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Henry se pasó varios días maldiciendo, lavando y planchando billetes antes de que se decidiera el internamiento de Leo en el hospital. Por ironías del destino, aquello ocurrió justamente el 1 de mayo de 1975. El taxista fue de gran ayuda, y Leo dejó que entre ambos lo bajaran hasta el coche sin protestar. Por desgracia, el taxi quedó atrapado en un embotellamiento por una manifestación que en ese momento pasaba por la calle Horn. Era primero de mayo y más de cincuenta mil personas se dirigían hacia la plaza de Norra Bantorget para celebrar la victoria en Vietnam. Era un día histórico.

Leo Morgan, estrella infantil, poeta, provie, filósofo y reportero fracasado, no se percató de la manifestación. Ya estaba sumido por completo en su silencio.

Duraría más de un año.

Caballeros

Estocolmo, otoño de 1978

Posiblemente hoy luzca el sol sobre Estocolmo, en este día de principios de verano en Suecia, en el Año Internacional del Niño, el año de las elecciones de 1979. Reina la calma y todo parece refulgir con una especie de calidez. Sin embargo, este vasto apartamento sigue tan frío y sombrío como siempre. Las cortinas y los visillos han permanecido echados durante semanas, tal vez meses.

«Sé mi Boswell» era una de las exhortaciones más habituales de Henry Morgan cuando estábamos sentados frente a la chimenea en las butacas Chippendale -¡cuántos fuegos habríamos encendido y visto morir durante ese invierno!-, y al decirla saboreaba las palabras, disfrutaba escuchando su propia voz, la de una persona de mundo y un maestro en el arte de la conversación, embriagado por sus magníficas cualidades y por un buen vino o un coñac barato. Aquello exigía de mi parte un ejercicio de paciente escucha. Yo permanecía sentado dejando que mi vista se posara sobre la pareja de figuras de porcelana de Fábricas Gustafsberg que flanqueaban la chimenea. No sabía a cuál de las dos debía prestar más atención, si a la Verdad o a la Mentira. Una era hermosa, la otra divertida, por decir algo.

Por fortuna puedo encomendarme bastante a mi memoria, ya que soy tan bueno escuchando como Henry mintiendo. Él salpicaba sus historias con fantasías que pertenecían a otro mundo, tal vez a una época ya desaparecida. Los dos hermanos Morgan eran auténticos anacronismos. Si hubiera existido una Revista del Caballero como en los tiempos del doctor Johnson, yo podría haber ejercido sin duda como corresponsal. Sin embargo, ya no hay lugar para tales pretensiones. Como tampoco lo hay para Henry ni Leo Morgan.

Siempre he sentido cierta admiración por los mitómanos mentirosos, de los cuales hay muchos tipos. Hay mitómanos que se van creciendo, y comienzan contando una pequeña anécdota inocente que se expande hasta convertirse en una historia totalmente inverosímil; y luego hay mitómanos más modestos, que viven una existencia llena de pequeñas mentiras piadosas y cotidianas que no lograrían impresionar ni a un chiquillo dado al embuste. A nadie le apetece llevarles la contraria, y mucho menos a mí.

El escritorio de caoba de esta magnífica biblioteca en penumbra empieza a estar atiborrado de libros, pequeñas notas y montones de folios que literalmente han salido rodando de mi máquina de escribir. Apenas quedan a la vista unos pocos fragmentos de la superficie de madera de apagado brillo bajo el polvo, las manchas de café y la ceniza de los cigarrillos. La papelera, decorada con misteriosas cartas de Tarot, está llena de paquetes de Camel vacíos y arrugados. La sala hiede a una improblable mezcla de inmundicia animal y gran literatura. T. S. Eliot se hubiera encontrado a sus anchas.

Hace ya mucho que soy incapaz de distinguir en qué día o qué fecha vivo, o cuánto tiempo llevo recluido en mi exilio autoimpuesto. El teléfono está silencioso, desconectado. La puerta de entrada al apartamento sigue parapetada. El vestíbulo está inundado de propaganda y periódicos que debo sortear cada vez que tengo que ir al baño o simplemente plantarme frente al espejo dorado con querubines para examinar mi imagen, que ha sufrido una espectral transformación.

Repulsivo es lo que sigo siendo. Mi pelo bajo la ridícula gorra inglesa de tweed ha vuelto a crecer y ha empezado a salirme una barba rala, que parece que en cualquier momento fuera a desprenderse de mi demacrado rostro. Pero soy incapaz de controlar los leves tics bajo los ojos. En ocasiones pueden resultar encantadores; en otras desfiguran por completo mi rostro, lo cual me desquicia enormemente, ya que me recuerdan el precio que he tenido que pagar por todo este asunto. Pero apenas tengo veinticinco años. Creo que soy demasiado joven para darme por vencido o para constatar con resignación que ya he hecho todo lo que tenía que hacer, que ha pasado mi momento, que estoy acabado.

En medio del revoltijo de la correspondencia se distinguen algunos sobres blancos y marrones. Me interesan tan poco como el verano que se respira afuera. Las personas a las que van dirigidos siguen ausentes, desaparecidas sin rastro, sin que nadie se moleste siquiera en buscarlas. Ellos viven solo a través de esta respiración artificial mía, una especie de bolsa literaria con bolas de naftalina para su eterna conservación. Tengo que continuar mientras pueda hacerlo, incluso aunque me desmorone, mientras aún pueda verlos con relativa claridad en medio de la febril neblina que se alza frente a mí, mientras todavía logre escuchar sus voces y mientras aún pueda sentir su amor y su odio centelleando a través de este apartamento tan lúgubre.

En uno de los periódicos que hay en el vestíbulo he descubierto recientemente una fotografía de alguien que guarda cierto parecido con Henry Morgan. Se trata de un lanzador de pesos de Alemania del Este que al parecer es el plusmarquista mundial de su especialidad. Algo en aquella repugnante bestia gargantuesca me recordaba al refinado caballero Henry Morgan. Tal vez fueran el peinado y su poderoso cuello. Por cierto, el récord mundial está establecido en 22,15 metros.

Podría llenar fácilmente todas estas estanterías de la biblioteca con escritos y relatos sobre los hermanos Morgan. Sería un monumento digno de ellos. Sin duda su enemigo está tras mi pista.

El almanaque de adviento era un modelo anticuado, polvoriento y descolorido, con el desvaído fulgor de la estrella que en la profunda y oscura noche sagrada mostraba el camino a Belén. Fuera del pesebre, en cuyo interior una exhausta María y un orgulloso José cuidaban del pequeño que aún no tenía nombre, se arrodillaban los tres reyes magos que habían llegado desde Oriente portando sus regalos: oro, incienso y mirra. Eran tres hombres buenos y sabios que muy pronto engañarían al despiadado Herodes para salvar al Hijo del Hombre. El rey burlado se enfurecería, se oiría el espantoso grito de las madres que lloraban a sus hijos asesinados, pero los reyes magos se marcharían libres. Su sabiduría los hacía invulnerables.

El almanaque de adviento colgaba en la cocina del enorme apartamento de la calle Horn de Södra Malmen, en Estocolmo, en 1978, donde tres hombres muy sabios seguían buscando alguna señal procedente del cielo. Se trataba de los hermanos Henry y Leo Morgan y de un servidor, su humilde y en muchos aspectos secreto biógrafo. A finales de noviembre de aquel sombrío otoño, Henry había encontrado el calendario en un viejo estanco que vendía restos de mercancías de los cincuenta, y lo clavó con alfileres en el tablón de la cocina. Dijo que era una imagen de nosotros. Éramos tres emisarios, tres caballeros que se habían prestado a llevar sobre sus espaldas la carga de dolor que aliviaría a la humanidad de sus sufrimientos. Pero nosotros no seríamos destruidos, porque también éramos invulnerables en nuestra sabiduría.