Выбрать главу

Al principio se asustó, incluso se enfureció. Vanessa le había hecho el amor (aunque el término no fuese del todo apropiado) tal como debió de hacerlo con su primer marido, cuya desesperada debilidad lo había dejado casi impotente. De modo que ella había aprendido todas esas maravillosas habilidades por el bien del hombre moribundo a quien quería.

Pero del que no estaba enamorada. A quien no deseaba. Lo había complacido en el plano físico porque lo quería.

Comenzaba a entender la sutil diferencia existente entre esos conceptos.

Qué maravilloso debía de ser saberse amado por Vanessa Wallace, vizcondesa de Lyngate.

Su esposa.

El enfado desapareció. Porque reconoció el motivo de las lágrimas. Unas lágrimas provocadas por la felicidad de saber que sus esfuerzos, que los preliminares, habían dado fruto y habían culminado con la entrega y la satisfacción mutua. Si acaso estaba experimentando cierta tristeza por el mando que no había sido capaz de disfrutar de la consumación, sería mezquino por su parte sentirse ofendido.

El pobre Hedley Dew estaba muerto.

Elliott Wallace estaba vivo.

Tiró de la sábana con un pie para arroparse y arropar a Vanessa. Le enjugó las lágrimas con el embozo.

– Elliott -la oyó decir-, perdóname. Por favor, perdóname. No es lo que piensas.

– Lo sé -le aseguró.

– Eres… ¡eres tan guapo!

«¿Guapo?», repitió para sus adentros. ¡Vaya!

Tras apartarle la cabeza de su hombro, le colocó las manos en las mejillas para que lo mirase. La oyó sorber por la nariz y después soltar una carcajada.

– Seguro que estoy espantosa -dijo.

– Vanessa, voy a decirte una cosa, así que préstame mucha atención -le ordenó-. Lo que voy a decirte es verdad. De hecho, fíjate si será verdad, que de ahora en adelante lo creerás a pies juntillas. Y es una orden. Eres guapa. Jamás vuelvas a dudarlo.

– ¡Ay, Elliott! -Exclamó ella, y volvió a sorber por la nariz-. Qué bonito. Pero no hace falta que…

La interrumpió colocándole el pulgar sobre los labios.

– Alguien tiene que decirte la verdad -señaló-y ¿quién mejor que tu marido para hacerlo? Has sido demasiado recatada con tu belleza. La has mantenido oculta a todo el mundo, salvo a aquellos que se toman la molestia de disfrutar de tus sonrisas y de mirarte a los ojos. Cualquiera que te mire con atención acabará descubriendo tu secreto. Eres guapa.

Por Dios, ¿de dónde salían todos esos comentarios? Ni él mismo se lo creía, ¿o sí?

Se percató de que Vanessa volvía a tener los ojos llenos de lágrimas.

– Eres muy bueno -le dijo-. Nunca lo habría pensado de no ser por esta conversación. Puedes ser frío e irritable, y puedes ser bueno. Eres un hombre complejo. Me alegro mucho.

– ¿Además de guapo? -añadió él.

Vanessa se echó a reír y se le escapó un hipido.

– Sí, eso también.

La instó a apoyar la cabeza de nuevo sobre su hombro y después a que estirara las piernas a ambos lados de su cuerpo. Tiró de las mantas para cubrirla con ellas.

La oyó exhalar un suspiro de contento.

– Pensaba que no vendrías esta noche -dijo ella-. Me dormí muy inquieta por lo de mañana.

«¿Por lo de mañana?», repitió para sus adentros. ¡La presentación a la reina, sí! Uno de los días más importantes de la vida de su esposa. Y por la noche tendrían que soportar el dichoso baile.

– Todo saldrá bien -la tranquilizó-. ¿No decías que solo habías cerrado los ojos para descansar?

– Mmm -murmuró ella-. Estoy cansadísima.

Bostezó sin disimulos y se durmió casi al instante.

Todavía seguían unidos de la forma más íntima.

Vanessa no pesaba casi nada. Además, le daba calorcito y olía maravillosamente a jabón y a sexo.

¿Guapa?, pensó.

¿Era guapa?

Cerró los ojos e intentó recordarla como la vio por primera vez, la noche del baile de San Valentín, al lado de su amiga, ataviada con aquel vestido lavanda sin forma alguna.

¿Guapa?

En ese momento recordó que en cuanto la llevó a la pista de baile y comenzó la música, esbozó una sonrisa y su expresión se tornó radiante de felicidad. Después, cuando hizo la patética broma y afirmó que todas las damas estaban increíblemente guapas, ella incluida, Vanessa echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, en absoluto molesta por el hecho de que el cumplido se extendiera a todas las invitadas y no a ella sola.

Y en ese instante estaba desnuda entre sus brazos, relajada y dormida. ¿Guapa?

Desde luego tenía algo…

El sueño no tardó en rendirlo.

Puesto que era una dama casada y no una jovencita recién salida del aula que iba a ser presentada en sociedad, Vanessa no estaba obligada a vestir de blanco. Menos mal. Porque cuando no llevaba ropa colorida, estaba espantosa.

Las faldas del vestido, que caían desde la cintura y quedaban abultadas gracias al miriñaque, eran de color azul celeste. El mismo tono tenía el cuerpo, aunque este brillaba cada vez que reflejaba la luz debido al fastuoso bordado de hilos de plata. La enagua de encaje que asomaba bajo el cuerpo y que quedaba a la vista de cintura para abajo, ya que las faldas estaban recogidas a los lados, era de un azul algo más oscuro, del mismo tono que la larga cola y que las cintas de encaje que caían desde el tocado bordado con hilos de plata que llevaba en la cabeza. El tocado se completaba con varias plumas de color azul claro y plateado. Los guantes eran plateados y le tapaban los codos.

– ¡Dios mío! -exclamó al verse en el espejo de pie de su vestidor, una vez que la doncella acabó de arreglarla-. Estoy guapa. Elliott tenía razón.

Se echó a reír encantada, porque sabía que nunca había tenido mejor aspecto. Debería vestirse siempre así. Debería haber nacido cincuenta años antes. Aunque en ese caso tendría edad suficiente para ser la abuela de Elliott, y eso no le habría gustado nada.

– ¡Por supuesto que estás guapa! -Gritó Katherine, que se acercó para abrazarla, aunque lo hizo con mucha delicadeza para no estropear nada-. Me da igual que la gente proteste por tener que ponerse este tipo de ropa tan anticuada por exigencia de la reina. A mí me parece maravillosa. Ojalá pudiéramos ponernos estos vestidos todos los días.

– Me has leído el pensamiento -repuso ella.

Margaret, por su parte, se había quedado con la otra parte de su comentario.

– ¿El vizconde de Lyngate ha dicho que eres guapa? -le preguntó.

– Anoche -contestó Vanessa mientras se enderezaba la costura del guante izquierdo-. Pero solo estaba bromeando.

– No, yo creo que es muy perspicaz -la corrigió Margaret con voz sentida-. ¿Eso quiere decir que todo va bien, Nessie?

Esta sonrió mientras enfrentaba la mirada preocupada de su hermana. En realidad, su esposo había bromeado bastante la noche anterior. Aunque ignoraba a qué se debía ese cambio en él, la verdad era que llevaba toda la mañana flotando en una nube de felicidad. Le había ordenado que se considerara guapa. Y el día de la boda prometió obedecerlo.

¡Qué tonto era!

Esa mañana se había despertado tal cual se durmió: calentita y cómoda tumbada sobre él, arropada por sus brazos y con la mejilla apoyada en su hombro. Y descubrió que seguía en su interior… aunque volvía a estar grande y duro de nuevo. En cuanto Elliott notó que se había despertado, se volvió para dejarla de espaldas en el colchón sin salirse de ella y le hizo el amor con frenesí antes de volver a su dormitorio.

Sin darle las gracias por primera vez desde hacía días, lo cual la había alegrado mucho.

No había vuelto a verlo desde entonces. Su doncella le había llevado el desayuno a la cama, al parecer por órdenes de Elliott, y después se había pasado toda la mañana en el vestidor, presa de los nervios y de la emoción. Su suegra y su cuñada Cecily no pararon de entrar y de salir para comprobar los progresos que hacía su doncella. Meg y Kate habían llegado para verla marcharse. Stephen las había acompañado, pero estaba abajo con Elliott. Ambos la acompañarían a la corte. Porque el príncipe de Gales celebraba una audiencia y Elliott iba a presentarle al nuevo conde de Merton.