La ceremonia de los Osear siempre resultaba tediosa e interminable, pero Gillian había insistido en verla y Lassiter había tenido que soportar una noche llena de chistes malos, numeritos aburridos y extravagantes espectáculos musicales. Y, para colmo, Gillian se había resistido a sus esfuerzos por seducirla. No se había movido del sofá más que para aplaudir. Cuando, por fin, anunciaron el Oscar a la mejor actriz, la cámara siguió a la ganadora hasta el estrado y después enfocó a Calista Bates sentada en su butaca. Gillian no comprendía cómo no le habían dado el Osear a Calista y se puso a aplaudir cuando la actriz se sacó la armónica del bolsillo y tocó una melodía mientras la cámara la enfocaba. La verdad es que todo el mundo aplaudió el gesto; incluso Lassiter. Con su mirada intensa y traviesa, Calista parecía estar recordándole al mundo que «Penny» sabía perfectamente qué hacer cuando la desposeían de algo que le pertenecía con toda justicia.
Lassiter casi no se acordaba del año 1986. Era el año en que había abierto la empresa. Se pasaba el día contratando a gente y aumentando el espacio de la oficina. Se acordaba de que trabajaba dieciséis horas al día y se acordaba de Gillian, pero el resto del año parecía haberse disuelto en su memoria.
Buck llamó a una pizzería de los alrededores que decía tener un horno de leña y pidió una pizza grande para cenar.
– Dígale al repartidor que llame por teléfono desde recepción. Ya bajaré yo a recogerla.
Después Buck llamó a Pico y a Chaz: el resto del «equipo». Estaban echándole un vistazo a la casa de Lassiter. Tras un breve intercambio de palabras, Buck soltó una carcajada sorprendentemente aguda.
– No -dijo. -No. Bueno, te llamo mañana por la mañana. -Colgó el teléfono y se volvió hacia Lassiter.
– ¿Vive en el campo?
Lassiter movió la cabeza.
– Yo no llamaría campo a McLean.
– Es que Pico ha visto un ciervo. Por lo visto, le ha dado un susto de muerte. -Se rió. – ¿Sabe lo que me ha preguntado?
Lassiter movió la cabeza.
– Me ha preguntado si mordían.
Vieron la película A toda prisa mientras cenaban. La cerveza estaba fría y la pizza era bastante mejor de lo que Lassiter se esperaba.
Además, la película era graciosa. De hecho, era muy graciosa, aunque también era muy arriesgada. Con un director menos hábil y otro reparto de actores, sin duda habría sido un desastre.
Sobre todo, era Calista la que mantenía la cohesión de Ja película. Realmente era una actriz cómica con un sentido genial de la oportunidad. Y, además, sabía sacarle todo su jugo a un papel que se burlaba de los clichés. En vez de una rubia tonta, Calista era una rubia maquiavélica que sabía cuándo le convenía hacerse la tonta.
Buck se sabía la película de memoria y, cada vez que iba a ocurrir algo especial, avisaba a Lassiter dándole pequeños codazos.
– Aquí es cuando van a las torres gemelas. ¡Mire a la niña del fondo! -Y se tronchaba de risa.
Hacia la mitad de la película, Buck le dio un golpecito en el brazo para avisarle que llegaba uno de esos momentos.
– Mire, mire. No se puede perder esto.
Calista estaba en un entierro, vestida con un traje oscuro y un pequeño sombrero del que caía un velo de encaje negro. Su cómplice estaba tumbado en el ataúd, rodeado de coronas de flores, haciéndose el muerto. Calista se acercó lentamente al ataúd, se arrodilló a su lado y comenzó a rezar. O, al menos, eso es lo que parecía. Cuando la cámara se acercó a ella, se vio que, de hecho, estaba discutiendo con el cadáver.
«Dame la llave», exigía ella.
«¡No puedo! Me verían moverme.
«Pues dime en qué bolsillo está. La cogeré yo misma.
«Sí, claro. Para que me dejes aquí tirado. No pienso hacerlo.»
Calista empezó a registrar los bolsillos del muerto ante la sorpresa general de los asistentes.
«Walter, te lo juro: como no me des la llave te mato.»
«No puedes matarme -dijo el cadáver incorporándose sobre un codo. -Ya estoy muerto.»
Entonces, uno de los asistentes al entierro se desmayó, Calista cogió la llave y…
– ¡Un momento! -exclamó Lassiter. Cogió el mando a distancia, paró el vídeo y lo rebobinó.
– Pero, ¡hombre! -se quejó Buck. – ¿Qué hace? Si ahora viene lo más divertido.
Lassiter levantó un brazo pidiendo silencio. Al recordar que el interés de Lassiter por Calista Bates era de índole profesional, Buck obedeció.
– Voy al baño -dijo con expresión dolorida. -Después saldré un momento a buscar hielo.
Lassiter asintió distraídamente mientras rebobinaba la película hasta la escena en la que la cámara se acercaba al rostro de Calista, oculto tras el velo. Apretó la tecla de pausa, y el primer plano tembló en la pantalla.
No había ninguna duda: esa mujer había estado en el funeral de Kathy.
Calista Bates.
Mientras contemplaba la imagen temblorosa en la televisión, Lassiter recordó el funeral como si se tratara de una película.
La madera pulida de los ataúdes de Kathy y de Brandon descansando en la profundidad de los hoyos rectangulares. Varias rosas blancas depositadas cuidadosamente sobre los ataúdes. La última rosa, que cae a cámara lenta y rebota suavemente sobre uno de los ataúdes.
Un hombre, el propio Lassiter, espera de pie a que los asistentes le den el pésame. La primera en acercarse es una desconocida, una mujer rubia muy atractiva vestida de negro que lleva un sombrero del que cae un fino velo.
Lassiter despertó de su ensueño y miró la imagen en la televisión. Luego cerró los ojos para intentar capturar el recuerdo.
El hombre de la película no sabe por qué, pero hay algo que le resulta familiar en la mujer que le está dando el pésame. Quizá sea una de las vecinas de Kathy, o la madre de alguno de los compañeros de colegio de Brandon. El niño que tiene cogida la mano de la mujer es más o menos de la misma edad que Brandon. Tiene el pelo oscuro y rizado y la tez mediterránea. Lassiter se inclina hacia la mujer y le pregunta: «¿La conozco?» Ella mueve la cabeza, y dice: «Conocí a su hermana… en Europa…»
Lassiter tocó sin querer la tecla de pausa, y la cinta de vídeo volvió a ponerse en marcha. Calista se metió la llave en el bolsillo, se abrió camino entre los asistentes y…
El sonido estaba altísimo. Lassiter tenía la sensación de que alguien había subido el volumen dentro de su cabeza. Apagó el televisor e intentó pensar. Estaba seguro de que la mujer se había presentado durante el funeral, pero no conseguía recordar el nombre. No conseguía recordarlo ni aunque su vida dependiera de ello.
Se levantó, cogió una cerveza y volvió a sentarse en el sillón. Calista Bates, o Marie A. Williams, o como quiera que se llamara, estaba viva en noviembre. Y su hijo también. Pero ¿seguirían vivos? Y, de ser así, ¿dónde estarían?
Buck entró en la habitación con un cubo lleno de hielo.
– Gracias por esperar -dijo señalando hacia la pantalla oscura del televisor.
Se acabaron la pizza y la mayoría de las cervezas mientras veían el resto de la película. Al principio, Lassiter se concentró en los rasgos de Calista, intentando recordar su nombre, pero al final acabó olvidándose de todo y se metió de lleno en la película, riéndose y esperando cada nuevo codazo de Buck.
Cuando acabó la película, Lassiter se duchó mientras Buck hacía unas llamadas telefónicas. Después vieron las noticias y unos minutos de un partido de baloncesto; los Knicks de Nueva York le estaban dando una soberana paliza a los Bullets de Washington. Finalmente Buck se levantó.
– Bueno -dijo. -Me voy a dormir. Pero estaré aquí al lado, así que…, si necesita algo…, ya sabe.
Woody solía usar la misma expresión. Al pensar en Woody, Lassiter se acordó de algo, o casi se acordó de algo. Fuera lo que fuese, no lograba acordarse del todo. Y había algo más, algo relacionado con Marie A. Williams. Y, entonces, por fin cayó en ello.