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II

Las nubes oscuras se alejaban del océano. En las aguas de la bahía se formaron cabrillas. Anna se abrochó la chaqueta mientras salía del edificio principal y echó a andar en dirección a la playa. En lo que allí cubría el suelo —parecía un musgo amarillo— habían brotado tallos de esporas en los últimos días. Eran altos y plumosos y se inclinaban bajo el viento. Comienzos del otoño. Las corrientes oceánicas empezarían a cambiar, convirtiendo las aguas frías que rodeaban el polo en su particular área de estudio. Ellos se reunirían en bahías como ésta, haciéndose señales unos a otros con elaborados despliegues de luz; luego intercambiarían material genético (cuidadosa, muy cuidadosamente, los zarcillos de apareamiento extendiéndose entre los diversos zarcillos urticantes), y luego se reproducirían. Después de eso, si estaban de humor, unos cuantos se dedicarían a rondar y a conversar con los humanos.

Trepó al muelle, que se extendía, largo y articulado, por la bahía.

Éste era su momento preferido del día. Moverse entre los estrechos segmentos constituía una especie de microviaje. Como en todos los viajes, se sintió (un rato) ajena a su vida. No era la persona que había salido de la estación de investigación, ni la que llegaría a la barca de investigación; podía considerar el pasado y el futuro con el mismo espíritu.

En general, reparaba en el presente. El muelle se elevaba y se hundía, respondiendo a su peso y al movimiento del agua. El viento resultaba frío y limpio.

En la Tierra, un día como aquél hubiese estado lleno de gaviotas y de su estrépito; pero en este planeta no había pájaros, y en cuanto a los insectos nativos, el clima los había obligado a ocultarse. Anna escuchó y sólo oyó el agua y el viento y el crujido metálico que los segmentos del muelle producían al rozar unos con otros.

La barca se encontraba en el extremo opuesto del muelle. Más allá de éste, anclada en medio de la bahía, había una masa flotante de comunicación: medía diez metros de largo, era blanca y se llamaba (como era de prever) Moby Dick.

Trepó a la barca y se agachó para entrar en la cabina. Allí estaba Yoshi, bebiendo té y observando las pantallas. La miró.

—Red-rojo-azul llegó anoche, haciendo golpear los flagelos y con buen tiempo.

—Con tres semanas de anticipación —dijo ella.

Yoshi asintió.

—¿La rutina habitual?

Él volvió a asentir, lo que significaba que la criatura había emitido una serie de luces que significaba «saludos… bienvenida… no agresión».

—Respondí. Todas las luces de Moby funcionan a la perfección. Red trazó un círculo un par de veces, luego hizo la señal de reconocimiento y se alejó —golpeó ligeramente una pantalla con un punto brillante—. Ese es Red. Está cerca de la entrada y no se mueve. Espera a alguien que resulte sexualmente más interesante que Moby.

Después de cinco años, los alienígenas —sus alienígenas— conocían a Moby y sabían que no intercambiaba material genético. Hasta que hubieran terminado de aparearse, no estarían interesados en la masa flotante.

Anna se asomó a la ventana y observó la bahía gris verdosa. Había gotas de agua en el plexiglás: rocío o las primeras gotas de lluvia. La sub-base hwar estaba allí fuera, en una isla cercana a la costa que apenas habría resultado visible en un día claro, lo bastante cerca para que los hwarhath pudieran viajar al recinto de los diplomáticos, pero lo suficientemente lejos para estar razonablemente seguros de tener intimidad.

—Llegarán volando y saldrán a diario —comentó—. Justo por encima de la bahía. Espero que eso no resulte un problema.

—No creo que Red y sus compañeros tengan en mente otra cosa que no sea sexo y miedo, si es que tienen mente. —Se levantó y cerró el termo—. Diviértete, Anna.

Ella se preparó para pasar sus ocho horas, abrió el termo y se sirvió café humeante en una taza. En cuanto Yoshi se fue conectó el sistema de audio.

A Yoshi le resultaban ligeramente irritantes los sonidos producidos por los animales de la bahía. Pero a ella le gustaban: los gemidos y silbidos de los distintos tipos de peces y los estallidos que surgían (casi con certeza) de criaturas semejantes a trilobites que vivían en el lodo del fondo.

¡Ah! Hoy estaba ahí el pez silbador. Se bebió el café y escuchó, vigilando las pantallas de vez en cuando.

A las diez oyó el sonido de un motor, se levantó y salió a cubierta. Allí estaba, el avión hwarhath. Venía del este. Un ala en forma de abanico; la vio cuando pasó por encima. De aspecto completamente corriente, tal vez un poco achaparrada, despuntada y poco elegante, como las naves de los alienígenas. Aunque tal vez era una interpretación suya; vemos lo que esperamos ver. La lluvia caía sin cesar. Un día espantoso para el primer encuentro entre los humanos y la única especie que también viajaba entre las estrellas.

Entró y encendió su equipo de comunicación. Allí, según lo prometido, estaba la pista de aterrizaje, una amplia franja de hormigón sobre la que golpeaba la lluvia. Una docena de figuras se encontraban de pie en la pista, entre los charcos: los diplomáticos humanos. Todos eran civiles, iban vestidos con largos y oscuros abrigos y llevaban paraguas; todos eran hombres. Los alienígenas habían insistido: no negociarían con mujeres, lo cual no decía mucho en favor de su apertura de miras. Pero tal vez había una explicación que justificaba aquella intolerancia; siempre era aconsejable no precipitarse en el juicio cuando se trataba con una cultura realmente extraña.

Los militares humanos estaban fuera de cámara, y todos los demás se encontraban en la estación. La pista estuvo fuera de plano hasta que la bienvenida oficial concluyó y los alienígenas se encontraron a salvo en el interior del recinto diplomático. Pero como gesto de cortesía se había instalado y conectado una cámara en el sistema de comunicación de la estación. Todos los humanos que se encontraban en el planeta podrían ver el momento en que se escribía la historia. Anna llenó de café la taza.

El avión aterrizó. El agua se elevó formando nubes. Los abrigos largos aletearon y los paraguas intentaron escapar, alzándose como cometas tan negras como el carbón. Uno de ellos se dio vuelta. Anna se echó a reír. ¡Qué ridículo!

La puerta del avión se abrió. Ella hizo una pausa, con la taza a medio camino de la boca. Se desplegó una escalerilla y la gente salió. Eran humanoides de aspecto fuerte y sólido, grises como el cielo y la niebla. Sin abrigo ni paraguas. En lugar de eso, los alienígenas llevaban prendas ceñidas al cuerpo, del mismo color que su pelaje.

Se movían bajo la lluvia tan fácilmente —con tanta indiferencia— como si el tiempo no importara, como si la lluvia no existiera. Los primeros portaban rifles, con una tira sobre uno de los hombros, un brazo apoyado sobre el cañón y la boca apuntada hacia abajo. Parecían relajados, pero se movían (notó Anna) con precisión, aunque no con precisión militar. Como atletas o actores.

Muy bonito, pensó. Realmente impresionante. Los alienígenas tenían sentido teatral.

Se repartieron a ambos lados, formando un pasillo. Entonces salieron las personas importantes: más cuerpos grises y robustos y, entre ellos, un cuerpo mucho más alto y más delgado, con los hombros encorvados bajo la lluvia.

Durante un instante la cámara —¿quién la operaba?— se acercó rápidamente. Ella vio un rostro sin pelo, largo y estrecho, con la melena chorreante y los ojos entrecerrados. Un humano.

En ese punto, la transmisión concluyó.

Empezó a apretar botones, intentando al principio recuperar la imagen, y luego localizar a alguien de la estación. Fue inútil. Su equipo seguía encendido. Podía oírlo: un zumbido débil y bajo. Pero salvo ese zumbido, nada salía de él. Todo el sistema debía de estar apagado.