– Kate tiene razón -comentó Margaret-. Estás preciosa, Nessie. Pero no es solo por la ropa. Si el responsable de la alegría que irradias es lord Lyngate, te perdonaré por haberle propuesto matrimonio.
– ¿¡Le propusiste matrimonio!? -exclamó Katherine con los ojos desorbitados.
– Meg y yo sabíamos que tenía la intención de proponérselo a ella -resumió Vanessa-. Meg no lo quería. Yo sí.
Así que se lo propuse antes de que pudiera hablar con ella.
– ¡Nessie, por Dios! -Katherine estaba a punto de llorar de la risa-. ¿Cómo has podido hacer algo tan atrevido? Meg, ¿por qué no querías casarte con lord Lyngate? Es guapísimo, y además tiene otras virtudes. Supongo que querías seguir con Stephen y conmigo un poco más de tiempo.
– No quiero casarme -afirmó Margaret con rotundidad-. Con nadie.
La conversación fue interrumpida por el regreso de la vizcondesa viuda y de Cecily, que soltó un alegre chillido al verla. La vizcondesa viuda examinó a Vanessa de arriba abajo y asintió con la cabeza, satisfecha.
– Lo harás muy bien, Vanessa -dijo-. Acertamos con el color. Te hace parecer joven y delicada. Estás muy favorecida.
– Está guapa, señora -la corrigió Katherine con una sonrisa-. Hemos llegado a la unánime conclusión de que está guapa.
– Una conclusión con la que estoy muy de acuerdo -comentó Vanessa con una carcajada-. Si además consigo mantener el tocado sobre la cabeza sin que se me caiga sobre los ojos y si logro no pisarme la cola en presencia de Su Majestad, estaré muy orgullosa de mí misma.
– Usted también está muy guapa, señora -dijo Margaret, dirigiéndose a la vizcondesa viuda, y no era un falso cumplido ni mucho menos.
La suegra de Vanessa iba vestida de color vino, un tono que resaltaba de maravilla su tez morena y su cabello oscuro. Sería ella quien la presentara a la reina.
– Desde luego, madre -convino Vanessa con una sonrisa cariñosa.
Era hora de marcharse. Sería horrible llegar tarde a la cita más importante de su vida.
Caminó hacia la escalera en solitario, con las demás siguiéndola. Y entendió el porqué en cuanto comenzó a bajar los escalones. Elliott y Stephen la observaban desde el vestíbulo.
– ¡Caray, Nessie! -Exclamó su hermano con evidente admiración-. ¿De verdad eres tú?
Ella podría haberle preguntado lo mismo. Stephen llevaba una exquisita casaca de color verde bosque, un chaleco bordado en tonos dorados y unas calzas de seda de color oro viejo. La camisa era de un blanco níveo. Parecía más alto y más espigado que nunca. Había intentado domar el pelo, pero los rizos comenzaban a desmandarse. Su mirada delataba la incontenible emoción que sentía.
Sin embargo, Vanessa apenas le prestó atención a su hermano. Porque Elliott también iba vestido para una audiencia en la corte.
Su esposo no había visto su vestido hasta ese momento, aunque ella se lo había descrito. Le había dicho de qué color era. Y Elliott había elegido una casaca de color azul claro, unas calzas plateadas y un chaleco en un tono más oscuro de azul con bordados en plata. Su camisa rivalizaba en blancura con la de Stephen.
Los colores tan claros resaltaban de forma asombrosa su piel morena y su pelo oscuro.
Pensó que era una lástima no poder aparecer juntos en la corte. Aunque tal vez fuera lo mejor. ¿Quién sería capaz de apartar los ojos de él para echarle un simple vistazo a ella?
Lo vio adelantarse hasta los pies de la escalera, desde donde le tendió una mano que ella aceptó con una carcajada.
– Míranos -dijo-. ¿A que estamos espléndidos?
Elliott le hizo una reverencia antes de llevarse su mano a los labios y después la miró a los ojos.
– Supongo que sí -contestó-. Pero vos, milady, estáis muy guapa.
Si el muy tonto seguía diciéndole eso, acabaría creyéndoselo.
– Estoy de acuerdo contigo -repuso ella, pestañeando de forma exagerada.
Y al cabo de un momento se pusieron en camino, aunque tardaron una eternidad en acomodar a las damas y sus vestidos en el carruaje.
– Creo que después de todo me alegro de haber nacido en esta época en vez de haberlo hecho cuando este estilo de ropa era el habitual -comentó Vanessa después de decirles adiós a Meg, a Katherine y a Cecily.
– Yo también me alegro -convino Elliott, que estaba sentado en el asiento de enfrente al lado de Stephen, con los párpados entornados.
¿Sería posible que existiera para ellos un «felices para siempre»?, pensó Vanessa mientras le devolvía la sonrisa a su esposo. En realidad, no creía que ese concepto existiera, pero se preguntó si cabía la posibilidad de que su matrimonio fuera una unión feliz. Si cabía la posibilidad de acabar enamorándose de su esposo. Bueno, eso no tenía que preguntárselo. Porque era muy consciente de que ya estaba enamorada de él. Era absurdo seguir engañándose al respecto. La pregunta era: ¿podría amarlo también?
Y lo más importante: ¿podría él amarla a ella? ¿O al menos llegar a sentir algún tipo de afecto?
¿Lo sentiría ya?
Esa mañana todo le parecía posible. Incluso pensaba que no iba a hacer el ridículo más espantoso de su vida delante de la reina.
Y sí, esa mañana le parecía posible hasta un «felices para siempre». Le parecía incluso deseable.
El sol brillaba en un cielo despejado. Había algunas nubes en el horizonte, pero se encontraban demasiado lejos para preocuparse por ellas. La lluvia no les arruinaría la mañana.
CAPÍTULO 19
Todo salió a las mil maravillas durante la presentación de Vanessa en la corte. No llamó la atención indebida de nadie. Hizo una reverencia perfecta sin perder el equilibrio y sin desaparecer por completo, tragada por el miriñaque. Y retrocedió para alejarse de la reina sin tropezarse ni una sola vez con la cola.
Realizó todo el proceso sin dejar de mirar a la reina, conteniéndose para no pellizcarse y comprobar de esa forma que era real y no un sueño. Estaba en la misma habitación que la reina de Inglaterra. La reina la miró a la cara cuando fue presentada y le dirigió unas cuantas palabras, aunque no recordaba lo que le dijo exactamente.
Fue un alivio que todo acabara. Aunque la experiencia perduraría para siempre en su memoria.
Mientras tanto Stephen había sido presentado al príncipe de Gales, quien charló con él unos minutos. Claro que eso no tenía nada de excepcional. Al fin y al cabo, Stephen era el conde de Merton. Pero todavía le costaba trabajo asimilarlo.
¿Cómo podían haber cambiado tanto sus vidas en tan poco tiempo?
Vanessa se repetía esa pregunta una y otra vez mientras se preparaba para el baile de esa noche, un baile de la alta sociedad durante la temporada londinense. El salón de baile de Moreland House estaba decorado con innumerables flores rosadas y blancas, y con plantas de hojas verdes a fin de otorgarle la apariencia de un jardín. Las arañas que pendían del techo, con sus bóvedas pintadas de dorado, relucían con sus velas nuevas. El ambiente se había ido llenando de suculentos aromas a lo largo del día, mientras se preparaba el banquete. La orquesta, formada por músicos profesionales, ocupaba su lugar en el estrado cuando ella bajó la escalera del salón de baile después de la cena, para reunirse con Elliott, con su suegra y con Cecily a fin de recibir a los invitados.
Sus hermanos habían cenado con ellos. Margaret y Katherine ya estaban en el salón de baile. Margaret llevaba un vestido verde esmeralda y Katherine iba ataviada con un delicado vestido de muselina blanca con florecillas azules bordadas. Su aspecto era muy diferente al habituaclass="underline" estaban mucho más elegantes, más refinadas y más… espléndidas.
– Ojalá hubiera una palabra más poderosa que «guapa» -deseó mientras miraba a sus hermanas con afecto-. Porque así la usaría para describiros a las dos.