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El trabajo de Baresi.

La tesis doctoral de Baresi giraba en torno a la influencia de eventos externos en la doctrina de la Iglesia. Baresi señalaba que la insistencia doctrinal sobre la naturaleza humana y carnal de Cristo no procedía directamente de los evangelios, sino que se había originado por oposición a un sector del cristianismo temprano que mantenía que Cristo era enteramente divino. En los evangelios había escasas referencias al nacimiento de Cristo, prácticamente no se mencionaba a la Virgen María y se hacía poco énfasis en el sufrimiento de Cristo en el Calvario. La insistencia doctrinal en que Cristo nació como un hombre, murió como un hombre y sufrió como un hombre también se podía observar en la evolución del arte religioso. Realmente no existía tal cosa como un arte cristiano temprano, puesto que los primeros cristianos pertenecían a la tradición semítica, que prohibía las imágenes. Pero, en cuanto esta tendencia desapareció, las interpretaciones de la imagen de Cristo evolucionaron rápidamente desde los jóvenes «solares», imágenes de un Cristo luminoso, feliz y rodeado de resplandor del siglo iv, hasta las imágenes del Cristo sufriente, clavado en la cruz y sangrando por sus heridas, del siglo VII.

Según Deva, aunque este trabajo podía situarse dentro de la tradición de los estudios bíblicos, a partir de ahí el pensamiento de Baresi daba un giro radical.

Reliquia, tótem y divinidad.

En su único libro, Baresi analizaba la evolución del culto cristiano a los mártires y los santos, del que se derivó directamente la creencia popular en el poder de las reliquias, y cómo este fenómeno tenía sus raíces casi con toda seguridad en antiguas creencias totémicas y animistas.

Los tótems y los fetiches se diferencian de las reliquias en que los primeros son simbólicos, mientras que las reliquias son los restos materiales de personas sagradas u objetos santificados gracias al contacto con el «cuerpo de Cristo».

Los tótems y los fetiches suelen estar relacionados con animales y su misión es honrar la fuerza del animal y transferirla a la tribu o al individuo. En opinión de Baresi, las antiguas pinturas rupestres eran totémicas, pues honraban a los animales y de alguna manera capturaban su fuerza.

Baresi relacionaba las creencias totémicas y la fe en las reliquias con ritos muy primitivos, como, por ejemplo, la ingestión de la sangre de un león como método para absorber la fuerza del animal. El ritual caníbal también consistía en tragar la sangre y los órganos del enemigo derrotado para absorber su fuerza y conquistar su espíritu. Baresi indagaba sobre el poder totémico de los objetos rituales de muchas religiones y analizaba la transferencia de ese poder en algunas culturas desde los objetos hasta los conceptos abstractos: palabras, conjuros y, sobre todo, letras y números en el judaísmo y el islam.

La segunda parte del libro de Baresi se concentraba en el papel de las reliquias dentro del cristianismo. La creencia en el poder mágico de las reliquias cristianas para exorcizar demonios y curar enfermedades ya estaba profundamente arraigada en el siglo iv. Y no era de extrañar que la popularidad de las reliquias creciera con el paso de los siglos, pues se trataba de una representación de poder fácilmente asimilable por el vulgo. En el siglo ix ya existía una red especializada de comercio, con base en Roma, que vendía reliquias sagradas por toda Europa. En la Edad Media casi todas las iglesias, por pequeñas que fueran, custodiaban en elaborados relicarios un fragmento de hueso, una uña o un diente de algún santo o mártir. La búsqueda de reliquias estaba tan extendida y la fe en sus poderes era tan fuerte que surgieron buscadores que acechaban a posibles santos y mártires, sobre todo si estaban enfermos, y que hervían sus cuerpos al morir para llevarse todos los huesos.

Las reliquias más poderosas eran las relacionadas con la Virgen María y con Jesucristo. El prepucio de Cristo estaba repartido entre los lujosos relicarios de media docena de iglesias. Y lo mismo ocurría con su pelo, su cordón umbilical, sus dientes de leche, sus uñas y hasta su sangre y sus lágrimas. El cabello de la Virgen María se podía encontrar en multitud de iglesias, al igual que frascos con la leche de su pecho; hasta había piedras blanqueadas por el contacto con la leche virginal. En cuanto a las reliquias de la pasión, había innumerables clavos, espinas de la corona de Cristo, incluso la corona entera, tres lanzas distintas con las que Cristo había sido herido en el costado y varios trozos de tela impregnados con su sudor, además del famoso sudario de Turín. Había fragmentos de la lápida de mármol de la tumba de Cristo, telas, sandalias y cualquier objeto imaginable que pudiera haber estado enterrado con él. Eso sí, no había ni huesos ni dientes, pues todo su cuerpo había ascendido a los cielos.

Baresi mencionaba algunos de los milagros atribuidos a varias reliquias. Aunque existían claros ejemplos fraudulentos -como demostraba el hecho de que hubiera suficientes fragmentos de madera de la cruz como para construir, no una, sino multitud de casas, -la creencia en el poder de las reliquias era tan primitiva y básica que la idea de que no existieran reliquias verdaderas de Cristo era un desafío al sentido común. Baresi argumentaba que, si la gente moderna era capaz de creer en algo tan inmaterial como que una aparición de la Virgen podía dar a conocer el emplazamiento de una fuente de aguas milagrosas, entonces resultaba absurdo pensar que ninguno de los numerosos seguidores de Cristo hubiera preservado reliquias auténticas de alguien que, después de todo, era un dios viviente.

Para finalizar, Baresi argumentaba que el ritual de la eucaristía, donde el vino y la hostia se transforman en la sangre y el cuerpo de Cristo, era una práctica basada en las primitivas creencias animistas del poder de las reliquias. La transubstanciación no era más que una transformación espiritual de la reliquia simbólica, el vino, en la reliquia auténtica, la sangre.

(Nota: He obtenido la mayoría de la información de una tesis doctoral, escrita en 1989, por una estudiante de la Universidad de Georgetown. Se llama Marcia A. Ingersoll. Si desea más información, tengo su dirección. Deva.)

CAPÍTULO 33

Durante la semana siguiente, Lassiter apenas progresó nada.

El investigador que habían contratado en Maine informó que no había nacido nadie con el nombre de Marie A. Williams en ese estado el 8 de marzo de 1962.

– Puede que se cambiara el nombre -sugirió el investigador por teléfono. -De ser así, no podemos hacer nada. Los cambios de nombre no aparecen en el registro, y no puedo buscar a todas las niñas nacidas en Maine el 8 de marzo del 62. Lo que sí he hecho es buscar a Mary Williams, por si el nombre propio estaba mal escrito.

– ¿Y qué ha encontrado?

– Aparecieron diecisiete desde 1950, y cuatro de ellas tienen un segundo nombre que empieza por A. Pero no se emocione demasiado: ninguna de ellas es la que buscamos. Los cumpleaños no coinciden. La edad no coincide. No coincide nada.

No había nada más que hablar. En cuanto a Gus Woodburn y Gary Stoykavich, no había nuevas noticias. La única información nueva le había llegado de manos de un joven empleado del departamento de investigación: una caja llena de información sobre Calista Bates, que incluía una selección del material recibido de la agencia Katz y Djamma. Era una recopilación caótica de artículos de Internet, recortes de revistas y periódicos, vídeos, fotos y guiones. Además, incluía el testimonio de Calista en el juicio contra su agresor y las entrevistas que había concedido a las revistas Rolling Stone y Premiere y a un programa de televisión.

El empleado de Lassiter se disculpó.

– Hemos intentado organizado de varias maneras, pero como no sabemos lo que está buscando exactamente… -Se encogió de hombros y añadió: -Al final lo hemos puesto todo por orden cronológico.