Después de aquello, el resto de la fiesta se difuminó en champán, humo, cócteles y canapés israelíes de sabor exquisito aunque sin grandes extravagancias. Entre una cosa y otra, y después de hacer una ronda nocturna por los bares de la ciudad, me encontraba ahora echado en la cama, en aquella mañana de Santa Lucía, escuchando aquellos murmullos frente a mi puerta.
Muy pronto aquel nervioso cuchicheo se metamorfoseó en la bella canción de santa Lucía, hermosamente interpretada. La puerta se abrió y el dormitorio se llenó con aroma a velas, café recién hecho, bollos de azafrán recién horneados y galletas de jengibre. Henry hacía de niño de la estrella, con el cucurucho en la cabeza y la varita y demás, mientras que Kerstin hacía de Lucía. Resultó algo tan sorprendente como conmovedor. Me incorporé en la cama y recibí a la comitiva como un complacido maestro de escuela.
– ¿Por qué hacéis todo esto por mí? -fue mi pregunta lógica.
– ¿Y por qué no? -dijo Henry-. En realidad, yo no sabía nada de esto. No tenía ni idea.
– Quería hacerlo para todos vosotros -dijo Kerstin-. Pero no ha podido ser porque Leo no está.
– Vamos a la cocina -propuso Henry-. No creo que la vieja cama de Göring sea un lugar muy apropiado para una fiesta de pijamas.
Dicho y hecho. Una vez en la cocina tomamos café en honor a santa Lucía y hablamos del invierno que estaba ya a las puertas. Kerstin iba a pasar fuera las fiestas de Navidad, mientras que Henry y yo habíamos decidido pasarlas con el mejor de los ánimos en casa. No sabíamos demasiado acerca de los planes de Leo, pero sí sabíamos que a él no le interesaban mucho las festividades ni las ocasiones especiales.
Henry se puso muy pesado intentando averiguar si Kerstin se había enamorado de Leo.
– No estoy segura -dijo Kerstin con la boca llena con un bollo de azafrán-. Se le ve tan frágil… Pero no estoy segura.
– Nadie te está pidiendo que lo estés. En cualquier caso, al muchacho le irá muy bien una chica como tú. ¿Y a quién no?
El invierno llegó de golpe, y por lo visto iba a ser bastante crudo. En una sola noche Estocolmo se cubrió con el manto de la primera nevada, y después la helada hizo que cuajara. La palabra «leña» empezó a aparecer con insistencia en la programación de actividades de la jornada de Henry, y nos pasamos varias horas a la semana rastreando por los contenedores abandonados y arrastrando a casa todo tipo de maderos que pudiéramos subir al desván para serrar en trozos manejables.
En aquel invierno en particular había una especie de imponente y abrumadora persistencia -se prolongaría hasta bien entrado abril, aunque afortunadamente no lo sabíamos entonces, los vaticinios de Henry no llegaban tan lejos-, y siempre resulta agradable tratar con algo persistente. Un amigo pertinaz es cada vez más imprescindible, y un enemigo igual de pertinaz se va convirtiendo en algo que consecuentemente debería llamarse prescindible. El invierno llegó de la noche a la mañana, y llegó para quedarse.
Como ya he dicho, Henry era muy supersticioso, y confiaba ciegamente en aquel famoso lapón que revolvía en el estómago de los renos para predecir el clima. Hojeamos con avidez las páginas de todos los periódicos en busca de los vaticinios del lapón, pero nunca logramos encontrarlos, así que Henry tuvo que limitarse a confiar en lo que le indicaban sus sensibles articulaciones. Siempre había sido muy resistente a las inclemencias del tiempo, pero últimamente se quejaba de sus chirriantes articulaciones. Aseguraba que tenía reumatismo. Era cosa de familia, y los cinco años que había pasado errando por Europa central, en frías estaciones de tren y húmedas pensiones, no habían mejorado la situación. Era el precio que había tenido que pagar. Pero había merecido la pena.
– Mi madre también tiene reumatismo -afirmó-. ¡Mamá! ¡Mamá…!
– ¿Qué pasa con tu madre? -pregunté.
– ¿Cuándo fue la última vez que llamé a mi madre? ¡Debe de hacer semanas!
– No me digas.
– Pronto iremos a su casa para celebrar una comida navideña, así que ya lo sabes. Suele irse a pasar unos días a la isla de Storm por Navidad. Se sentiría muy dolida si no nos presentamos.
Así pues, estábamos todos invitados a una comida navideña en casa de la madre de los chicos Morgan, pero resultó una tarea ardua e inútil intentar encontrar a Leo. Llevaba fuera desde hacía más de una semana y nadie sabía dónde estaba. Henry trató de localizarlo en diferentes números de teléfono, pero sin ningún resultado. Finalmente tuvimos que ir a la celebración navideña sin Leo; era como si se lo hubiese tragado la tierra.
La señora Greta Morgan no era como yo la había imaginado. Era mucho más menuda y delgada, me saludó con un apretón de manos casi implorante y dijo que estaba encantada de conocerme. Había oído hablar muy bien de mí. Como toda madre que se precie, había preparado un gran festín para aquel sábado anterior a la Navidad. Incluso se había tomado la molestia de ir a la tienda estatal de bebidas alcohólicas para comprar media botella de aguardiente de casis. Iba a esa tienda como mucho una vez al año, en que aprovechaba para devolver el envase del año anterior. Henry pensaba que aquella era una medida estupenda. No había que devolver los cascos por dinero, sino por cuestión de principios. Las botellas no se debían tirar. Deberían formar parte del ciclo vital, al igual que los humanos. Mamá Greta escuchaba y asentía con la cabeza a lo que decía su hijo. Nunca iba a madurar.
Así que aquel era el hogar de infancia de los Morgan: un oscuro piso de dos dormitorios en la calle Brännkyrka, uno de los cuales permanecía casi siempre cerrado. Se trataba del cuarto de los chicos, lleno con las cosas que Henry y Leo habían abandonado al marcharse. Por algún motivo inexplicable, Greta había dejado el dormitorio tal como estaba, y había decidido no darle ningún otro uso. Una extraña atmósfera se respiraba allí dentro. En la pared junto a la cama había una gran estera para proteger el descolorido empapelado. En ella colgaban aún fotografías de los chicos cuando eran pequeños, junto con otras de Charlie Parker, Ingemar Johansson, los Beatles y los Rolling Stones. En las estanterías barnizadas de color marrón había un gran número de maquetas de aeroplanos, coches y barcos, así como viejos cuadernos escolares, libros infantiles y fotografías enmarcadas. Una de ellas mostraba a la feliz familia en algún momento de finales de los cincuenta. Allí estaba el Barón del Jazz, tal como lo había visto en una exposición fotográfica de la época de oro del jazz sueco. Allí estaba Greta, luciendo un bonito vestido que ella misma se había confeccionado en el taller municipal de la plaza de María. Allí estaba Henry, con una hinchazón en un lado de la cara que sin duda había adquirido en el Club Atlético Europa. Y allí estaba Leo, tan pequeño, pajaril y enigmático.
En un banco junto a la cama estaba la aparatosa radio Philips de Holanda, la que Leo había recibido de su abuelo paterno, y junto a esta había un acuario en el que unas insípidas burbujas eran la única señal de vida o movimiento.
Era como una especie de museo, un monumento a la concordia y la armonía fraternal que en realidad no era más que un sueño maternal. Se me antojaba que cada detalle allí presente podría conducir a su dueño sin necesidad de preguntarle a nadie que los conociera. Todos aquellos objetos tenían el sello inconfundible de uno de los dos hermanos, sus indelebles huellas dactilares. Casi se percibía su presencia en algún lugar, bajo las camas, unidos por toda la eternidad a través de las cosas que dejaron atrás.
Estaba observando el acuario cuando Henry entró en su dormitorio de la infancia. Una sombra vaga y borrosa se movió de pronto en el lodo del fondo, como un fantasma del pasado.