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El salón estaba extremadamente frío cuando me desperté. Henry estaba frente a mí, dándome pataditas en los pies para que me espabilara. El alba se abría paso a través de la estancia como un fantasma, inundándola con aquel singular claroscuro que en ocasiones puede resultar tan deprimente. Sin embargo, en ese momento no resultaba desolador, sino más bien agradable.

– Kerstin… -murmuró Henry.

– Mmm… ¿Qué le pasa?

– Ella y Leo -dijo él, y chasqueó la lengua-. Al final han sido ellos los que se han enrollado.

– Mejor para él -respondí hoscamente.

– Es una manera de verlo -dijo Henry, encogiéndose de hombros malhumorado-. Voy a encender la chimenea.

Solo eran las siete de la mañana, y lo primero que hicimos fue entrar en calor antes de hablar siquiera de preparar algo de desayuno. Para entonces ya no tenía sentido acostarse, porque eso echaría a perder el resto del día. Lo mejor era iniciar ya la jornada, como si no hubiera pasado nada.

En la cocina estaban aún todos los platos sucios del día anterior, así que respiramos hondo y nos pusimos manos a la obra. Al cabo de una hora habíamos limpiado y preparado un desayuno monumental, con su correspondiente reconstituyente. Acabábamos de sentarnos a la mesa en paz y tranquilidad con nuestro periódico matutino en el regazo cuando oímos unas pisadas que salían del lavabo, y un instante después aparecía en la cocina una Kerstin con cara cansada y ojerosa. Parecía bastante avergonzada, pero nosotros tratamos de animarla porque lo que había sucedido no tenía ninguna importancia. Más bien al contrario. Se tomó el desayuno con un apetito voraz y luego tuvo que salir corriendo hacia su trabajo. Probablemente alguien la habría llamado por el busca.

– Sois los dos tan dulces… -repetía una y otra vez-. No estáis enfadados por lo que pasó, ¿verdad?

– ¿Enfadado? -dijo Henry con énfasis, como un actor herido-. ¿Yo, enfadado?

Kerstin sonrió alegremente y nos dio a cada uno un beso en el que se combinaban los buenos días, el agradecimiento y la despedida antes de recoger sus pertenencias, que estaban esparcidas por todo el apartamento. Solo Dios sabe lo que habrían hecho aquella noche.

– Ah, por cierto, me encantaría tener esa canción -dijo finalmente desde el umbral de la puerta-. En una cinta. ¿No podéis grabarla en un casete?

– Seguro que sí -dijo Henry.

– Así podré escucharla en la furgoneta y pensar en todos vosotros.

Kerstin desapareció y Henry me miró por encima del periódico con una sonrisa boba.

– Las pavas también son pájaros, ¿sabes? -dijo imitando a aquel estúpido ornitólogo del que la gente se reía unos quince años atrás.

Arrojé un pedazo de queso a la cabeza de aquel idiota.

Por una vez Leo se levantó antes de la hora del almuerzo, y fue recibido en la cocina con callados suspiros y silbiditos. Él también parecía avergonzado, pero también orgulloso y un tanto irritado. Había tenido problemas con el chicle de Kerstin. Se le había pegado en un lugar donde por nada del mundo debería haberse pegado.

Alguien cuchicheaba frente a la puerta de mi dormitorio, tan bajo que apenas se oía, pero lo suficientemente alto para despertarme. Lo cierto es que, desde la más corta infancia, uno se vuelve especialmente sensible a determinadas festividades y ocasiones especiales, y que ese sentimiento mágico te acompaña durante el resto de tu vida desde el calendario. Era la fiesta de Santa Lucía. Henry había abierto doce ventanillas en el almanaque de adviento de los reyes magos y yo acababa de abrir mis ojos nublados para mirar el despertador. Pasaban unos minutos de las seis de la mañana y había dormido solo unas horas porque la noche anterior había sido larga e intensa.

El cuchicheo continuaba en el corredor y yo trataba medio adormilado de distinguir las voces. Creo que oí una voz de mujer, una Lucía, pero si lo era no tenía ni idea de quién podía ser. Como ya he dicho, había sido una noche bastante ajetreada, que comenzó con una gran fiesta en Strandvägen en honor a los galardonados con el premio Nobel de ese año. Para mi enorme sorpresa, había sido invitado en calidad de joven literato y me sentía profundamente halagado, por no hablar de la reacción de Henry Morgan. Cuando llegó la invitación hacía una semana, el impenitente chismoso había leído cada una de las palabras de la tarjeta por encima de mi hombro, el mismo hombro que luego golpearía con toda su fuerza como muestra de felicitación. Esa era la confirmación, según él, de que yo formaba parte de lo más selecto, de la flor y nata de nuestra vida cultural, e insistió en que el mío era un nombre que tener en cuenta en el futuro. A mí no me sucedería como a Leo. Sin embargo, no conseguí averiguar quién me había invitado, porque, que yo supiera, el señor Isaac Bashevis Singer y yo no habíamos sido presentados.

En cualquier caso, fue una fiesta magnífica. Perdido entre el gentío y, por supuesto, escudado tras una copa de champán, me encontré con el editor Torsten Franzén, y entonces caí en la cuenta. Fue él quien me había invitado. Franzén iba acompañado por su elegante esposa, quien adoraba todo lo que yo había escrito y adoraba todo lo que el señor Singer había escrito.

– ¿Aún no has hablado con él? -exclamó la señora Franzén con un graznido y salpicando un poco de champán sobre la manga de mi chaqueta-. ¡Debes hacerlo! ¡Es una persona realmente fantástica, sencillamente maravillosa!

– Estoy seguro de ello -dije.

– Tienes que contarme cómo llevas La habitación roja -dijo el editor Franzén-. ¿Has avanzado mucho?

– Bastante.

– ¿Y cuándo podrás entregarlo?

– ¿Y cómo quieres que lo sepa? ¿Te parece este un buen lugar para hablar de negocios?

– Solo tengo noticias tuyas cuando necesitas un adelanto. ¡Y yo tengo que saber cómo va el libro!

– Va bien -respondí-. Condenadamente bien.

– Ya has recibido una suma considerable en concepto de adelantos y la gente empieza a ponerse nerviosa, ya sabes. Yo también tengo superiores a los que rendir cuentas.

– Eso ha sido muy ingenuo por tu parte, Torsten. Jodidamente ingenuo -repuse, mirándolo fijamente a los ojos-. Nunca he oído a un jefe reconocer que tiene superiores a los que rendir cuentas salvo si empieza a mascarse la tragedia.

– Klas, es que pronto va a ser una tragedia. El libro debería estar en las librerías en primavera, preferiblemente en abril, después de las grandes rebajas. Quedan cuatro meses.

Empecé a sentirme presionado, y hacía tanto calor allí dentro que el sudor empezó a rodar por mis mejillas y me había quedado sin champán en mi copa. Franzén me había arrinconado en una esquina sofocante y yo no podía defenderme más que con golpes desesperados en forma de falsas promesas y múltiples excusas, hasta que de pronto llegó mi salvación materializada en la figura de un embajador judío que, con el brillante vestido de la señora Franzén reluciendo detrás de él, se dirigió a mí en inglés.

– Es usted un joven escritor, ¿verdad? Entonces debe conocer al señor Singer. Todos los jóvenes escritores deberían conocer al señor Singer.

– Sí, claro. Me encantaría conocerlo.

El embajador me condujo a través del mar de gente hasta el anciano menudo y atento que miraba con ojillos curiosos desde una esquina. Se le veía bastante agotado después de haber atravesado un océano de manos estrechadas, desde la Costa Este de Norteamérica hasta el mar Báltico en Europa.

– Le presento a un joven escritor sueco -dijo el embajador en inglés, y me empujó frente al oráculo.

– Hola, señor Singer -saludé en el mismo idioma.

– Hola, joven escritor -dijo el Mago-. ¿Vive usted aquí? -continuó él, y sin darme tiempo a responder añadió-: Soy Isaac Bashevis Singer y vivo en Nueva York. Estoy encantado de conocerle.

Y eso fue todo, porque en el mismo instante en que nos estrechábamos la mano aterrizó un buitre con collar de perlas que clavó sus garras sobre el hombro del hombrecillo ratonil, al tiempo que lo colmaba de halagos y frases lisonjeras. Plantó un bolígrafo en la mano del escritor y deletreó su nombre, que posiblemente aparecía tanto en el registro de la nobleza como en el patrimonial. Quería tener un libro dedicado a toda costa.