– Sí.
– Y tú tienes que empezar a llenar la habitación infantil sin demora.
– Sí.
La miró de reojo. Vanessa tenía la vista clavada al frente y sonreía.
– No son unas excusas muy buenas -comentó ella.
– ¿Excusas? -Enarcó las cejas una vez más.
– Los miembros de tu familia griega están haciéndose mayores. ¿Sigue vivo tu abuelo?
– Sí.
– Y la vida pasa muy deprisa -continuó Vanessa-. Tengo la sensación de que fue ayer cuando era una niña, y ya tengo casi veinticinco años. Tú tienes casi treinta.
– Somos casi dos viejos chochos.
– Lo seremos antes de que nos demos cuenta -replicó ella-. Si tenemos la suerte de envejecer, claro. Hay que vivir la vida y disfrutar de cada momento.
– ¿Y al cuerno con el deber y la responsabilidad?
– No, claro que no -contestó-. Pero en ocasiones es más fácil ocultarse detrás del deber antes que admitir que nuestra presencia no siempre es indispensable y antes que lanzarnos de lleno a la vida y disfrutarla.
– Perdona que te lo pregunte, pero ¿no has estado viviendo hasta hace nada en Throckbridge y sus alrededores, Vanessa? -Preguntó con el ceño fruncido-. ¿Eres la persona adecuada para decirme que me olvide del deber y de la precaución y me embarque en el primer barco que zarpe para Grecia?
– Ya no estoy allí -respondió ella-. Decidí mudarme a Warren Hall con mis hermanos aunque el futuro era una gran incógnita. Y después decidí casarme contigo, y bien sabe Dios que tú eres la mayor incógnita de todas. Mañana seré presentada a la reina. Y después asistiré al baile de presentación de Cecily, el mismo en el que Meg y Kate harán su entrada en la alta sociedad. Y después tendré que asistir a mil y un eventos parecidos. ¿Tengo miedo? Sí, por supuesto. Pero ¿voy a hacer todo eso? Desde luego que sí.
Elliott apretó los labios antes de hablar.
– Me temo que no iremos a Grecia en un futuro cercano.
– No, claro que no. -Vanessa volvió la cabeza para sonreírle-. Porque tenemos un deber que cumplir y sé que debo aprender que esta nueva vida no implica una libertad total y absoluta. Pero no debemos permitir que el deber nos abrume, Elliott. Creo que eso es lo que te ha pasado desde la muerte de tu padre. Se puede disfrutar de la vida sin desatender las obligaciones.
De repente, él se preguntó si esa sería una descripción de su primer matrimonio. ¿Sería posible que Vanessa no hubiera sido feliz de verdad, sino que se hubiera obligado a sentirse alegre a pesar de las circunstancias? Como no tuviera cuidado, acabaría filosofando de forma tan enrevesada como ella. ¿Qué diferencia había entre la felicidad y la alegría?
– Pero algún día, cuando no haya nada urgente que nos retenga en casa y Stephen sea capaz de ocuparse de sus propios asuntos, iremos a Grecia, me presentarás a tu familia y tendremos una segunda luna de miel. Y si para entonces tenemos hijos, nos acompañarán y punto.
Vanessa había vuelto la cabeza para mirarlo. De repente, la vio ruborizarse, tal vez al darse cuenta de lo que acababa de decir. Aunque no sabía por qué se ruborizaba después de dos semanas compartiendo la cama con él.
– Nos detenemos -comentó ella, mirando por la ventanilla-. Pero todavía no hemos llegado a casa.
– Hemos llegado a Gunter's -le informó-. Vamos a tomarnos un helado.
– ¿Un helado? -Abrió los ojos de par en par.
– Supuse que te gustaría tomarte un refrigerio después de pasarte una hora deambulando por el museo, viendo estatuas de frío mármol y respirando polvo. Aunque has disfrutado de la experiencia, ¿verdad?
– ¡Un helado! -Exclamó ella sin responder a su pregunta-. Confieso que nunca he probado los helados. Tengo entendido que son deliciosos.
– ¿El néctar de los dioses? -Sugirió Elliott al tiempo que la ayudaba a apearse del carruaje-. Tal vez. Júzgalo por ti misma.
Resultaba muy sencillo hastiarse de los lujos y los privilegios de su vida, o a esa conclusión llegó durante la siguiente media hora, mientras observaba a su esposa probar su helado y saborearlo después. Se lo comió muy despacio, a cucharaditas que mantenía en la boca unos instantes antes de tragárselas. Al principio incluso llegó a cerrar los ojos.
– Mmm -murmuró-. ¿Crees que haya algo más delicioso que esto?
– Si me lo propongo, seguro que se me ocurren unas cuantas cosas igual de deliciosas -contestó-. Pero ¿más deliciosas? No, lo dudo mucho.
– ¡Oh, Elliott! -exclamó ella inclinándose hacia él-. ¿No crees que ha sido una mañana maravillosa? ¿A que tenía razón? ¿No es divertido hacer cosas juntos?
«¿Divertido?», se preguntó en silencio.
Sin embargo, y mientras pensaba en cómo habría sido su mañana en White's, se dio cuenta de que no tenía la sensación de haber perdido el tiempo. De hecho, había disfrutado bastante de la mañana.
Cuando se disponían a abandonar el establecimiento se cruzaron con lady Haughton y su joven sobrina, acompañadas por lord Beatón.
Elliott les hizo una reverencia a las damas y saludó a Beatón con una inclinación de cabeza.
– Ah, lady Haughton y la señorita Flaxley -las saludó Vanessa-. ¿También van a tomar unos helados? Hemos estado en el Museo Británico, admirando una exposición de esculturas antiguas, y después hemos venido aquí. ¿No les parece que hace un día precioso?
– Lady Lyngate… -la saludó lady Haughton con una sonrisa, gesto poco habitual en ella-. Ciertamente hace un día maravilloso. ¿Conoce a mi sobrino, lord Beatón? Cyril, te presento a lady Lyngate.
Vanessa hizo una reverencia al tiempo que le lanzaba una sonrisa deslumbrante al joven dandi.
– Encantada de conocerlo -dijo Vanessa-. ¿Conoce a mi marido, el vizconde de Lyngate? -Soltó una carcajada-. Por supuesto que lo conoce.
– La población femenina de todo Londres lleva luto, Lyngate -le informó lady Haughton-. Y usted debe esperar muchas miradas envidiosas durante la temporada social, querida. Se ha hecho con uno de los solteros más codiciados del mercado matrimonial.
Vanessa se echó a reír de nuevo.
– Mi hermano también está en la ciudad -añadió ella en dirección a Beatón-. Es el nuevo conde de Merton y solo tiene diecisiete años. Estoy segura de que le encantará conocer a un caballero algo mayor que él, milord.
– El placer será mutuo, milady -repuso Beatón, que le hizo una reverencia con expresión complacida.
– ¿Asistirá al baile de Moreland House mañana por la noche? -Preguntó Vanessa-. Si tengo la oportunidad, se lo puedo presentar entonces. ¿Van a asistir todos?
– No nos lo perderíamos por nada del mundo -le aseguró lady Haughton mientras Beatón hacía otra reverencia-. Toda persona de relevancia asistirá, lady Lyngate.
– Ya veo que has entablado varias amistades -comentó él unos minutos más tarde, ya en el carruaje y de regreso a casa.
– Tu madre me ha llevado de visitas -le explicó-. He estado intentando recordar todos los nombres. No es sencillo, pero por suerte me acordaba de lady Haughton y de la señorita Flaxley.
– Ya veo que, después de todo, no necesitas de mi compañía.
Vanessa volvió la cabeza y lo miró fijamente.
– Vamos, Elliott, pero si solo son conocidos -protestó ella-. En el caso de tu madre, de Cecily, de Meg, de Kate o de Stephen, solo son familiares. Tú eres mi marido. Hay una enorme diferencia. Una diferencia grandísima.
– ¿Porque nos acostamos juntos? -le preguntó.
– ¡Qué tonto eres! -exclamó ella-. Sí, por eso. Porque es un símbolo de la intimidad de nuestra relación. De la intimidad total.
– Y a pesar de eso no quieres que entre en tus aposentos sin llamar -le recordó-. Afirmas necesitar tu intimidad, hasta tal punto que la proteges incluso de mí.
La oyó suspirar.