Tenía que conocer a gente y recordar sus caras y sus nombres.
Casi todos esos asuntos eran exclusivamente femeninos. De hecho, le parecía que las damas y los caballeros de la alta sociedad llevaban existencias paralelas que solo se cruzaban en acontecimientos como los bailes, los almuerzos al aire libre y los conciertos. El baile de presentación sería uno de esos acontecimientos.
Podría haberse lanzado de lleno a su nueva vida y desentenderse por completo de Elliott, que ocupaba sus días sabría Dios con qué, porque ella lo ignoraba.
No obstante, lo echaba de menos. Habían hablado muchísimo durante los tres días que duró su luna de miel. Habían hecho cosas juntos. Habían hecho el amor con frecuencia y entusiasmo.
Habían dormido juntos.
Claro que su relación no había sido idílica ni siquiera entonces. Porque había notado la reserva de Elliott, su negativa a relajarse y a disfrutar de la vida sin más. Se había percatado de que nunca sonreía ni reía. Aunque dicha reserva era parcial. Sospechaba que esos días también fueron muy felices para él, aunque Elliott jamás usaría esa palabra para describirlos.
Al menos era consciente de que entre ellos había existido la esperanza de algo más.
Pero en ese momento Elliott no era feliz; al menos no lo era cuando estaba en casa.
Y ella tenía la culpa.
Podría haberse contentado con un matrimonio a medias y podría haberse contentado con el ajetreo que reinaba en su vida cotidiana.
Pero no lo hizo.
La mañana de su presentación lo oyó salir de su vestidor. Todavía era muy temprano. Elliott siempre se levantaba muy temprano a fin de pasar un tiempo en el despacho del señor Bowen antes de salir para tratar los asuntos que lo mantenían alejado de la casa durante todo el día.
Su madre y Cecily desayunaban en ocasiones con él. Al igual que ella, pero era imposible mantener una conversación privada en esas circunstancias.
Entró corriendo en su propio vestidor, quitándose el camisón por el camino. No llamó a su doncella. Se lavó a toda prisa con agua fría y se puso un vestido mañanero de color azul claro. Se pasó un cepillo por el pelo, comprobó en el espejo que no estaba hecha un adefesio y salió en pos de su marido.
Elliott estaba en el despacho situado junto a la biblioteca, tal como pensaba. Tenía una carta abierta en la mano, aunque no la estaba leyendo porque le estaba diciendo algo al señor Bowen. Con el impecable traje de montar y las botas altas estaba guapísimo.
Se volvió al verla aparecer en la puerta y enarcó las cejas con evidente sorpresa.
– Ah, querida -la saludó-. Te has levantado muy temprano esta mañana.
Había tomado la costumbre de llamarla «querida» en público. Parecía increíblemente inapropiado.
– No podía dormir -respondió con una sonrisa. Saludó con una inclinación de cabeza al señor Bowen, que se había puesto en pie detrás del escritorio.
– ¿En qué puedo ayudarte? -le preguntó Elliott.
– Si me haces el favor de acompañarme a la biblioteca o al saloncito matinal… me gustaría hablar contigo.
Elliott asintió con la cabeza.
– Ya te dictaré la respuesta a esta carta más tarde, George -dijo agitando el papel que tenía en la mano antes de dejarlo sobre el escritorio-. No corre prisa.
Elliott cogió del codo a su esposa y la llevó a la habitación contigua, donde ya habían encendido el fuego en la chimenea.
– ¿Qué puedo hacer por ti, Vanessa? -le preguntó, señalando el sillón de cuero situado junto a la chimenea mientras que él se quedaba de pie, de espaldas al fuego. La trataba con cortesía, pero con un deje impaciente.
Ella se sentó antes de contestarle.
– Creo que deberíamos hablar -dijo-. Ya casi nunca tenemos la oportunidad de hablar.
Lo vio enarcar de nuevo las cejas.
– ¿Ni durante la cena? -preguntó él-. ¿Ni en el salón después?
– Tu madre y tu hermana siempre están presentes en esas ocasiones -le recordó-. Me refería a hablar los dos a solas.
Elliott la miró fijamente.
– ¿Necesitas más dinero? Puedes pedírselo a George en cualquier momento. Descubrirás que no soy un tacaño.
– No, por supuesto que no -dijo al tiempo que hacía un gesto despectivo con la mano-. No he gastado nada de lo que me diste hace dos días. Bueno, salvo por la suscripción a la librería. He ido de tiendas, pero no me hace falta nada; todo lo que comprara sería una extravagancia absoluta. Ya tengo más vestidos de los que he tenido en toda mi vida.
Elliott siguió mirándola desde arriba, y en ese momento se dio cuenta de que la había puesto en desventaja, tal vez de forma deliberada. Ella estaba sentada mientras que él seguía en pie. La dominaba.
– No quería hablarte de dinero -prosiguió-. Es sobre nosotros… sobre nuestro matrimonio. Creo que te he hecho daño.
Vio que su mirada se volvía hosca.
– Y yo creo, Vanessa, que no dispones del poder para ello -replicó él.
Ese comentario era una prueba fehaciente de que llevaba razón. La gente que se sentía herida solía experimentar la necesidad de devolver el golpe, con muchísima más crueldad.
– Si no tienes que decirme nada más, te deseo…
– Por supuesto que sí -lo interrumpió-. Por el amor de Dios, Elliott, ¿vamos a pasarnos el resto de la vida así, comportándonos con distante amabilidad como si fuéramos dos desconocidos? Hace unos cuantos días estabas lanzando guijarros en el lago de Finchley Park y yo remaba en círculos, y recogíamos narcisos. ¿Vas a decirme que todo eso no significó nada para ti?
– Supongo que no esperarías que esos días fueran algo más, aparte de un agradable interludio antes de que comenzara nuestro matrimonio, ¿verdad? -le preguntó él.
– Por supuesto que sí -contestó-. Elliott…
– Debo despedirme de ti -la interrumpió-. ¿Quieres que te acompañe al comedor matinal? Tal vez mi madre ya esté allí. -Y le ofreció el brazo.
– Esos tres días y esas tres, no, cuatro noches, fueron las más maravillosas de toda mi vida -confesó ella, al tiempo que se inclinaba un poco hacia delante, mirándolo a los ojos.
Elliott inspiró hondo, pero ella prosiguió antes de darle opción a que hablara.
– Quise mucho a Hedley. Lo adoraba, de hecho. Habría muerto por él de haber podido. Pero nunca estuve enamorada de él. Nunca… -Tragó saliva con nerviosismo y cerró los ojos. Jamás había dicho nada de eso en voz alta. Había intentado por todos los medios no pensar en ello-. Nunca me excitó. Nunca lo deseé de esa manera. Era mi mejor amigo, mi amigo del alma.
Se hizo un terrible silencio.
– Pero él estaba enamoradísimo de mí -continuó, haciendo un gran esfuerzo-. No por mi aspecto, desde luego. Creo que se debía a mi alegría, a mi risa y a mi disposición de estar con él. Estaba muy enfermo y débil. De haber sido fuerte, de haber estado sano, estoy segura de que no me habría amado aunque siempre habría sido mi amigo. Se habría enamorado de otra muchísimo más guapa.
Elliott siguió sin decir nada, y Vanessa dejó de mirarlo a los ojos. Clavó la mirada en sus manos, que se le habían entumecido.
– Tú eres grande, fuerte y sano -prosiguió-. Lo que sucedió entre nosotros fue… en fin, jamás había disfrutado tanto en la vida. Y después, cuando regresamos a la mansión y me enteré de lo de Crispin y me di cuenta de lo terriblemente infeliz que era Meg… Tú saliste esa tarde y yo me quedé sola, y empezó a llover… Y entonces me acordé de Hedley. Solo entonces. Y recordé que había guardado su retrato en lo más hondo del baúl cuando me marché de Warren Hall, así que fui a buscarlo. Pensé en él y lloré por su temprana muerte y por el hecho de no haberlo amado como él creía que lo amaba. Me sentía culpable por haber disfrutado tanto contigo cuando nunca disfruté con él. Y después me sentí culpable por sentirme culpable, porque no debería sentirme culpable por disfrutar con mi nuevo esposo, ¿verdad? De hecho, debería intentar disfrutar con él. Y aquí me tienes, otra vez me lío con las palabras cuando las necesito con desesperación para que me entiendas.