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Comprendió que Vanessa lo tenía un poco cautivado.

Y no había razones para pensar que la situación sufriera un cambio drástico una vez instalados en la mansión o de camino a Londres.

Tal vez pudieran disfrutar de un buen matrimonio, después de todo.

Así que, en vez de volver a casa con paso tranquilo, más bien lo hizo a la carrera, desoyendo la voz de la conciencia que le decía que había otros arrendatarios a los que podía haberles hecho una visita.

Vanessa y él habían hecho el amor el día anterior entre los narcisos. Si el tiempo no hubiera empeorado, tal vez podrían haber ido de nuevo… a recoger narcisos para la mansión. De todas formas, siempre les quedaba la cama del dormitorio de la vizcondesa, aún por «estrenar», y ¿qué mejor momento que una tarde lluviosa en la que no tenían otra cosa que hacer?

Vanessa no estaba en ninguna de las estancias de la planta baja. Debía de estar ya en sus aposentos. Tal vez se hubiera acostado un rato para recuperar el sueño perdido.

Elliott subió los escalones de dos en dos, aunque antes se pasó por su vestidor para secarse el pelo y quitarse las botas, sin llamar siquiera a su ayuda de cámara. El vestidor de Vanessa comunicaba con el suyo. Lo atravesó sin hacer ruido por si estaba durmiendo. En cuyo caso le encantaría despertarla de otra forma…

La puerta del dormitorio de su esposa se encontraba entreabierta. La abrió despacio sin llamar.

No estaba acostada. Estaba en el diván, de espaldas a él y con la cabeza inclinada hacia delante. ¿Leyendo? Estuvo tentado de acercarse de puntillas para besarla en la nuca.

¿Cómo reaccionaría? ¿Con un chillido? ¿Con una carcajada? ¿Con un encogimiento de hombros y un suspiro sensual?

La oyó sorberse la nariz. ¿Estaba llorando?

Sí, al cabo de un instante fue evidente que estaba llorando. Porque comenzó a sollozar como si cargara con toda la pena del mundo.

Se quedó petrificado en el vano de la puerta. Su instinto lo apremiaba a acercarse, a abrazarla mientras le preguntaba qué había pasado para que se sumiera en semejante estado. Sin embargo, nunca se le habían dado bien las emociones femeninas. De modo que lo que hizo fue acercarse despacio y sin hacer ruido. Aunque no intentó en ningún momento sorprenderla, Vanessa estaba tan absorta que no reparó en su presencia.

Y justo cuando estaba a punto de colocarle una mano en el hombro para darle un apretón, la vio dejar algo sobre el cojín que tenía al lado: un retrato en miniatura de un joven de rasgos delicados, casi femeninos.

Tardó apenas un minuto en comprender que el joven debía de ser Hedley Dew. Su predecesor.

Y descubrió que lo invadía la furia. Una furia repentina y arrolladura. Una furia gélida.

Se sacó un pañuelo limpio del bolsillo y se lo ofreció sin mediar palabra.

Vanessa se secó los ojos y se sonó la nariz mientras él se internaba en el dormitorio. Se detuvo frente a la ventana con las manos unidas tras la espalda, sin mirarla. Clavó la vista en el paisaje, azotado por la lluvia. A un lado se encontraba el lago, con la residencia de la viuda cerca de la orilla.

No volvió la cabeza para contemplar esa zona concreta. En realidad, no veía nada salvo el cristal de la ventana.

Sin embargo, ignoraba por qué se sentía tan furioso. Ambos habían aceptado ese matrimonio sin hacerse ilusiones. Había sido en esencia un matrimonio de conveniencia para los dos.

– Supongo que lo amabas por encima de todas las cosas -dijo sin intentar siquiera disimular el sarcasmo una vez que ella acabó de sonarse la nariz y de suspirar.

– Lo amaba -reconoció Vanessa después de un breve silencio-. Elliott…

– Por favor -la interrumpió-, ahórrate la explicación. Es innecesaria y estoy casi seguro de que además estaría plagada de mentiras.

– No tengo necesidad alguna de mentir -replicó ella-. Lo amaba y lo perdí, y ahora estoy casada contigo. Eso lo resume todo. No volverás a encontrarme…

– ¿Y creíste oportuno traer su retrato a mi casa y llorarlo en privado?

– Sí -contestó ella-. Lo traje conmigo. Es una parte muy importante de mi pasado. Fue, y sigue siendo, parte de mí. No sabía que ibas a volver tan pronto. Ni que entrarías en mi dormitorio sin llamar siquiera.

Sus palabras hicieron que él se volviera de repente y la mirase en silencio. Seguía sentada en el diván, con su pañuelo arrugado en las manos. Tenía la cara enrojecida y los ojos hinchados. No estaba muy favorecida que se dijera.

– ¿Tengo que llamar a la puerta para entrar en el dormitorio de mi esposa? -le preguntó.

Como era habitual en ella, respondió con otra pregunta.

– Si yo entrara en tu dormitorio sin llamar, ¿no te molestaría? ¿No te molestaría si estuvieras haciendo algo que prefirieses que yo no viera?

– Eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando -señaló-. Por supuesto que me molestaría.

– Pero yo no tengo derecho a molestarte, ¿verdad? Porque solo soy una mujer. Porque solo soy tu mujer. Una especie de sirvienta de rango superior. Pues que sepas que incluso los sirvientes necesitan de su intimidad.

Vanessa había logrado volver las tornas en contra de él. ¡Le estaba echando un sermón! Y se había puesto a la defensiva.

Los últimos días, comprendió Elliott de repente, habían estado basados en el sexo. Tal como había planeado. Era absurdo indignarse por haber descubierto lo que ya sabía. Y lo que deseaba.

Porque nada más lejos de su intención que intentar que su esposa se enamorara de él. No obstante…

– Sus deseos serán respetados de ahora en adelante, señora -le aseguró, al tiempo que le hacía una reverencia muy digna-. Estos aposentos serán su dominio privado salvo cuando entre para ejercer mis derechos conyugales. E incluso entonces llamaré a la puerta y podrá mandarme al cuerno si no le apetece recibirme.

La vio ladear la cabeza mientras lo miraba en silencio unos instantes.

– El problema con los hombres es que no sois capaces de discutir tranquila y racionalmente -afirmó-. Porque nunca escucháis. Recurrís a los gritos, os ofendéis y reaccionáis lanzando algún tipo de ultimátum. No hay criatura más irracional que vosotros. No me extraña que haya guerras tan atroces en el mundo.

– Los hombres libran dichas guerras con la intención de crear un mundo más seguro para sus mujeres -repuso él.

– ¡Qué tontería!

En realidad, pensó Elliott, su esposa debería haber mantenido la cabeza gacha desde el principio y escucharlo en silencio, salvo cuando tuviera que contestar alguna pregunta con el monosílabo apropiado. Porque así él se habría marchado con cierta dignidad y sin permitirle que se hubiera salido por la tangente.

Pero estaba tratando con Vanessa, y comenzaba a comprender que no podía esperar que se comportara como el resto de las mujeres.

Que Dios lo ayudara. Se había casado con ella. Y él era el único culpable.

– Si de verdad los hombres desearais complacer a vuestras mujeres -apostilló-, os sentaríais a hablar con ellas.

– Señora -dijo-, creo que intenta distraerme. Pero no va a conseguirlo. No voy a exigirle lo que no puede darme, porque ni siquiera lo deseo. No exijo su amor. Pero sí exijo su absoluta fidelidad. Es mi derecho como su marido.

– Y la tienes -le aseguró ella-. No necesitas mirarme con ese ceño tan feroz ni llamarme «señora» como si acabáramos de conocernos para conseguirla.