Como Lassiter no tardó en saber, eran dos homosexuales de Oxford que habían ido a Italia en los años sesenta con la idea de pintar.
– Por supuesto -dijo Hugh, -lo hacíamos fatal. ¿Verdad, Nige?
– Espantosamente mal.
– Pero nos encontramos el uno al otro.
Vivieron una temporada en Roma y, cuando murió el padre de Nigel, se compraron un viñedo en la Toscana.
– Suena maravilloso -comentó Lassiter.
– Pues fue todavía peor que lo de pintar -replicó Nigel.
– Todo el día cubiertos de polvo -añadió Hugh.
– Y de sudor.
– ¿Te acuerdas de las moscas enanas?
Nigel se rió.
– ¡Tenían unos dientes que parecían agujas!
– ¡Y las viperi!
– ¿Había muchas víboras? -preguntó Lassiter.
– Sí que las había -aseguró Hugh. -Y eran mortales. Todo el mundo guardaba un frasco de antídoto en la nevera. Y lo peor de todo es que uno no se las encontraba sólo en el suelo. Se escondían en las parras. Los recolectores se morían de miedo. ¿Verdad, Nige?
– Así es.
– Me acuerdo de una vez que estábamos enseñándoles los viñedos a un grupo de turistas. «Y éstas son nuestras uvas sangiovese. Las parras proceden de bla, bla, bla.» Y cogí un racimo y ¡Dios santo! Ahí estaba yo, mirando directamente a la cara a una víbora. -Hugh se volvió hacia su mitad más apuesta. – ¿Tienen cara las serpientes?
En un momento, se sumieron en una discusión sobre la definición de una cara. Al final, Hugh suspiró y dijo:
– Bueno, en cualquier caso, así era la vida en la Toscana.
– No teníamos más que problemas con los trabajadores -acotó Nigel. -Ya se lo puede imaginar. Y cada vez se establecían más ingleses en la zona, así que nos deshicimos del viñedo.
– Aunque, sobre todo, lo hicimos porque era demasiado trabajo. -Hugh frunció el ceño y miró a su compañero. -La verdad es que no somos grandes trabajadores, ¿verdad Nige?
La conversación continuó por esos derroteros. Hugh recogía los platos de vez en cuando y Nigel servía la comida. Después de los gnocchi, le llevó unas chuletitas de cordero a la plancha que, a su vez, dieron paso a una ensalada verde, a una macedonia de frutas y, finalmente, a un digestivo.
Lassiter los escuchó sin hablar de sí mismo. No quería arruinar el espíritu jovial de la cena contando su triste historia, pero, al final, ante las miradas expectantes de Nigel y Hugh, no tuvo más remedio que decir algo.
– ¿Os estaréis preguntando qué hago yo aquí?
Nigel miró a Hugh.
– Bueno, somos discretos por profesión, pero… la verdad es que sí. Nos morimos de ganas de saberlo.
Lassiter bebió un poco de su Fernet Branca.
– Si lo que pretendes es invertir en propiedades inmobiliarias -dijo Nigel, -yo diría que éste es un buen sitio.
Lassiter movió la cabeza.
– De hecho -replicó, -esperaba poder visitar la clínica Baresi.
Nigel hizo una mueca.
– Me temo que has llegado tarde.
– Ya lo sé -dijo Lassiter. -He pasado por la clínica antes de venir al hotel. -Hizo una pausa. – ¿Cuándo se quemó?
– ¿Cuándo fue, Hugh? ¿En agosto? ¿A finales de julio? Desde luego, fue en plena temporada alta.
– ¿Cómo ocurrió? -preguntó Lassiter, aunque ya sabía la respuesta.
– Fue provocado. ¿Verdad, Hugh?
– Sí -confirmó Hugh. -Era una auténtica joya. La parte original databa del siglo dieciséis. Creo que, originalmente, era un monasterio.
– ¡Hay que ver! Sobrevivir tantos siglos para después arder en un momento hasta los cimientos -comentó Nigel chasqueando los dedos.
– Fue un trabajo de profesionales -explicó Hugh. – ¡No quedaron más que las piedras! Bueno, ya lo has visto. Desapareció hasta la argamasa. El fuego alcanzó tal temperatura que muchas piedras llegaron a partirse. Los bomberos ni siquiera pudieron acercarse.
– ¿Había alguien dentro?
– No. Ése es el lado bueno, si se puede decir que hubo algo bueno. La clínica ya había cerrado -dijo Hugh al tiempo que encendía un cigarrillo con la llama de la vela.
– ¿Es que no iba bien?
– Baresi, el médico que dirigía la clínica, estaba bastante enfermo. Cuando ya no pudo aguantar más, echaron el cierre. Eso fue unos meses antes del incendio.
– ¿Sería posible hablar con el doctor Baresi? -preguntó Lassiter. p Nigel y Hugh movieron la cabeza a la vez.
– Demasiado tarde -contestó Nigel.
– Murió hace un par de meses -explicó Hugh.
– De cáncer de pulmón -matizó Nigel. Después apartó el humo del cigarrillo de Hugh con una mano perfectamente manicurada. -Lo de la clínica nos vino muy mal. Aunque, ahora que Todi se está poniendo tan de moda, supongo que el negocio volverá a levantarse.
– ¿Y eso por qué? -inquirió Lassiter.
– Bueno, la clínica no tenía sitio para alojar a sus clientes -repuso Nigel. -Así que las mujeres que iban a ver al doctor Baresi se hospedaban aquí.
La sorpresa de Lassiter era patente.
– No es que fuera exactamente una coincidencia -dijo Hugh con una risita. -Después de todo, somos el único alojamiento que hay en el pueblo.
– Teníamos un acuerdo con la clínica -apuntó Nigel.
– Les hacíamos una tarifa especial a las pacientes del doctor Baresi -añadió Hugh. -Y además nos encargábamos de recogerlas en el aeropuerto, del transporte hasta aquí… De todas esas cosas.
– Al fin y al cabo, no estaban enfermas -comentó Nigel. -No necesitaban cuidados médicos especiales. Eran mujeres perfectamente sanas.
– ¿Así que conocíais bien al doctor Baresi? -preguntó Lassiter.
Nigel y Hugh se miraron.
– Nos conocíamos, pero tampoco se puede decir que fuéramos amigos -respondió Nigel.
Hugh se reclinó en su silla.
– Lo que está intentando decir Nigel -intervino -es que el gran doctor no aprobaba la homosexualidad.
– Pero sus pacientes se quedaban en vuestra pensión.
– Sí, claro, pero es que en Montecastello no hay otro sitio donde quedarse. Supongo que podría haberlas alojado en Todi, pero realmente nuestra pensión resultaba mucho más práctica. Además, a él casi nunca lo veíamos.
Hugh empezó a recoger las cosas en una bandeja, equilibrándola con una mano mientras cogía cada plato y cada cubierto con unos movimientos exageradamente operísticos. Vaciló un momento, con la bandeja en el aire.
– De hecho, después de todo, no me extrañaría que el famoso dottore fuera uno de los nuestros -comentó con una sonrisa picara al tiempo que le daba énfasis a sus palabras bajando la barbilla en un rápido movimiento, primero hacia un lado y después hacia el otro. -Nunca se casó. Nunca se lo vio con ninguna mujer. Vestía de ensueño. Tenía mucho gusto para las antigüedades y un perro pequeñísimo. Y, además, hacía todo lo posible por mantenerse alejado de nosotros. Todo encaja. Esos hombres son siempre los más groseros.
– ¿Qué hombres?
– Los gays de tapadillo -comentó Hugh. Giró sobre los talones y se marchó a la cocina.
Nigel lo observó marcharse y se volvió hacia Lassiter.
– Siento que hayas venido hasta aquí para nada -dijo. -Tiene que ser una gran decepción. Habrás venido para… -Dudó un momento y cambió de opinión. -Supongo que no es asunto mío.
– ¿El qué?
– Bueno, es que… Habrás venido por tu mujer, ¿no? Para ver la clínica primero. Supongo que desearéis tener un hijo. -Se cubrió los ojos con una mano. -Perdóname. Soy un cotilla incorregible. Qué falta de modales la mía.
– No -repuso Lassiter. -No he venido por eso. No estoy casado.
Nigel suspiró con alivio.
– Me alegro. Al menos así no te llevarás una decepción.