Y esa conclusión, el recuerdo de Hedley, la llevó a la carrera a su dormitorio para rebuscar a toda prisa en el interior del enorme baúl que le habían traído de Warren Hall, pero que todavía seguía sin vaciar por el inminente viaje a Londres. Encontró el objeto que había estado a punto de dejar atrás justo donde lo había colocado, protegido por el envoltorio. Lo había guardado en el baúl, en el rinconcito izquierdo de la parte delantera, en el último momento.
Se sentó en un diván y apartó el paño de terciopelo que protegía su tesoro de cualquier daño. Y contempló la miniatura de Hedley que lady Dew le había regalado después de su muerte.
La miniatura había sido realizada cuando Hedley tenía veinte años, dos años antes de que se casaran, y poco tiempo antes de que su grave enfermedad se manifestara.
Aunque las señales de la tuberculosis eran ya obvias en él.
Pasó un dedo sobre la miniatura ovalada.
Tenía unos ojos enormes y la cara alargada. Si el pintor no le hubiera añadido un toque de color a sus mejillas, su rostro estaría tan pálido como al natural.
Sin embargo, y pese a la palidez, al final de sus días seguía siendo guapo. Porque Hedley poseía una belleza delicada. Nunca había sido un muchacho robusto. Nunca había podido participar en los enérgicos juegos de los demás niños de la vecindad. No obstante, y por extraño que pareciera, nadie lo había ridiculizado ni lo había hostigado por ello. Porque todo el mundo lo quería mucho.
Ella misma lo había querido.
Habría muerto en su lugar si hubiera sido posible.
Esos enormes ojos de mirada alegre la observaron desde el retrato. Rebosantes de inteligencia y de esperanza.
De esperanza. Porque la había conservado hasta el último momento y, cuando por fin la abandonó, lo hizo de forma elegante y digna.
– Hedley… -musitó.
Se llevó un dedo a los labios.
Y se dio cuenta de una cosa. Salvo por un fugaz recuerdo durante su noche de bodas, no había vuelto a pensar en él durante los tres días que había pasado en el lago.
Desde luego que no había pensado en él. Habría sido horrible. Porque estaba con su nuevo marido, a quien le había jurado fidelidad absoluta.
Sin embargo…
Hasta hacía muy poco tiempo le había parecido imposible que pasara un solo día sin pensar en Hedley al menos cien veces.
Y habían pasado tres días sin que se acordara de él.
Tres días en los que había sido delirantemente feliz con un hombre que ni siquiera la amaba. A quien ella no amaba.
No como había amado a Hedley, en cualquier caso. Era imposible amar a otro hombre como había amado a su primer marido.
Aunque con él no había podido compartir la felicidad carnal que había conocido con Elliott. Cuando se casaron, la enfermedad le había pasado factura dejándolo prácticamente impotente. Para él había sido muy frustrante, aunque ella había aprendido la forma de satisfacerlo y de consolarlo.
No obstante, había acabado encontrando la satisfacción sexual con otro hombre.
No había pensado en Hedley durante tres días enteros. No, durante cuatro si contaba ese.
¿Acabaría por olvidarlo del todo?
¿Lo olvidaría como si jamás hubiera existido?
Sintió una pena tremenda y el aguijonazo de la culpa, todo ello empeorado porque la situación era de lo más irracional.
¿Por qué sentirse culpable por el hecho de haber apartado el recuerdo de su primer marido después de casarse con otro? ¿A qué se debía la sensación de estar engañando a un hombre muerto, la sensación de estar haciéndole daño? Porque eso era lo que sentía.
«Debes seguir con tu vida, Nessie», le había dicho él durante los últimos días de su vida, mientras ella le aferraba la mano y le refrescaba la cara, sudorosa por la fiebre, con un paño húmedo. «Debes volver a amar y a ser feliz. Debes casarte y tener niños. Debes hacerlo. ¿Me prometes que lo harás?»
Ella le había llamado bobo e idiota y se había negado a hacerle cualquier promesa.
«Bobo no, por favor, Nessie. En todo caso, tonto», había replicado él.
Y los dos se habían echado a reír a carcajadas.
«Al menos no dejes de reírte nunca. Prométeme que siempre te reirás.»
«Siempre que descubra algo gracioso», le había prometido ella mientras se llevaba su mano a los labios y lo veía sumirse en una agotada duermevela.
Durante los días que siguieron a esa conversación se rió varias veces, pero las carcajadas no tardaron en abandonarla.
– Hedley… -musitó otra vez, y se dio cuenta de que no veía su imagen con claridad. Parpadeó para librarse de las lágrimas-. Perdóname.
Por hacer justo lo que él le había pedido que hiciera: volver a vivir y ser feliz. Por volver a casarse. Por volver a reírse.
Y por haberlo olvidado durante casi cuatro días.
Recordó el vigor con el que Elliott le hacía el amor mientras colocaba la palma de la mano sobre la miniatura. En algún momento había cruzado la línea que separaba la melancolía de algo mucho más doloroso, algo que le oprimía el pecho y le dificultaba la tarea de respirar.
Si Hedley hubiera podido una sola vez al menos… Cerró los ojos y comenzó a mecerse.
– Hedley… -musitó de nuevo.
Sorbió por la nariz cuando las lágrimas se deslizaron por sus mejillas e intentó limpiárselas con las manos antes de buscar un pañuelo. No tenía ninguno, pero no se sentía con fuerzas para ir a buscar uno.
Se sumió en una especie de desesperación y angustia.
Al final, y después de sorber de nuevo, acabó limpiándose las lágrimas con el dorso de una mano, y decidió que debía levantarse para ir en busca de un pañuelo con el que sonarse la nariz; luego se lavaría la cara con agua fría para que desaparecieran los estragos del llanto.
¡Qué horrible sería que Elliott descubriera que había estado llorando! ¿Qué pensaría si eso llegaba a suceder?
No obstante, acababa de soltar la miniatura en el cojín que tenía al lado cuando vio que una mano grande le tendía un pañuelo desde el respaldo del diván. Una mano masculina.
La mano de Elliott.
Debía de haber entrado a través de su vestidor, que comunicaba con el de la vizcondesa, cuya puerta tenía a la espalda.
Se quedó petrificada un instante. Aunque no podía hacer otra cosa salvo aceptar el pañuelo, secarse los ojos, sonarse la nariz y pensar en una explicación racional.
Cogió el pañuelo muy consciente de la presencia de la miniatura que descansaba sobre el cojín, con el retrato hacia arriba.
Había pocas cosas por hacer que requirieran de su atención. Elliott se había esforzado mucho para dejarlo todo bien atado antes de la boda, a sabiendas de que poco después de la misma tendría que marcharse a Londres, donde permanecería unos cuantos meses.
Acabó en menos de una hora, y al descubrir que la visita de cortesía que se le ocurrió hacer de improviso a uno de sus arrendatarios, con el que mantenía una cierta amistad, no era posible ya que ni él ni su esposa se encontraban en casa, decidió volver a la mansión.
Le alegró mucho regresar antes de lo previsto. De momento estaba encantado con su matrimonio. A decir verdad, notó una sorprendente renuencia a abandonar la residencia de la viuda esa mañana. Tuvo la absurda sensación de que estaba a punto de romperse una especie de encantamiento.
No había nada que romper, por supuesto, no había magia en lo que había sucedido. Durante tres días y cuatro noches había disfrutado de una compañera de cama constante, y el sexo había resultado sorprendentemente satisfactorio. Había descubierto que el cuerpo de una mujer no tenía por qué ser voluptuoso para ser deseable.
Aunque no solo había sido el sexo. Su esposa había decidido no discutir con él durante esos tres días, y su compañía le había resultado agradable.
¡Dios Santo! Si hasta le había permitido remar en uno de los botes, con él sentado enfrente, aun cuando era obvio que no tenía habilidad alguna para manejar los remos… También le había permitido dejarlo medio sordo con sus estridentes carcajadas cuando logró, por pura chiripa, que un guijarro rebotara tres veces sobre el agua. Y, ¡por el amor de Dios!, había cortado más narcisos de los que había imaginado que podían existir sobre la faz de la tierra, había hecho los ramos y la había seguido por toda la casa mientras ella colocaba los jarrones por todas las estancias unas cuantas horas antes de regresar a la mansión.