Выбрать главу

Henry y yo habíamos llegado a un pacto entre caballeros: protestaríamos contra el consumismo compulsivo de las navidades negándonos a hacernos regalos, ni siquiera pequeños obsequios simbólicos. Aun así, teníamos que adquirir millones de cosas si queríamos sobrevivir a aquellas fiestas como solteros que se precien. Hicimos extensas listas de lo que debíamos comprar, de lo que nos gustaría comprar, y de lo que razonablemente podríamos comprar teniendo en cuenta el estado de nuestras finanzas. Gracias a nuestros esfuerzos combinados -sin siquiera consultarme Henry sacrificó una enciclopedia de historia universal en una docena de volúmenes con encuadernación en piel-, logramos reunir una respetable suma de dinero para gastar en comida, bebida y otros productos que hicieran más soportables aquellas fiestas.

El 23 de diciembre fuimos cada uno por nuestra cuenta a la ciudad para comprarlo todo. Regresé a casa a las seis de la tarde y comencé a preparar la cena. Oí un portazo y pensé que Henry había vuelto a casa. Sin embargo, se trataba de Leo, y tenía un aspecto bastante lamentable.

– ¿Dónde diablos has estado? -pregunté-. Te hemos buscado durante semanas.

– ¿Semanas? -repitió Leo, y se dejó caer en una silla de la cocina sin quitarse siquiera el abrigo.

Pensé en pedirle que al menos se quitara aquellos andrajosos zapatos llenos de tierra y sal antes de que dejara su rastro mugriento por nuestra casa recién limpiada, pero decidí no quejarme para no parecer tan quisquilloso como Henry.

– He estado con un par de colegas -dijo Leo.

– Pareces muy cansado.

Leo no hizo ningún comentario. Se limitó a mirarme muy fijamente, mientras yo preparaba alubias rojas hervidas y lomo de cerdo frito.

– ¿Tienes hambre?

– ¿Hay algo de comida?

– Pues claro.

Henry tardaba en regresar, así que no lo esperamos para cenar. Abrimos una botella de aguardiente Renat y algunas cervezas de Navidad para acompañar la carne de cerdo. Leo se bebió dos copas de aguardiente con el estómago vacío y sin decir palabra. No me apetecía iniciar ningún tipo de interrogatorio, así que permanecí también callado.

– Bueno… ¿y cómo estás? -me preguntó finalmente con aquel tono provocador y obcecado que solo una persona muy borracha puede adoptar.

– ¿Qué quieres decir con cómo estoy?

– ¿Cómo están las cosas por aquí… quiero decir, con Henry? ¿Lo soportas?

– Claro que sí. ¿Por qué no habría de soportarlo?

Leo masticaba lentamente, resoplando y cabeceando, como si hubiera algo fundamental que a mí se me escapaba.

– ¿Qué me quieres decir?

– No te conozco -dijo Leo-. No sé cómo funcionas. Nosotros no hemos hablado mucho.

– Nunca estás en casa. Así que no es extraño.

– Me tienes miedo porque he estado internado en un manicomio…

– No te tengo ni pizca de miedo, ya te lo dije.

Leo murmuró algo mientras comía y se sirvió otras dos copas.

– Aquí hay malas vibraciones. ¿No te das cuenta? -dijo Leo-. Siempre te estás defendiendo, a ti y a Henry. ¿No lo has notado?

– ¿De qué tendría que defendernos?

– Y yo qué carajo sé, pero lo haces.

– Bueno, si fuera así, ¿es algo de lo que se me pueda culpar? Te presentas aquí completamente borracho y a mí no me importa, pero, joder, podrías hacer un puñetero esfuerzo. Hemos estado limpiando y ordenando la casa durante varios días para hacernos la vida un poco más soportable. Además, habíamos contado contigo.

– Pues entonces, brindemos -dijo Leo con exagerado entusiasmo.

Nos bebimos la copa de un trago y yo ayudé a bajarla con cerveza. Leo saboreó su aguardiente durante largo rato.

– No quiero que pienses que quiero estropearlo todo, pero es que no soporto tanta afectación, ¿vale? -dijo Leo-. Henry tratando de aparentar ser tan jodidamente distinguido e inteligente, y tú igual. No lo soporto.

– ¿Qué quieres decir con «afectación»?

– Sientas aquí tu culo para escribir todo el día como si fueras un niñito aplicado. ¡Deberías salir! Sal y observa lo que está pasando en esta ciudad. Mira a la gente que camina por la calle. Mira sus caras y te darás cuenta de lo que está pasando.

Leo encendió un cigarrillo y la cerilla cayó sobre la mantequilla. La recogió inmediatamente y trató de limpiar la ceniza con la punta de un cuchillo. De momento, yo no tenía nada que agregar.

– ¿No ves lo que está pasando? -repetía-. ¿Qué carajo es lo que están haciendo? Los periódicos escriben sobre una puta cosa llamada muerte asistida. Uno puede quitarse la vida solo por ser viejo; lo único que debe hacer es firmar un papel. ¿De qué coño va todo esto?

– Cálmate, Leo. No tienes por qué gritar.

– Estoy tranquilo, joder. Me tienes miedo porque he estado en un manicomio.

– No te tengo ningún miedo.

– Vale, perdona. No era mi intención venir aquí para deprimirte.

– No estoy deprimido. Pero no tienes por qué mostrarte tan condenadamente agresivo todo el tiempo. Parece como si te sintieras amenazado.

Leo resopló otra vez y adoptó una actitud de superioridad.

– Me voy. Cuando vengo aquí lo estropeo todo.

– No, no lo haces. ¿Por qué no te acuestas y duermes un rato?

Leo bufó, o rió, o simplemente hizo algún ruido. Se levantó de la mesa y salió de la cocina. Lo llamé, pero no obtuve respuesta. Estaba furioso porque me sentía despreciado.

Después de la cena y de la discusión con Leo, me fui a la biblioteca a trabajar un par de horas antes de que comenzara el programa navideño en televisión. Dediqué bastante tiempo a describir cómo Kalle Montanus, el hijo campesino de Olle, permanecía acostado en el banco de la cocina de un edificio en la calle Ersta, en el distrito de Järnet, que iba a ser demolido. Kalle había participado en la ocupación general de Mullvaden y era uno de los últimos que resistían en el interior de aquel edificio. Corría el mes de diciembre y hacía mucho frío, y releí la escena del libro de Strindberg en la que el viejo Montanus estaba tendido en el estudio de Sellén, helado, y los tablones del suelo habían sido arrancados para hacer fuego, y el hombre leía sobre comida, sobre mayonesa, y trataba de dormir pero no podía, y pensaba en quitarse la vida por el condenado frío que hacía. Yo intentaba imaginarme cómo sería su hijo vestido con ropas de hoy día, y comencé a describir su cara, su pose, su encanto y aspecto personales, y pensé que había captado al personaje con bastante precisión hasta que, con gran horror y consternación, descubrí que no era más que un reflejo de Leo. Enfurecido de nuevo, arrugué con rabia el papel con el esbozo del personaje y lo tiré a la papelera. En aquel momento se oyó un gran estruendo en la puerta y salí al recibidor para ver qué pasaba.

Allí estaba Henry tirado en el suelo bajo una montaña de bolsas de papel, cajas y paquetes, y, coronando todo aquello, un enorme árbol de Navidad. Escuché una respiración agitada procedente de algún lugar bajo el soporte del abeto, y cuando logré desenterrar a mi amigo lo encontré borracho como una cuba. Entonces me enteré, entre un aluvión de disculpas y pretextos inverosímiles, de que Henry era muy amigo de por lo menos una docena de vendedores de árboles de Navidad, cada uno provisto de un termo lleno de vino caliente con especias, y que era tradición que todos los años Henry los visitara en busca de la más hermosa conífera perennifolia, también conocida como árbol de Navidad. Y, obviamente, aquel grado de afectado perfeccionismo pasaba factura.

La mañana resplandecía exactamente como debe hacerlo el día de Nochebuena, y cuando me desperté Henry ya estaba levantado. Había encendido las velas del abeto navideño, que habíamos decorado la noche anterior en medio de fuertes controversias. En el apartamento flotaba un agradable aroma a resina de bosque y a café recién hecho. Henry había preparado el desayuno y estaba sentado en la cocina, disfrutando de su soledad y contemplando todas las ventanillas ya abiertas del almanaque de adviento y las velas encendidas en los candelabros.