rtarle el cuello cuando sintió que alguien le sujetaba el brazo, al mismo tiempo que una voz gritaba, Qué va a hacer, viejo malvado, matar a su propio hijo, quemarlo, otra vez la misma historia, se comienza por un cordero y se acaba asesinando a quien más se debería amar, Ha sido el señor quien me lo ha ordenado, se debatía abraham, Cállese, o quien mate aquí seré yo, desate ya al niño, arrodíllese y pídale perdón, Quién es usted, Soy caín, soy el ángel que le ha salvado la vida a isaac. No, no era cierto, caín no es ningún ángel, ángel es este que acaba de posarse con un gran ruido de alas y que comienza a declamar como un actor al que le acaban de dar el pie, No levantes la mano contra el niño, no le hagas ningún daño, pues ya veo que eres obediente al señor, dispuesto, por su amor, a sacrificar a tu único hijo, Llegas tarde, dijo caín, si isaac no está muerto es porque yo lo he impedido. El ángel puso cara de contrición, Siento mucho haber llegado tarde, pero no ha sido culpa mía, cuando venía hacia aquí me surgió un problema mecánico en el ala derecha, no sincronizaba con la izquierda, lo que ha dado como resultado continuos cambios de rumbo que me han desorientado, en verdad me las he visto y me las he deseado para llegar aquí, para colmo no me habían explicado bien cuál de estos montes era el del sacrificio, si he llegado ha sido por un milagro del señor, Tarde, dijo caín, Vale más tarde que nunca, respondió el ángel con fatuidad, como si acabara de enunciar una verdad primera, Te equivocas, nunca no es lo contrario de tarde, lo contrario de tarde es demasiado tarde, le respondió caín. El ángel murmuró, Eres un racionalista, y, como todavía no había terminado la misión que le había sido asignada, soltó el resto del recado, He aquí lo que me mandó decir el señor, Ya que has sido capaz de hacer esto y no dudaste en matar a tu propio hijo, juro por mi buen nombre que he de bendecirte y he de darte una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo o como las arenas de la playa y ella tomará posesión de las ciudades de sus enemigos, y más, a través de tus descendientes se han de sentir bendecidos todos los pueblos del mundo, porque tú obedeciste mi orden, palabra del señor. Así son, para quien no lo sepa o finja ignorarlo, las cuentas dobles del señor, dijo caín, si en una hay ganancia, en la otra no pierde, en cualquier caso no entiendo cómo van a ser bendecidos todos los pueblos del mundo sólo porque abraham obedeciera una orden estúpida, A eso lo llamamos nosotros en el cielo obediencia debida, dijo el ángel. Cojeando del ala derecha, con mal sabor de boca por el fracaso de su misión, la celestial criatura se fue, abraham y el hijo también van ya de camino al lugar donde los esperan los criados, y ahora, mientras caín coloca las aguaderas en el lomo del jumento, imaginemos un diálogo entre el frustrado verdugo y la víctima salvada in extremis. Preguntó isaac, Padre, qué mal te he hecho para que quisieras matarme, a mí que soy tu único hijo, Mal no me has hecho, isaac, Entonces por qué quisiste cortarme el cuello como si fuese un borrego, preguntó el chiquillo, si no hubiera aparecido ese hombre, a quien el señor cubra de bendiciones, para sujetarte el brazo, estarías ahora llevando un cadáver a casa, La idea fue del señor, que quería la prueba, La prueba de qué, De mi fe, de mi obediencia, Y qué señor es ese que ordena a un padre que mate a su propio hijo, Es el señor que tenemos, el señor de nuestros antepasados, el señor que estaba aquí cuando nacimos, Y si ese señor tuviera un hijo, también lo mandaría matar, preguntó isaac, El futuro lo dirá, Entonces el señor es capaz de todo, de lo bueno, de lo malo y de lo peor, Así es, Si tú hubieras desobedecido la orden, qué habría sucedido, Lo que el señor suele hacer es mandar la ruina o una enfermedad a quien le falla, Entonces el señor es rencoroso, Creo que sí, respondió abraham en voz baja, como si temiese ser oído, para el señor nada es imposible, Ni un error, ni un crimen, preguntó isaac, Los errores y los crímenes sobre todo, Padre, no me entiendo con esta religión, Haz por entenderte, hijo mío, no tendrás otro remedio, ahora voy a hacerte una petición, una humilde petición, Cuál, Que olvidemos lo que ha pasado, No sé si seré capaz, padre, todavía me veo sobre la leña, atado, y tu brazo levantado, con el cuchillo reluciente, El que estaba ahí no era yo, en mi perfecto juicio nunca lo haría, Quieres decir que el señor enloquece a las personas, preguntó isaac, Sí, muchas veces, casi siempre, En cualquier caso, quien tenía el cuchillo en la mano eras tú, El señor lo había organizado todo, en el último momento intervendría, viste al ángel que apareció, Llegó con retraso, El señor habría encontrado otra manera de salvarte, probablemente sabía que el ángel se iba a atrasar y por eso hizo aparecer a ese hombre, Caín se llama, no olvides lo que le debes, Caín, repitió abraham obediente, lo conocí antes de que tú hubieras nacido, El hombre que salvó a tu hijo de ser degollado y quemado en el haz de leña que él mismo transportó sobre la espalda, Eso no te ha pasado, hijo mío, Padre, la cuestión, aunque a mí me importe mucho, no es tanto que yo haya muerto o no, la cuestión es que estamos gobernados por un señor como éste, tan cruel como baal, que devoró a sus hijos, Dónde has oído ese nombre, La gente sueña, padre. Estoy soñando, dijo también caín cuando abrió los ojos. Se había dormido montado en el jumento y de repente se despertó. Estaba en medio de un paisaje diferente, con algunos árboles raquíticos aquí y allá y tan seco como la tierra de nod, aunque seco de arena, no de cardos. Otro presente, dijo. Le pareció que éste debía de ser más antiguo que el anterior, en el que le había salvado la vida al muchachito llamado isaac, lo que demostraba que tanto podía avanzar como retroceder en el tiempo, y no por voluntad propia, pues, hablando francamente, se sentía como quien más o menos, sólo más o menos, sabe dónde está, pero no hacia dónde se dirige. Este lugar, por poner un pequeño ejemplo de las dificultades de orientación a las que caín se va enfrentando, tiene todo el aspecto de ser un presente que pasó hace mucho tiempo, como si el mundo todavía se encontrase en las últimas fases de construcción y todo tuviera un aspecto provisional. A lo lejos, qué oportuna imagen, a la vera misma del horizonte, se distinguía una torre altísima con la forma de un cono truncado, es decir, una forma cónica a la que le hubieran cortado la parte superior o a la que todavía no se la hubieran colocado. La distancia era grande, pero a caín, que tenía excelente vista, le pareció que había gente moviéndose alrededor del edificio. La curiosidad le hizo espolear al animal para que acelerara el paso, pero luego la prudencia le obligó a disminuir la velocidad. No tenía la certeza de que se tratara de gente pacífica, y, aunque lo fuese, quién sabe lo que podría sucederle a un burro con las aguaderas cargadas de alimentos de la mejor calidad ante una multitud de personas, por necesidad y tradición, dispuestas a devorar todo cuanto se les apareciese por delante. No las conocía, no sabía quiénes eran, pero no resultaba nada difícil pronosticar el final. Tampoco podía dejar allí al burro, atado a uno de estos árboles como algo sin importancia, pues se arriesgaría a no encontrarlo a la vuelta, ni al animal, ni la comida. La cautela mandaba que tomase otro camino, que se dejara de aventuras, en fin, por decirlo con otras palabras, que no desafiase al destino. La curiosidad, sin embargo, tuvo más fuerza que la cautela. Disimuló lo mejor que fue capaz la parte superior de las aguaderas con ramas de árboles, como si de comida para el animal se tratase, y, alea jacta est, puso rumbo directo hacia la torre. A medida que se aproximaba, el ruido de voces, primero tenue, iba creciendo y creciendo hasta transformarse en perfecta algazara. Parecen locos, locos de atar, pensó caín. Sí, estaban locos de desesperación porque hablaban y no conseguían entenderse, como si estuvieran sordos, y gritasen cada vez más alto, inútilmente. Hablaban lenguas diferentes y en algunos casos se reían y burlaban unos de otros como si la lengua de cada uno fuera más armoniosa y más bella que la de los demás. Lo curioso del caso, y esto todavía no lo sabía caín, es que ninguna de esas lenguas existía antes en el mundo, todos los que allí se encontraban tenían un solo idioma de origen y se comprendían sin la menor dificultad. Tuvo la suerte de toparse con un hombre que hablaba hebreo, lengua que le había caído en suerte, en medio de la confusión creada y de la que caín ya era consciente, con gente expresándose, sin diccionarios ni intérpretes, en inglés, en alemán, en francés, en español, en italiano, en euskera, algunos en latín y griego, e incluso, quién podría imaginarlo, en portugués. Qué guirigay es éste, preguntó caín, y el hombre le respondió, Cuando vinimos de oriente para asentarnos aquí, hablábamos todos la misma lengua, Y cómo se llamaba, quiso saber caín, Como era la única que había no necesitaba tener un nombre, era la lengua, nada más, Qué sucedió después, A alguien se le ocurrió hacer ladrillos y cocerlos al horno, Cómo los hacía, preguntó el antiguo pisador de barro, sintiendo que estaba con su gente, Como siempre se han hecho, con barro, arena y piedrecitas pequeñas, como argamasa usábamos el alquitrán, Y luego, Luego decidimos construir una ciudad con una gran torre, esa que ves ahí, una torre que llegase al cielo, Para qué, preguntó caín, Para hacernos famosos, Y qué sucedió, por qué está la construcción parada, Porque el señor vino a inspeccionar y no le gustó, Llegar al cielo es el deseo de todo hombre justo, el señor incluso debería haber echado una mano en la obra, Hubiera sido bueno, pero no fue así, Entonces, qué hizo, Dijo que después de habernos puesto a hacer la torre ya nadie nos podría impedir que hiciéramos lo que quisiéramos, por eso nos confundió las lenguas y a partir de ese instante, como ves, dejamos de entendernos, Y ahora, preguntó caín, Ahora no habrá ciudad, la torre no se terminará y nosotros, cada uno con su lengua, no podremos vivir juntos como hasta ahora, Lo mejor será dejar la torre como recuerdo, tiempos vendrán en que se harán excursiones de todas partes para ver las ruinas, Probablemente ni ruinas habrá, hay por ahí quien le ha oído decir al señor que cuando ya no estemos aquí mandará un gran viento para destruirla, y lo que el señor dice, lo hace, Los celos son su gran defecto, en vez de estar orgulloso de los hijos que tiene, prefiere dejar que lo venza la envidia, está claro que el señor no soporta ver a una persona feliz, Tanto trabajo, tanto sudor, para nada, Qué pena, dijo caín, sería una bonita obra, Pues sí, dijo el hombre, ahora con los ojos golosos clavados en el burro. Hubiera sido para él una conquista fácil de haber pedido el auxilio de los compañeros, pero el egoísmo pudo más que la inteligencia. Cuando esbozó un movimiento para echarle mano al asno, el burro, ese mismo que salió de las cuadras de noah con reputación de dócil, marcó una especie de paso de baile con las patas delanteras y girando los cuartos traseros dio un par de coces que acabaron con el pobre diablo en el lodo. Aunque había actuado en legítima defensa, el burro tuvo inmediata conciencia de que sus buenas razones no serían admitidas por la masa que, bramando en todas las lenguas habidas y por haber, avanzaba para saquear las aguaderas y transformarlo a él en albóndigas. Sin necesitar del estímulo de los talones del caballero, arrancó con un trote vivo y luego con un galope del todo inesperado, vista su naturaleza asnina, de animal seguro pero al que, en principio, no se le pueden pedir prisas. Los asaltantes tuvieron que resignarse a verlo desaparecer en medio de una nube de polvo, que acabaría teniendo otra importante consecuencia, la de hacer pasar a caín y a su montura a otro presente futuro en este mismo lugar, pero limpio de los osados rivales del señor, dispersos por el mundo porque ya no tenían otra lengua común que los mantuviese unidos. Imponente, majestuosa, la torre allí estaba, a la vera del horizonte, y, aunque inacabada, parecía capaz de desafiar a los siglos y a los milenios, cuando, de repente, estaba y dejó de estar. Se cumplía así lo que el señor anunció, que enviaría un gran viento que no dejaría piedra sobre piedra ni ladrillo sobre ladrillo. La distancia no le permitió a caín notar la violencia del huracán soplado por la boca del señor ni el estruendo de los muros derrumbándose uno tras otro, los pilares, las arcadas, las bóvedas, los contrafuertes, por eso la torre parecía desmoronarse en silencio, como un castillo de cartas, hasta que todo acabó en una enorme nube de polvo que subía al cielo y no dejaba ver el sol. Muchos años después se dirá que allí cayó un meteorito, un cuerpo celeste de los muchos que vagan por el espacio, pero no es verdad, fue la torre de babel que el orgullo del señor no permitió que terminásemos. La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él.