– ¡Joder, qué bien me siento! -dijo Henry cuando Greger y Birger se marcharon tras varias horas de deliberaciones y buenos tragos.
Leo no había conseguido desanimarnos y regresó a su nube de incienso. Henry y yo nos sentíamos en plena forma.
– ¡Esto se merece toda una noche de fiesta!
– Y que lo digas -convino Henry-. Pero antes tenemos que ver lo que nos queda en caja.
Tras un cálculo algo dudoso, decidimos que nos daba para una pequeña juerga esa noche. A Henry se le ocurrió una idea geniaclass="underline" llamaríamos a Kerstin, la hija del rey de las quinielas, la que llevaba una furgoneta de reparto de Pickos. La única manera de calificar aquello era de idea genial, y yo me ofrecí a llamar a Kerstin. Ella estaba en casa y aceptó de muy buen grado venir a cenar, y todo parecía demasiado bueno para ser verdad, pero era verdad.
Fuimos a toda prisa al centro de la ciudad para comprar en Åhléns exquisiteces como cangrejos, angulas, salami, quesos para untar, surtido de patés y otros manjares que permitieran alegrar una noche fría y lúgubre, por lo que respectaba al clima, de finales de noviembre. Henry llevaba puesto aún su mugriento mono azul y yo ni siquiera me había lavado las manos después del derrumbe, de modo que la gente debía de tomarnos por dos reclusos desesperados que acababan de fugarse y estaban fundiéndose el poco dinero que tenían para comer decentemente antes de que la policía los encontrara y volviera a encerrarlos.
Después regresamos rápidamente a casa para lavarnos, afeitarnos y vestirnos con ropa más apropiada. Henry se sentía tan generoso que incluso le preguntó a Leo si quería unirse a nosotros, pero Leo había pensado ir al cine. Kerstin sería solo para nosotros, o eso creíamos.
Poco antes de las ocho Henri le gourmet ya había dispuesto otra gloriosa y artística mesa. Era todo un placer para la vista, y Henry no había omitido ningún detalle. El arreglo estaba coronado por un magnífico centro de mesa con forma de palmera y decorado con piñas pequeñas, que confería al conjunto un aire de La Riviera, de clásico casino mediterráneo.
Kerstin llegó con la preceptiva demora y de muy buen humor. Henry nos sirvió a cada uno un Palm Breeze a base de ron, Chartreuse y licor de cacao, una bebida que, según el barman, había ganado un certamen de cócteles en Londres en 1949.
– Seguramente habré preparado varios centenares de estos cócteles Palm Breeze cuando estaba en… -empezó Henry, y luego prosiguió con su perorata ante una impávida Kerstin, que desprendía un fuerte aroma a agua de colonia.
– Sea como sea, está muy bueno -dijo cuando despertó por fin del somnífero monólogo de Henry.
– Solo hay un pequeño detalle -repuso Henry-. Estás muy guapa esta noche, Kerstin, pero ¡no se masca chicle cuando estás tomando un cóctel!
– Perdón -dijo ella, avergonzada, y escupió el chicle en la mano-. Siempre estoy mascando chicle.
– Y lo haces de una manera encantadora. Hay mucha gente a la que no le favorece nada mascar chicle, pero no es tu caso.
– Bueno, ya está bien -me vi obligado a intervenir.
– Lo que tú digas, Klasa -dijo el anfitrión, y levantó las manos como si lo atracaran.
– Eso ha sido una grosería.
– No discutáis, chicos -dijo Kerstin-. ¿Puedo ver la casa?
– Klasa le enseñará la casa a la señorita mientras yo me encargo de todo en la cocina -dijo Henry, y desapareció.
La cena transcurrió de acuerdo a un ritual tal vez algo rígido pero aun así muy digno. Los manjares estaban exquisitos y los diversos vinos, soberbios. Sobre todo, contribuyeron a que el anfitrión se olvidara un poco de los formalismos.
Kerstin mascó chicle ya con los cafés, pero ni a Henry ni a mí nos apetecía seguir incordiándola. Los tres nos sentíamos bastante saciados después del ágape y nos sentamos en sendas butacas del salón para digerir la comida con los pies sobre un escabel. Entre la pareja de figuras de la Verdad y la Mentira, el fuego de la chimenea siseaba y crepitaba en un adormecedor y anestesiante concierto.
Sin duda Henry se sentía muy satisfecho consigo mismo. Siempre que se sentía satisfecho consigo y con sus actos, aparecía en su rostro una expresión especialmente bobalicona. Era como si sus ojos se alargaran, convirtiéndose en estrechas ranuras. Había conversado, servido y entretenido a sus invitados durante varias horas como un perfecto anfitrión, y ahora se merecía sentarse frente al fuego con una taza de café y una copa de coñac.
– Sois un par de pájaros raros -dijo de pronto Kerstin con un suspiro, sin venir a cuento.
– Pájaros, pájaros -repitió Henry-. No estoy de acuerdo en eso. Aquí arriba vivimos prácticamente como monjes.
– Monjes, monjes -repetí yo.
– ¡Maldita sea, Klasa! -exclamó Henry repentinamente-. ¿Sabes qué deberíamos hacer ahora, lo sabes?
– Quedarnos aquí tranquilos, diría yo.
– La canción… -susurró él-. «Muchacha con lentillas y brazalete de luto.»
– ¡Claro!
Nos acabamos deprisa el café y el coñac y engatusamos a Kerstin para que nos acompañara al salón con el piano de cola de Henry. Le pedimos que se sentara en el diván con borlas negras, encendimos un par de velas para crear ambiente y buscamos las hojas de aquella canción que habíamos compuesto el día de Todos los Santos en honor a Kerstin. Para entonces casi la habíamos olvidado, y cuando Henry carraspeó y tocó los primeros acordes al piano parecía un poco incómodo. En cambio, Kerstin se veía muy divertida.
Henry the entertainer interpretó toda la canción sin cometer un solo error. Tal vez sonara algo rígido, pero no le faltaba sentimiento. Kerstin se sintió profundamente conmovida por el tributo y aplaudió con los ojos vidriosos. Nos abrazó y besó a los dos, y sus labios sabían a chicle Stimurol.
– Otra vez… Me gustaría escucharla una vez más -rogó Kerstin-. Nunca antes me habían compuesto una canción, por favor…
Henry no pudo negarse y volvió a interpretar «Muchacha con lentillas y brazalete de luto». Nuestra musa saboreó cada una de las palabras sobre aquella maravillosa hija del rey de las quinielas de vista defectuosa y enlutada. Después regresamos al salón para beber whisky, echar más leña al fuego de la chimenea y charlar sobre amigos y enemigos comunes. No logramos encontrar a ningún amigo en común, pero sí descubrimos que los tres estábamos muy bebidos.
En ese momento Leo llegó a casa. Pasaba bastante de la una de la madrugada y venía del cine. Saludó a Kerstin con inusual cortesía y los ojos de la joven no se apartaron de él durante un buen rato. Leo se sirvió un whisky y encendió un cigarrillo junto a la mesa de ajedrez, porque de pronto había sentido el impulso de hacer la jugada de la semana contra Lennart Hagberg, de Borås.
Henry estaba francamente animado, y empezó a elogiar a su hermano hablando de sus poemas y de su asombroso dominio del ajedrez.
– Siempre he querido aprender a jugar al ajedrez -dijo Kerstin.
– Pues ahí tienes a un genio que puede enseñarte -dijo Henry, cabeceando en dirección a Leo.
Kerstin no era especialmente tímida y se dirigió hacia donde estaba el genio, que por una vez se mostró sociable y comenzó a explicarle cómo se movían las piezas. También le mostró la jugada de la semana, por qué había decidido ese movimiento y cuál podría ser la reacción de su oponente.
Henry bostezaba sonoramente mientras que yo seguía sentado en mi butaca, dando cabezadas. Había sido un día muy complicado, la cena estaba pasando factura y el whisky no ayudaba mucho. Muy pronto solo escuchaba el quedo siseo de Henry durmiendo y el de un fuego que crepitaba. Desde el rincón de la mesa de ajedrez llegaba un murmullo lejano, las voces de Kerstin y Leo que se oían como amortiguadas desde una casa vecina. El fuego proyectaba su cálida y serena luz sobre las butacas, y yo también caí dormido.