El había dado su relación por terminada. Aunque no se lo había dicho de forma explícita… tal vez. Se habían peleado en otras ocasiones y siempre habían acabado haciendo las paces.
– Soy un hombre casado, Anna -le recordó.
– Sí, pobrecillo. -Lo miró por encima del abanico-. Pero no todo está perdido. He venido para ofrecerte consuelo, en son de paz. Mañana por la tarde podría estar desocupada si es necesario. ¿Lo es?
– No me has entendido -dijo, muy consciente de que esa conversación se estaba alargando demasiado y de que ya había atraído la atención y había despertado la curiosidad de muchos-. Quiero decir que soy un hombre casado, Anna.
Ella lo miró y comenzó a mover el abanico con más fuerza.
– ¡No hablas en serio! -exclamó-. Elliott, ¡es horrorosa! ¡Es un esperpento!
– Es mi esposa -señaló con firmeza-. Buenas noches, Anna. Tengo asuntos que atender.
Se marchó hacia la sala de juegos, pero cambió de dirección en el último momento y se fue a la biblioteca. Necesitaba un poco de tiempo a solas antes de regresar con sus invitados.
Supuso que debería haberse explicado con más claridad durante su última visita a Anna. Habían estado juntos dos años. Se merecía algo más de su parte. Se merecía que terminase su relación cara a cara.
Con, en cambio… Con lo había hecho de forma premeditada. Tal vez no habría sido tan grave si el único motivo de su primo fuera irritarlo. Pero no era justo que corriera el riesgo de involucrar a Vanessa. Ni que insultara a su propia tía ni a sus primos al llevar un asunto tan sórdido a su casa.
Anna ya no estaba en el salón de baile cuando regresó unos diez o quince minutos después. Se había ido sin bailar ni una sola pieza.
Esperaba que después de esa noche todo hubiera acabado entre ellos.
Sin embargo, tal vez debería hacerle una visita formal al cabo de unos días. Anna no había hecho nada que mereciera un trato cruel, salvo quizá el asunto de los escarpines y su aparición de esa noche.
Vanessa estaba disfrutando de lo lindo. Había bailado todas las piezas, cosa muy gratificante teniendo en cuenta que era una mujer casada y que estaba rodeada por muchas damas que eran más jóvenes o más guapas que ella.
Aunque lo más importante era que Meg y Kate también habían bailado todas las piezas. Al igual que Stephen. Y Cecily, por supuesto (una de ellas con Stephen), claro que no era de extrañar. Su cuñada era joven y encantadora, y ese era su baile de presentación. También había sido educada para esa vida. Había atraído muchas miradas masculinas, y estaba rodeada por una corte de admiradores, como si ese fuera su destino.
Había llegado el momento de que la orquesta interpretara uno de los dos valses previstos. La vizcondesa viuda había decidido incluirlos en el programa a pesar de que Cecily no tenía permiso para bailarlos, ya que las jovencitas necesitaban la aprobación de las damas del comité organizador de Almack's para poder bailar un vals en público. Se decidió de antemano que Kate tampoco lo bailaría, aunque sería muy normal que Meg, dada su edad, bailara el vals si lo deseaba… y si alguien se lo pedía. Al igual que pasaba con ella, por supuesto.
Cecily y Vanessa les habían enseñado los pasos a Meg, a Kate y a Stephen, aunque tal vez fuera más acertado decir que Cecily le había enseñado a Stephen mientras que ella se había concentrado en sus hermanas.
Meg iba a bailar el vals con el marqués de Allingham ni más ni menos. Era muy gratificante, aunque Meg le sacaba media cabeza al caballero. Cecily y Kate formaban parte de un animado grupo de gente muy joven que se entretendría por sus propios medios mientras los adultos bailaban.
Vanessa esperaba que alguien la invitase a bailar. Aunque lo que de verdad deseaba era que…
– Milady, ¿llego a tiempo de lograr el honor de que baile este vals conmigo?
Ella volvió la cabeza y esbozó una sonrisa radiante, más feliz de lo que había estado en todo el día.
– Llega usted a tiempo, milord -respondió-. Será un placer bailar el vals con usted. -Le colocó la mano en el brazo-. ¡Ay, Elliott! ¿No te parece que es la noche más maravillosa del mundo?
– Es muy posible, si me permites que recapacite un poco, que recuerde alguna que otra noche igual de maravillosa. Pero no más -contestó el vizconde mientras la conducía a la pista de baile.
– Siempre dices lo mismo. -Soltó una carcajada-. Hace poco que he aprendido los pasos. Espero no pisarme el vestido. O peor aún, pisarte a ti.
– Ya sabemos que pesas una tonelada -repuso Elliott-. Si me pisas, estaré condenado a vagar por la vida con los pies aplastados.
– Media tonelada -lo corrigió-. No debes exagerar.
– Aunque si en algún momento me pisaras, me tendría por un patán y me vería obligado a regresar a casa para pegarme un tiro.
– Ya estás en casa -le recordó.
– ¡Ah!-exclamó él-. Es cierto. Bueno, entonces estoy salvado.
Una de las sorpresas más alegres de su matrimonio había sido el descubrimiento de que podía decirle tonterías a Elliott y de que él le seguiría el juego.
– ¿Sigues enfadado porque Constantine ha venido acompañado de la señora Bromley Hayes? -le preguntó-. Me ha explicado lo de su reputación, un detalle que tú ya conocías, por supuesto. Pero me ha alegrado ver que hablabas con ella, Elliott. Has sido muy amable. Se ha marchado muy pronto. Espero que no se sintiera excluida.
– No hablemos más de esa mujer ni de Con, ¿te parece? -sugirió él-. Disfrutemos del vals.
– Espero disfrutar -dijo-. No quiero…
Sin embargo, en ese momento Elliott se inclinó hacia ella para colocarle una mano en la cintura y cogerle la otra mano, de forma que por un instante creyó que estaba a punto de besarla, allí, en medio de su propio salón de baile y bajo la mirada de prácticamente media aristocracia.
– No vas a ponerte en ridículo -le aseguró Elliott-. Confía en mí. Y confía en ti misma.
Vanessa sonrió al escucharlo.
– Creo haberte dicho antes que estás preciosa. Me equivoqué.
– ¡Oh! -exclamó.
– No estás preciosa -insistió-. Estás radiante.
– ¡Oh! -repitió ella.
Y la música comenzó a sonar.
Le encantaba el vals desde que empezó a aprender los pasos. Le parecía un baile atrevido, romántico, elegante y… ¡un sinfín de cosas más!
Sin embargo, no lo había bailado en público hasta ese momento.
Y no lo había bailado nunca con Elliott hasta ese momento. Nunca había bailado el vals entre flores, perfumes y la miríada de colores de las sedas, los satenes, las muselinas y los encajes de la multitud de invitados, ni entre los destellos de las joyas y el brillo de las velas. Nunca había bailado el vals acompañada de una orquesta al completo.
Nunca había bailado el vals con el hombre al que amaba.
Porque era evidente que estaba más que enamorada de Elliott.
En cuanto comenzaron a bailar, se olvidó al punto del miedo a tropezar y a ponerse en ridículo.
Se olvidó del hecho de que no era realmente guapa, de que él no la quería de verdad. Bailó el vals y mientras lo hacía, pensó (o lo habría hecho de haber podido pensar con claridad) que nunca había disfrutado tanto en toda la vida.
Clavó la mirada en el rostro de su esposo, un rostro de tez morena, belleza clásica y ojos azules, y le sonrió. Elliott la miró a su vez, analizando sus facciones.
Se sintió radiante.
Se sintió querida.
Y sintió todo el esplendor del salón de baile mientras giraban en un torbellino de faldas, luz y color… en el que solo veía a Elliott.
Su sonrisa se ensanchó todavía más.
Y a la postre, ¡sí, por fin!, Elliott le sonrió con los ojos y sus labios esbozaron el leve asomo de una sonrisa.
Sin duda alguna fue el momento más feliz de su vida.
– ¡Oh! -Exclamó cuando quedó claro que el vals iba a tocar a su fin… y se dio cuenta de que era el primer sonido que cualquiera de los dos emitía desde que comenzaron a bailar-. ¿Va a acabar tan pronto?