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¿Acababa de coquetear Elliott con ella?

Era una idea ridícula. ¿Por qué iba a coquetear Elliott con ella?

Aunque ¿qué otra cosa podía ser salvo un claro coqueteo?

CAPÍTULO 18

Después de despachar a su ayuda de cámara, Elliott pasó un buen rato en su dormitorio contemplando la oscuridad a través de la ventana mientras sus dedos tamborileaban sobre el marco. El sereno hacía la ronda por la plaza, balanceando el farolillo que llevaba en la mano. Cuando desapareció, volvió a reinar la oscuridad.

Se preguntó si había sido premeditado. Era el tipo de cosas que Con sería capaz de hacer. El tipo de cosa que podrían haber hecho juntos en otro tiempo, durante su irresponsable juventud. Porque después se habrían reído a mandíbula batiente cuando recordaran el mal rato que había pasado la víctima. Sin embargo, no recordaba ninguna ocasión en la que hubieran sido deliberadamente crueles al involucrar a una persona inocente que pudiera resultar muy dolida.

¿Se sentiría dolida Vanessa? Eso sospechaba.

No obstante, ¿cómo iba a saber Con que asistirían esa noche al teatro? Ni él mismo lo había sabido hasta que hizo la impulsiva sugerencia esa misma mañana.

Aunque Con no tenía necesariamente que saberlo a ciencia cierta. Podía haberse planteado varias suposiciones sobre los eventos a los que cabía la posibilidad de que Elliott asistiera con Vanessa. Porque su presencia en Londres no era ningún secreto. Si no hubieran ido esa noche en concreto al teatro, habrían asistido a un baile o a una velada cualquier otro día.

Sí, había sido premeditado. Por supuesto. ¿Qué duda cabía?

¿Habría sido también premeditado por parte de Arma Bromley Hayes? Esa era la pregunta más importante.

Claro que si no lo había sido, ¿por qué se había prestado a ser presentada al grupo que lo acompañaba? ¿No le habría resultado doloroso el encuentro en ese caso?

Sí. Había sido premeditado también por su parte. Aunque esperaba otra cosa de ella, no podía recriminarle su actuación. Porque le había hecho daño. Había pasado por alto sus sentimientos y le había anunciado una decisión tomada de antemano sin ni siquiera ponerla sobre aviso.

¡Por el amor de Dios! Esa tendencia a analizarlo todo, a preocuparse por los sentimientos de los demás, ¿sería por influencia de Vanessa?

Fuera por lo que fuese, su esposa y su antigua amante no solo se habían encontrado cara a cara, sino que habían sido presentadas. Para él había sido un momento terriblemente bochornoso, de la misma forma que para muchos espectadores habría resultado terriblemente emocionante.

Detalle que Con esperaba de antemano.

Y también Anna.

Parecía que para ella era mucho más importante la venganza que el buen gusto o que la dignidad personal. Se había arreglado con esmero para estar deslumbrante.

Con se había mostrado tan encantador como de costumbre y tan irónico como siempre, dos facetas de su personalidad que él conocía muy bien. Durante su juventud nunca había imaginado que acabaría siendo una de las víctimas de su primo.

Vanessa lo estaría esperando, recordó de repente cuando su mente volvió al presente. Su tardanza estaba privándola de sus horas de sueño. Si no pensaba ir esa noche a su dormitorio, debería haberla avisado.

¿No pensaba ir?

En realidad, había disfrutado mucho de ese día al completo, de la mañana y de la noche, hasta que el joven Merton reparó en la presencia de Con en el palco de enfrente y él descubrió al mirar que no estaba solo, sino acompañado por Anna. Sus miradas se encontraron y, pese a la distancia, el desafío que leyó en sus ojos le quedó muy claro.

Había disfrutado del día hasta ese momento. Por algún extraño motivo, había disfrutado de la compañía de su esposa. Había algo fascinante en ella que no atinaba a explicar.

Sus dedos tamborilearon con más fuerza sobre el marco de la ventana.

Se alejó y se adentró en el vestidor, dejando la vela encendida para que su luz le iluminara el camino.

Lo que debía hacer era entrar con paso firme en el dormitorio de Vanessa y contarle lo que ella quería saber. Su esposa quería conocer el motivo de la enemistad que mantenía con su primo, quería un motivo de peso para sentirse obligada a evitarle. Elliott debería contárselo sin más. Con era un ladrón y un pervertido. Le había robado a su propio hermano, que confiaba ciegamente en él pero cuya deficiencia mental le había impedido comprender que estaba abusando de esa confianza. Y había deshonrado a un buen número de criadas de Warren Hall, así como a otras mujeres de la localidad, cosa que no haría ningún hombre decente.

Pero ¿cómo iba a decírselo a Vanessa si no había sido capaz de decírselo a su madre ni a sus hermanas? Y eso que en numerosas ocasiones se había repetido que debían saberlo por su propio bien. ¿Cómo iba a mancillar su honor como tutor de Jonathan? ¿Cómo iba a romper la confidencialidad que ese deber implicaba? Además, carecía de pruebas fehacientes. Con no había negado las acusaciones, aunque tampoco las había admitido. Se había limitado a enarcar una ceja y a sonreírle cuando se enfrentó a él. Y después lo mandó al cuerno.

¿Cómo mancillar la reputación de otra persona apoyándose solo en sospechas, por muy seguro que estuviera que dichas sospechas no eran infundadas?

¡Maldita fuera su estampa! Todavía le resultaba difícil creer que Con fuera capaz de semejantes fechorías. Siempre había estado dispuesto a hacer bromas, a cometer estupideces y a participar en ciertas diabluras… como él hasta hacía poco tiempo. Sin embargo, jamás se había rebajado al nivel de un canalla.

Y era difícil aceptar que Con lo odiara tanto. Y que estuviera dispuesto a hacerle daño a Vanessa con tal de demostrar la profundidad de dicho odio.

Abrió la puerta del vestidor de su esposa. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta, como era habitual todas las noches desde que le exigió que llamara antes de abrir una puerta que estuviera cerrada. Desde el dormitorio le llegaba la luz de una vela.

Se acercó hasta el vano y recordó otra ocasión en la que había hecho lo mismo sin pedirle permiso para entrar. En ese momento, sin embargo, Vanessa estaba dormida en la cama.

Atravesó el dormitorio y se detuvo a su lado para contemplarla. Su pelo caía desordenado sobre la almohada. Tenía los labios entreabiertos. A la luz de la solitaria vela que estaba encendida, sus mejillas parecían sonrojadas.

Su aspecto era delicado, como el de una adolescente. Sus pechos apenas eran evidentes bajo la sábana que los cubría. Tenía los brazos y las manos delgados.

De repente, la comparó sin pensar con Anna y meditó sobre el contraste entre ambas. Sin embargo, no le costó trabajo deshacerse del recuerdo de su antigua amante.

Vanessa tenía algo especial. No era guapa. Ni siquiera era atractiva. Era normal y corriente. Pero tenía algo… Tampoco era voluptuosa. Más bien era el antónimo de ese adjetivo, si acaso existía, porque en ese preciso instante se le escapaba. No tenía nada que pudiera considerarse estimulante desde el punto de vista sexual.

Y, no obstante, lo tenía.

La había deseado casi de forma constante durante lo que ella llamaba su luna de miel. (¡Qué horrible concepto el de la luna de miel!) La había deseado todas las noches desde entonces, aunque se hubiera obligado a terminar todos sus encuentros con rapidez, como si fuera algo obligado…

¿Por qué lo había hecho? ¿Porque ella seguía amando a su difunto marido y él se sentía menospreciado? ¿Dolido? No, dolido desde luego que no. ¿Porque quería castigarla y hacer que creyera que solo desempeñaba una función en su faceta como esposa?

¿Tan mezquino era? La idea no le sentó nada bien.

En ese momento la deseaba. De hecho, llevaba deseándola todo el día. Desde que apareció de forma inesperada en el despacho de George antes del desayuno.