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– Eso no es lo que me dijo a mí.

La cafetera empezó a sonar, y Kara la retiró del fuego.

– Tonterías -replicó mientras buscaba unas tazas. -Por eso le digo que me preocupa. Usted ha visto su apartamento, ha visto lo rígida que es. Espere un momento. Le voy a enseñar uno de sus dibujos. -Preparó la bandeja en la mesa: dos tazas con muescas, un azucarero de alabastro y una botellita de nata. Después fue a la pared más lejana de la cocina y volvió con un gran boceto a tinta de Picadilly Circus. Lo apoyó en una silla y los dos lo observaron unos instantes. – ¿Ve? -dijo. -Seguro que es el dibujo más estreñido que verá en toda su vida. -Señaló el dibujo. -Así… es Honny.

Era un gran dibujo con una composición brillante, un trazo atractivo y una perspectiva aérea, un poco inclinada, que resultaba intrigante. Pero era obsesivamente meticuloso y detallista.

– Entiendo lo que quiere decir.

Kara removió el café con un dedo y se lo chupó.

– Honor está sumida en lo que los psiquiatras llaman «negación», sólo que no está negando que los asesinatos tuvieran lugar, ni que Tils y Martin estén muertos; está negando que le importe. No le importa y, por lo tanto, el hecho de que estén muertos no tiene importancia. -Bebió un poco de café y suspiró con placer.

El café estaba muy, muy bueno, y Kara Baker era realmente atractiva, pero Lassiter se sentía extrañamente inmune a ese atractivo. Eso le preocupaba, porque estaba delante de una mujer que en condiciones normales hubiera despertado su deseo. Tal y como estaban las cosas, la atracción que sentía era casi intelectual, en vez de física. Y eso lo inquietaba.

– Mmmmm -dijo ella sujetando la taza con las dos manos. Después miró a Lassiter y arqueó las cejas, esperando a que él dijera algo.

– Honor me dijo que echó a Matilda del apartamento -explicó Lassiter. -Me dijo que se habían convertido en extrañas desde que Matilda se quedó embarazada.

– Tonterías -replicó Kara. -A Honor le encantaba la idea del bebé. Se pasaba horas leyendo sobre las últimas técnicas y los índices de éxito de las distintas clínicas. Le preparaba las citas a Tils. Hasta le controlaba la dieta. Honor se encargaba de todo.

Lassiter movió la cabeza.

– No parece que esté hablando de la persona que acabo de conocer.

– Mire, no tiene por qué fiarse de mi palabra. -Se inclinó hacia él. -Tils dejó escrito en su testamento que Honor recibiera la tutela de Martin si le pasaba algo a ella. Y lo de mudarse fue idea de Tils. No veía cómo iba a poder trabajar Honor con un bebé en el piso. Pero estaban buscando una casa de campo para compartir los fines de semana.

De repente, Kara dejó de hablar y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Lo siento -se disculpó. – ¡La echo tanto de menos! Éramos amigas desde niñas y también queríamos compartir la vejez. Ya sabe, comprarnos sombreros extravagantes y viajar al sur de Francia o a la Toscana o…

Kara perdió el control por completo y rompió a llorar. Se tapó la cara con una mano y salió corriendo de la cocina.

– Lo siento. Lo siento. Ahora vuelvo.

Al quedarse solo en la cocina, Lassiter pensó en lo que le había dicho Kara. La conversación se había atascado en la relación entre las hermanas Henderson. Tendría que dirigirla hacia el tema que le interesaba: las posibles razones por las que alguien podría querer matar a su amiga. Y tendría que contarle su propia historia, lo que les había pasado a Kathy y a Brandon; tal vez ella encontrara alguna similitud con el caso de su amiga.

Recogió las tazas de café, las aclaró y las dejó al lado del fregadero. Después se acercó a la nevera para guardar la botellita de nata.

La nevera era inmensa, sobre todo para Inglaterra, donde lo normal eran los electrodomésticos pequeños. Las puertas estaban literalmente cubiertas con dos o tres capas de papeles, Era un auténtico museo de dibujos, fotos, invitaciones, recortes de periódico, postales, notas viejas y arrugadas, trozos de papel con números de teléfono, multas de tráfico, un dibujo de un niño…

La puerta de la nevera se enganchó al intentar abrirla y, de alguna manera, Lassiter tiró uno de los imanes. Unos papeles cayeron al suelo. Los recogió y, mientras intentaba colocarlos, vio la postal.

Se quedó mirándola petrificado. Kathy le había mandado exactamente la misma postal hacía años. Era una foto dentro de otra foto. El fondo mostraba una vista de un pueblo amurallado encaramado en lo alto de una colina rocosa en Italia. La foto que había dentro de la vista panorámica del pueblo mostraba el precioso hotelito que había encargado las postales: la pensión Aquila.

Lassiter todavía recordaba la parte de detrás de la postal que le había mandado Kathy y la mezcla de sensaciones que había sentido al leerla. Al leerla no, al mirarla, porque era un dibujo, una de esas típicas extravagancias de Kathy. Contenía cuatro recuadros que mostraban la misma cara de una mujer. Pero, de izquierda a derecha, el tono de la cara iba cambiando de color, hasta convertirse en un rojo chillón en el recuadro de la derecha. Lassiter entendió perfectamente el mensaje: embarazada. Kathy había firmado el jeroglífico con la vieja A tumbada de la Alianza.

Antes del viaje a Italia, Lassiter había intentado convencerla de que no fuese, de que se olvidara de quedarse embarazada. A esas alturas, ya llevaba tres años intentando ser madre y se había gastado más de sesenta mil dólares en el proceso. Era una obsesión que la estaba agotando, tanto física como emocionalmente. Cada vez parecía más frágil. La idea de que fuera a una remota clínica extranjera lo inquietaba, aunque había hecho indagaciones sobre la clínica y tenía una excelente reputación.

Al recibir la postal le había preocupado que la felicidad de Kathy acabara en una nueva decepción. Ya había ocurrido una vez antes, cuando había perdido el niño a los pocos meses de conseguir quedarse embarazada en una clínica de Carolina del Norte. Aquella vez Kathy se quedó desolada. Lassiter no quería que eso volviera a sucederle.

Cuando Kara Baker volvió a la c0cina se encontró a Lassiter leyendo la postal de su nevera:

Querida K…

Esto es precioso, y muy pacífico. Praderas y praderas de girasoles con las cabezas inclinadas por el peso. Mantén los dedos cruzados.

Un abrazo,

Tils

– ¿Qué…? -empezó a decir Kara Baker, pero, en vez de acabar la frase, se quedó mirándolo con una expresión extraña, como si no pudiera concebir tal falta de educación. Por fin, su boca dibujó una pequeña sonrisa, pero sus ojos lo contemplaron con frialdad. – ¿Sabe? Creo que será mejor que se marche.

– Lo siento -se disculpó él al tiempo que le enseñaba la postal como si estuvieran en una subasta. -Ya lo sé. Estoy leyendo una carta personal. Pero es que… Al guardar la nata en la nevera tiré unos papeles sin querer y al ver esta postal…

Ella se había puesto unos pantalones de chándal y un jersey viejo. Se notaba que había estado llorando mucho. Tenía los ojos rojos y la cara sofocada. Le quitó la postal de la mano a Lassiter, leyó lo que tenía escrito y le dio la vuelta. Se mordió el labio inferior y todo su cuerpo se estremeció en un suspiro.

– Éste es el pueblo donde estaba la clínica. Aquí es donde Tils se quedó embarazada de Martin. Por eso la guardé.

– Montecastello di Peglia.

Ella no pareció oírlo.

– De hecho, fui con ella para acompañarla en los momentos duros. Era precioso. Un pueblecito perfecto en Umbría. -Respiró hondo. -Ella estaba tan… feliz. Compré una botella buenísima de champán, pero, claro, ella no estaba dispuesta a beber ni una gota. Así que cogimos un taxi y derramamos la botella entera en el jardín de la clínica.

– ¿Qué le ha contado Roy de mí? -preguntó Lassiter.

Ella lo miró fijamente.

– ¿Roy? -Y entonces se acordó. -Ah sí, su compañero.