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Cualquiera diría que la paz social y la paz doméstica reinaban finalmente en el palacio, envolviéndolos a todos en un mismo abrazo fraternal. No era así, transcurridos algunos días caín llegó a la conclusión de que, ahora que lilith estaba esperando un hijo, su tiempo había terminado. Cuando el niño llegue al mundo será para todos el hijo de noah, y si al principio no faltarían las más que justificadas sospechas y murmuraciones, el tiempo, ese gran igualador, se encargaría de ir limando unas y otras, sin contar con que los futuros historiadores se encargarán de eliminar de la crónica de la ciudad cualquier alusión a un cierto pisador de barro, llamado abel, o caín, o como demonios fuese su nombre, duda esta que, por sí sola, ya sería considerada razón más que suficiente para condenarlo al olvido, en definitiva cuarentena, así lo considerarían, en el limbo de esos sucesos que, para tranquilidad de las dinastías, no es conveniente airear. Este nuestro relato, aunque no tenga nada de histórico, demuestra hasta qué punto estaban equivocados o eran malintencionados los tales historiadores, caín existió de verdad, le hizo un hijo a la mujer de noah, y ahora tiene un problema que resolver, cómo informar a lilith de que su deseo es partir. Confiaba en que la condena dictada por el señor, Andarás errante y perdido por el mundo, pudiese convencerla para que aceptara su decisión de irse. Al final fue menos difícil de lo que esperaba, tal vez también porque esa criatura, formada por poco más que un puñado de células titubeantes, expresaba ya un querer y una voluntad, siendo el primer efecto haber reducido la loca pasión de los padres a un vulgar episodio de cama al que, como ya sabemos, la historia oficial ni siquiera le dedicará una línea. Caín le pidió a lilith un jumento y ella dio órdenes para que le fuera entregado el mejor, el más dócil, el más robusto que hubiese en los establos del palacio, y en esto estábamos cuando corrió por la ciudad la noticia de que el esclavo traidor y sus comparsas habían sido descubiertos y presos. Afortunadamente para las personas sensibles, esas que siempre apartan los ojos de los espectáculos incómodos, sean de la naturaleza que sean, no hubo interrogatorios ni torturas, beneficios que tal vez haya que atribuir al embarazo de lilith, pues, según la opinión fundamentada de las autoridades locales, podría ser de mal augurio para el futuro del niño en gestación no sólo la sangre que inevitablemente se derramaría, sino, y sobre todo, los desesperados gritos de los torturados. Decían esas autoridades, en general parteras de larga experiencia, que los bebés, dentro de las barrigas de las madres, oyen cuanto pasa en la parte de fuera. El resultado fue una sobria ejecución por ahorcamiento ante todos los habitantes de la ciudad, como un aviso, Atención, esto es lo mínimo que os puede suceder. Desde un balcón del palacio asistieron al acto punitivo noah, lilith y caín, éste como víctima del frustrado asalto. Quedó registrado que, al contrario de lo que determinaba el protocolo, no era noah quien ocupaba el centro del pequeño grupo, sino lilith, que de esta manera separaba al marido del amante, como si dijera que, aunque no amando al esposo oficial, a él se mantendría ligada porque así parecía desearlo la opinión pública y lo necesitaban los intereses de la dinastía, y que, estando obligada por el cruel destino, Andarás errante y perdido por el mundo, a dejar que caín partiera, a él continuaría unida por la sublime memoria del cuerpo, por los recuerdos inextinguibles de las fulgurantes horas que había pasado con él, esto una mujer nunca lo olvida, no es como los hombres, a los que todo les escurre por la piel. Los cadáveres de los facinerosos se quedarán colgados ahí donde se encuentran hasta que de ellos no queden nada más que los huesos, pues su carne es maldita y la tierra, si en ella fueran sepultados, se revolvería hasta vomitarlos una y muchas veces. Esa noche, lilith y caín durmieron juntos por última vez, ella lloró y él se abrazó a ella y lloró también, pero las lágrimas no duraron mucho, enseguida la pasión erótica se apropió de ellos y, gobernándolos, nuevamente los desgobernó hasta el delirio, hasta lo absoluto, como si el mundo no fuese más que eso, dos amantes que uno a otro interminablemente se devoran, hasta que lilith dijo, Mátame. Sí, tal vez debiera ser éste el fin lógico de la historia de los amores de caín y de lilith, pero él no la mató, la besó largamente en los labios, después se levantó, la miró una vez más y se fue a terminar la noche en la cama de portero.

6

A pesar de la oscuridad gris de la aurora, se veía que los pájaros, no las amables criaturas aladas que no tardarán mucho tiempo en soltar sus cantos al sol, sino las brutas aves rapaces, esas carnívoras que viajan de patíbulo en patíbulo, ya habían comenzado su trabajo de limpieza pública en las partes de los ahorcados que estaban expuestas, las caras, los ojos, las manos, los pies, la mitad de la pierna que la túnica no alcanzaba a cubrir. Dos lechuzas, alarmadas por el ruido de las patas del jumento, alzaron el vuelo desde los hombros del esclavo, en un tenue sonido de seda sólo perceptible por oídos expertos. Se introdujeron en vuelo raso por una callejuela estrecha, al lado del palacio, y desaparecieron. Caín tocó el jumento con los talones, atravesó la plaza pensando si también ahora se encontraría con el viejo y las dos ovejas atadas con una cuerda, y por primera vez se preguntó quién sería el impertinente personaje, Quizá sea el señor, es muy capaz, con ese gusto que tiene por aparecerse de repente en cualquier parte, murmuró. No quería pensar en lilith. Cuando en su desoladora cama de portero despertó de un sueño intranquilo, en constante sobresalto, un súbito impulso estuvo a punto de hacerlo entrar en el cuarto para una última palabra de despedida, para un último beso, y quién sabe qué podría suceder más. Todavía estaba a tiempo. En el palacio duermen, sólo lilith estará despierta, nadie se daría cuenta de la rápida incursión, tal vez sólo las dos esclavas que le abrieron las puertas del paraíso a la llegada, y ellas dirían, sonriendo, Qué bien te entendemos, abel. Después de girar en la próxima esquina dejaría de ver el palacio. El viejo de las ovejas no estaba allí, el señor, si era él, le daba carta blanca, pero ni un mapa de carreteras, ni un pasaporte, ni una recomendación de hoteles y restaurantes, es un viaje como los que se hacían antiguamente, a la aventura, o, como ya entonces se decía, a la buena de dios. Caín tocó otra vez el jumento y en poco tiempo se encontró en campo abierto. La ciudad se iba convirtiendo en una mancha parda que poco a poco, por efecto de la distancia que aumentaba a pesar del medido paso del asno, parecía hundirse en el suelo. El paisaje era seco, árido, sin un hilo de agua a la vista. Ante esta desolación era inevitable que caín recordase la dura caminata realizada después de que el señor lo expulsara del fatídico valle donde el pobre abel se quedó para siempre. Sin nada para comer, sin una gota de agua, salvo aquella que, como por milagro, acabó cayendo del cielo cuando las fuerzas del alma ya menguaban del todo y las pier ñas amenazaban con venirse abajo en cada paso. Al menos esta vez no le falta la comida, las aguaderas van llenas hasta el límite, recuerdo amoroso de lilith, que, al final, no nos salió tan mala ama de casa como por sus disolutas costumbres podría pensarse. El problema es que en todo el paisaje de alrededor no se ve ni una sombra a la que acogerse. A media mañana el sol ya es puro fuego, y el aire una tremolina que nos hace dudar de lo que nuestros ojos ven. Caín dijo, Mejor, así no necesitaré desmontar para comer. El camino subía y subía, y el jumento, que, bien vistas las cosas, de burro no tenía nada, avanzaba en zigzag, ora por aquí, ora por allá, es de suponer que el genial truco lo aprendiera de las muías, que en esta materia de ascensiones alpinas lo saben todo. Unos cuantos pasos más y la subida se acaba. Y entonces, oh, sorpresa, oh, pasmo, oh, estupefacción, el paisaje que caín tiene ahora ante sí es completamente diferente, verde con todos los verdes alguna vez vistos, con árboles frondosos y cultivados, reflejos de agua, una temperatura suave, nubes blancas flotando en el cielo. Miró hacia atrás, la misma aridez de antes, la misma sequedad, allí nada había mudado. Era como si existiese una frontera, un trazo separando dos países, O dos tiempos, dijo caín sin conciencia de haberlo dicho, como si alguien lo hubiera pensado en su lugar. Levantó la cabeza para mirar al cielo y vio que las nubes que se movían en la dirección de donde venimos se detenían en la vertical del suelo y luego desaparecían por desconocidas artes. Hay que tener en cuenta el hecho de que caín está mal informado sobre cuestiones cartográficas, incluso podría decirse que éste es, en cierto modo, su primer viaje al extranjero, por lo tanto es natural que se sorprenda, otra tierra, otras gentes, otro cielo y otras costumbres. Pues bien, todo esto puede ser cierto, pero nadie me explica la razón de que las nubes no pasen de un lado a otro. A no ser, dice la voz que habla por boca de caín, que el tiempo sea otro, que este paisaje cuidado y trabajado por la mano del hombre haya sido, en épocas pasadas, tan estéril y desolador como la tierra de nod. Entonces, estamos en el futuro, preguntamos nosotros, que hemos visto por ahí unas cuantas películas que tratan del asunto, y también leímos unos cuantos libros. Sí, ésa es la fórmula común para explicar algo así como lo que parece que ha sucedido aquí, es el futuro, nos dicen, y respiramos tranquilos, ya le colocamos el rótulo, la etiqueta, pero, en nuestra opinión, lo entenderíamos mejor todo si lo llamáramos otro presente, porque la tierra es la misma, desde luego, pero sus presentes van variando, unos son presentes pasados, otros presentes por llegar, es sencillo, cualquier persona puede entenderlo. Quien da muestras de la más profunda alegría es el jumento. Nacido y criado en tierras de secano, alimentado con paja y cardos, con el agua racionada o casi, la visión que se le ofrecía rozaba lo sublime. Qué pena que no hubiera allí nadie que supiera interpretar los movimientos de sus orejas, esa especie de telégrafo de banderas con que la naturaleza los dotó, sin pensar el afortunado bicho que llegaría el día en que querría expresar lo inefable, y lo inefable, como sabemos, es precisamente lo que está más allá de cualquier posibilidad de expresión. Feliz va también caín, ya soñando con un almuerzo en el campo, entre plantas, huidizos arroyos y pajaritos interpretando sinfonías en las ramas. Amano derecha del camino, más allá, se ve una fila de árboles de gran porte que prometen la mejor de las sombras y de las siestas. Hacia ese punto encaminó caín al jumento. El sitio parecía haber sido inventado a propósito para refrigerio de viajeros fatigados y respectivas bestias de carga. Paralela a los árboles había una hilera de arbustos tapando el estrecho camino que subía hacia la cima de la colina. Aliviado del peso de las aguaderas, el burro estaba entregado a las delicias de la hierba fresca y de alguna rústica flor solitaria, sabores estos que jamás le habían pasado por el gaznate. Caín eligió tranquilamente el menú y allí mismo comió, sentado en el suelo, rodeado de inocentes pájaros que picoteaban las migajas, en tanto que los recuerdos de los buenos momentos vividos en los brazos de lilith volvían a calentarle la sangre. Ya comenzaban a pesarle los párpados cuando una voz juvenil de muchacho lo sobresaltó, Padre, dijo el joven, y luego otra voz, de adulto de cierta edad, preguntó, Qué quieres, isaac, Llevamos aquí el fuego y la leña, pero, dónde está la víctima para el sacrificio, El señor proveerá, el señor ha de encontrar la víctima para el sacrificio. Y siguieron subiendo la cuesta. Pues bien, mientras suben y no suben, conviene saber cómo ha comenzado esto, para comprobar una vez más que el señor no es persona de la que uno pueda fiarse. Hará unos tres días, no mucho más, el señor le dijo a abraham, padre del muchachito que llevaba en la espalda el haz de leña, Llévate contigo a tu único hijo, isaac, a quien tanto quieres, vete a la región del moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes que te indicaré. El lector ha leído bien, el señor ordenó a abraham que le sacrificase al propio hijo, con la mayor simplicidad lo hizo, como quien pide un vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya, y muy arraigada. Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así. A la mañana siguiente, el desnaturalizado padre se levantó temprano para poner los arreos en el burro, preparó la leña para el fuego del sacrificio y se puso en camino hacia el lugar que el señor le había indicado, llevando consigo dos criados y a su hijo isaac. Al tercer día de viaje, abraham vio de lejos el sitio señalado. Les dijo entonces a los criados, Quedaos aquí con el burro que yo voy hasta más arriba con el niño para adorar al señor y después regresaremos hasta donde estáis. Es decir, además de ser tan hijo de puta como el señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida, que, en este caso, según el diccionario privado del narrador de esta historia, significa traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes. Llegando así al lugar del que el señor le había hablado, abraham construyó un altar y acomodó la leña encima. Después ató al hijo y lo colocó en el altar, sobre la leña. Acto seguido levantó el cuchillo para sacrificar al pobre muchacho y ya se disponía a co