La carretera ascendía rodeando la montaña, primero con suavidad y después con mucha inclinación, hacia las puertas del pueblo amurallado que se erguía en la cima. Redujo de tercera a segunda y de segunda a primera sin apartar los ojos del indicador de la temperatura del coche, que iba subiendo lentamente. Después de diez largos minutos alcanzó un falso plano justo delante de las murallas del pueblo. Los coches que se disponían a empezar la bajada pisaban los frenos para asegurarse de su buen funcionamiento.
El falso plano era una especie de antesala de acceso al pueblo. Había un par de casas al borde de un pequeño parque, un lugar lleno de pinos donde unas mujeres observaban a sus hijos sentadas en el banco que había junto a una bella fuente. El resto de la explanada estaba reservado al estacionamiento de coches. Lassiter vio que había cinco plazas para la pensión Aquila. Aparcó en una de ellas, apagó el motor y se bajó del coche. En el poste oxidado de una farola vio una caja roja con la palabra mapa escrita a mano con grandes letras blancas. Abrió la tapa y sacó una tarjeta.
En un lado de la tarjeta había un mapa que indicaba cómo llegar a la pensión. El otro lado tenía dos dibujos separados por una raya vertical. El primero mostraba a un botones, con pantalones a rayas, una enorme sonrisa y una gorra con la palabra Aquila, que abandonaba el aparcamiento con dos maletas en cada mano y una quinta debajo del brazo izquierdo. El segundo dibujo mostraba al botones en el vestíbulo de la pensión, haciéndole una reverencia a una elegante señora; a su lado, las maletas esperaban colocadas cuidadosamente en fila. Era una manera muy eficaz de transmitir el mensaje, pero Lassiter no necesitaba que lo ayudaran con el equipaje.
Con el mapa en la mano, se acercó al borde del aparcamiento y se asomó al precipicio. Debajo se veía la oscura espiral del río atravesando el valle y, a lo lejos, las luces de Todi. Oyó gritos de niños y, al fijarse mejor, descubrió el pequeño campo de fútbol que había justo debajo de donde estaba él. Una docena de niños jugaba un partido en el ocaso.
El campo de fútbol estaba en el borde de la montaña. Mientras que un lado daba al aparcamiento, el otro acababa bruscamente en un terraplén. Todo el campo estaba rodeado por una red negra sujeta con postes metálicos; una precaución más que necesaria para que los balones no cayeran por el precipicio.
En circunstancias normales, Lassiter se habría quedado mirando unos minutos, pero se estaba haciendo de noche y pensó que sería mejor ir directamente a la pensión ahora que todavía podía ver por dónde andaba.
Obviamente, los coches tenían prohibido el acceso al pueblo. Al atravesar el arco de entrada comprendió la razón: no cabían. Atravesó las murallas por un estrecho túnel de piedra que acababa al pie de la via Maggiore, una hilera de escalones de piedra que subía a una calle tan angosta que se podían tocar las casas de ambos lados al mismo tiempo. Más adelante, el callejón pasaba por el piso bajo de un edificio de piedra gris y desembocaba en una plaza diminuta.
Era todo cuesta arriba. Cuando por fin vio el cartel ovalado con brillantes letras blancas que había junto a una inmensa puerta de madera, Lassiter ya estaba prácticamente sin respiración. El cartel decía:
Pensione Aquila
Fue una grata sorpresa. Las pensiones suelen ser alojamientos modestos, pero la Aquila estaba en un edificio elegante, sin duda un antiguo palacete.
El cartel que colgaba de la vieja puerta de madera invitaba a los viandantes a pasar sin llamar. Y eso hizo Lassiter. Al otro lado de la puerta encontró un vestíbulo de entrada con el suelo de mármol, tapices colgando de las paredes, un gran piano negro y un par de antiquísimas alfombras orientales. Había un hombre de unos cincuenta años sentado detrás de un inmenso escritorio de madera que sólo tenía encima un soporte para postales y un gran libro encuadernado en cuero. El hombre, que llevaba puesta una americana de color azul marino con un escudo de hilo dorado, tenía el pelo canoso y rizado. De alguna forma, resultaba casi teatralmente apuesto.
– Prego? -dijo el hombre.
Lassiter se acercó al escritorio sujetándose el costado para aliviar el dolor.
– Joe Lassiter -contestó. Estaba buscando la palabra italiana adecuada para «reserva», cuando el hombre lo sorprendió hablando en su idioma.
– Ah, sí. Claro. Bien venido -dijo con un perfecto acento inglés. – ¿Tiene más equipaje? Puedo mandar a Tonio al coche a recogerlo.
– Habla inglés -exclamó Lassiter maravillado.
– Bueno… Sí -repuso el hombre. -De hecho, soy inglés.
– Lo siento, pero es que me ha sorprendido.
– Ya. No se preocupe. Es normal. No se oye mucho inglés en Montecastello, aunque… en verano… nos llegan algunos turistas rebotados de «Chiantilandia».
Lassiter sonrió.
– ¿ La Toscana?
– Así es. Allí todo el mundo habla inglés, al menos en agosto. -Sonrió. -Aquí, en cambio, no se ven demasiados turistas extranjeros; desde luego no en enero. -Vaciló un momento. Una pausa gentil destinada a darle la oportunidad a Lassiter de explicar a qué había ido a Montecastello en esa época tan rara del año. Lassiter le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada. -Bueno, si es tan amable de firmar el libro de registro, y de dejarme su pasaporte un par de horas…, le enseñaré su habitación -indicó el hombre. Después abrió el gran libro encuadernado en cuero y le ofreció un bolígrafo a Lassiter.
Desde luego, era una suerte que el hombre hablara inglés. Incluso era posible que pudiera decirle algo sobre la clínica Baresi. Pero, antes que nada, Lassiter quería ducharse. Además, necesitaba un rato para asimilar lo que había pasado en las últimas horas.
Siguió al hombre, que insistió en llevarle la maleta, por un ancho pasillo. Las paredes estaban adornadas con candelabros de hierro con forma de águila. Unas gruesas velas blancas descansaban sobre las zarpas de los animales.
La habitación era grande, tenía techos altos y estaba llena de bellas antigüedades. El hombre señaló hacia una preciosa alacena de madera.
– La tele está ahí dentro -dijo. Por muy vieja que fuera la habitación, tenía radiadores nuevos y un moderno cuarto de baño de mármol. Hasta tenía un toallero con calefacción y un albornoz blanco colgando del gancho que había detrás de la puerta.
– ¿Le sorprende? -preguntó el hombre.
– Muy gratamente -contestó Lassiter.
El hombre inclinó la cabeza antes de abrir unas contraventanas que daban a un pequeño balcón. Los dos se asomaron. Fuera ya estaba oscuro, excepto por una breve mancha violeta que teñía el horizonte.
– En las noches claras como ésta se puede ver Perugia -explicó el inglés. Después señaló hacia una sombra diáfana en la distancia. -Ahí.
Volvieron a entrar en la habitación, y el inglés se dirigió hacia la puerta. Antes de salir se volvió un momento hacia Lassiter.
– Si necesita mandar un fax o hacer unas fotocopias, tenemos todo lo necesario. Y, si lo que lleva en esa bolsa negra es un ordenador, encontrará un enchufe que evita cualquier alternancia de tensión eléctrica al lado del escritorio. Además… -Vaciló un instante. – ¿Va a cenar en la pensión? Sinceramente, a no ser que quiera conducir hasta Todi o hasta Perugia, no encontrará un restaurante mejor. La cena se sirve a las ocho.
– Bien, a las ocho.
Al acabar su plato de gnocchi, Lassiter ya sabía bastantes cosas sobre el apuesto hombre que lo había recibido, Nigel Burlingame, y sobre su compañero, Hugh Cockayne. Hugo tenía aproximadamente la misma edad que Nigel y era tan insignificante físicamente como apuesto era su compañero. Alto y larguirucho, tenía una nariz y unas orejas inmensas. Además, se le estaba cayendo el pelo.