuando el anuncio fue traducido al alemán, Lassiter ya había pagado la cuenta y estaba al lado de Riordan en la fila del control de pasaportes.