Aquella crisis y la consiguiente depresión a escala nacional e internacional tuvieron obviamente su correlato en nuestra existencia cotidiana, aun cuando nos esforzábamos por mantener el mundo exterior lo más alejado posible de nuestras vidas, a fin de no derrumbarnos. Al cabo de unas semanas, toda la comida de Navidad se había agotado. La despensa, el trastero y las carteras estaban vacíos, y no veíamos ninguna señal de que la situación fuera a mejorar.
Hacía una tarde fría y desapacible, y no teníamos ni un maldito céntimo para comprar comida. Y no lo tendríamos hasta que Henry recibiera su asignación -las dichosas fiestas lo habían retrasado todo-, mientras que yo seguía a la espera del pago de varios artículos que no llegaba nunca. Habíamos roto todas las huchas con la desesperación que da el hambre, nuestras cartillas del banco estaban totalmente agotadas y no había ni un solo conocido que no hubiera adoptado la actitud de un acreedor más o menos agraviado.
Pero de momento ni a Henry ni a mí -Leo no contaba en lo que respectaba a asuntos financieros- nos apetecía aceptar ningún empleo burgués más lucrativo, ya que ambos estábamos completamente inmersos en nuestros importantísimos proyectos artísticos, que en ningún caso podían verse afectados. El ritmo de trabajo era perfecto, las páginas salían de la máquina de escribir en un flujo continuo y desde la sala del piano llegaban unas secuencias musicales cada vez más exuberantes. La gruta de Greger resultaba fácil de excavar y la vida nunca había tenido una estructura más sólida y atrayente que durante aquel tiempo, que desde una perspectiva oficial no ofrecía más que frío y miseria, crisis y guerra.
Sin embargo, lo que más nos afectaba era no poder cocinar comida de verdad. La enorme reserva de vales de restaurante había sido esquilmada, y Henry lanzaba miradas suspicaces a Leo porque estos habían desaparecido a un ritmo vertiginoso coincidiendo con su regreso a la casa. Henry sospechaba que Leo había cambiado los vales de comida por dinero en metálico. Si no era eso, nadie sabía de qué podía estar viviendo. Leo no se preocupaba en absoluto por el dinero. En una ocasión había recibido veinticinco mil coronas de golpe, pero hacía tiempo que habían desaparecido: en borracheras, en fiestas o malgastadas de cualquier otra forma.
Así pues, aquella fría tarde estábamos en la cocina, procurando al menos mantener el calor en aquel apartamento lleno de corrientes de aire. Uno tras otro suspiramos profundamente, y Henry se masajeó su hambriento estómago mientras inspeccionaba la despensa y la nevera por quinta vez en dos minutos.
– Ni una corteza, ni un mendrugo de pan seco. Mil novecientos setenta y nueve. Esto no puede ser verdad. La nevera nunca ha estado tan vacía, ni siquiera cuando era nueva.
– Tenemos que visitar a alguna de nuestras madres -dije-. Es la única solución.
– Ya nos las arreglaremos. Hay que tener un poco de paciencia -contestó Henry-. Imagínate que a alguien de esta maldita ciudad le da por llamarnos para invitarnos a cenar. Aunque eso no va a suceder. Todo son desgracias en este puto país. Piensa por ejemplo en Italia. Allí siempre ocurren desastres, pero por lo menos hace calor. ¡Ah, tengo una idea! Bene, bene! ¡Qué bendito idiota he sido! ¡Fricadelli!
El hombre resplandecía como un sol gastronómico. Había tenido una idea. Se metió en la despensa y empezó a entonar una sugerente cancioncilla: «Niente pane / niente pasta / ma siamo tutti fratelli / per un po’ di formaggio…».
– Muy bonita -dije.
– Es una canción popular italiana -contestó Henry-. «No hay pan, ni espaguetis, pero seguimos siendo hermanos porque tenemos un poco de queso.» Realmente hermoso. Luco Ferrari, mil novecientos sesenta y cuatro.
– ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
– Tranquilo, amigo. Voy a hacer un plato del sur de Italia. Allí son más pobres de lo que podríamos llegar a ser jamás, o nunca, o como se diga. «Po’ di patata / pochino di formaggio / nella casa di Bacaccio…» -prosiguió en voz alta y estridente, como si fuera una especie de pizzero.
Y preparó una comida que sabía sobre todo a cebolla y a tomillo, pero que al menos sirvió para llenar un par de hambrientos estómagos. Y aquello ya fue algo admirable.
Después de comer nos retiramos a nuestras dependencias y tareas. Me senté en la biblioteca y empecé a hojear y leer pasajes de algunos volúmenes de Descripciones costumbristas célebres. La vida íntima a través de los siglos en relatos e imágenes. Los seis volúmenes de elegante encuadernación se encontraban entre las joyas más valiosas de la biblioteca del viejo Morgonstjärna y Henry afirmaba haber leído toda la colección de cabo a rabo. No había motivo para dudarlo. Confesiones de un inglés comedor de opio, de De Quincey, y La monja, de Diderot, tenían ambos claras huellas de la babosería curiosa de Henry. Decía haber buscado en vano la Vida de casadas y cortesanas de Brantôme, porque siempre le gustaba leer libros en los que pudiera reconocerse.
Ya tarde por la noche, el cortesano Morgan asomó la cabeza por la biblioteca, resplandeciente como un sol.
– Voy a dejarme caer por la calle Frigga para ver a Maud -anunció-. No sé cuándo volveré. Mañana, o quizá pasado. Tendrás que arreglártelas como puedas aquí solo.
– No dudes que lo haré -dije, imbuido de retórica erótica dieciochesca.
– Cuida de Leo si le da por aparecer por aquí. Cheerio, old chap!
– ¡Bombardea Bavaria, Biggles!
– I will -prometió Henry, y desapareció.
Con una previsión admirable, Henry estaba fuera cuando hubo que pagar los servicios de la lavandería. El chico de los recados de Egon estaba en la puerta con dos grandes cajas de madera con ropa de cama y una docena de camisas de algodón, blancas y a rayas, de Henry. A esas alturas ya me había convencido de los placeres de hacer que te laven la ropa -aquella maravillosa sensación de pureza y lujo sin adulterar cuando con el dedo índice rasgabas la delicada cinta de papel que sujetaba la camisa planchada y perfectamente doblada-, así que no podía eludir mi responsabilidad respecto a la factura. Henry había conseguido convencerme de bastantes cosas, y por tanto tenía que cargar también con las consecuencias.
Estaba en un buen aprieto, y lo único que se me ocurrió fue invitar al recadero a una taza de café y después escabullirme subrepticiamente a Muebles Man para pedir prestado un billete de cien de la caja.
Ese día tenía lugar una acalorada discusión en Muebles Man. Era jueves y estaban haciendo la quiniela. El personal de Muebles Man y Henry Morgan jugaban juntos y tenían un sistema de apuestas fijo que les había hecho ganar casi cinco mil coronas hacía un par de años, lo cual no estuvo nada mal. Por lo general Henry era el encargado de echar la quiniela, pero de momento seguía desaparecido y yo no sabía dónde guardaba aquel complejo patrón de apuestas. Les prometí que intentaría encontrarlo.
Sin embargo, la encendida discusión era por algo mucho más profundo; tenía que ver con asuntos puramente existenciales. Durante los últimos días los periódicos traían la noticia del perturbado joven de diecinueve años que trabajaba en el hospital del Este, en Malmö, y que había echado detergente Gevisol en el zumo de los pacientes geriátricos, causando la muerte a muchos de ellos. Y después de enormes sufrimientos. Se hablaba de entre veinticinco y treinta personas supuestamente asesinadas de aquella forma tan atroz, y Greger y Birger, allá en Muebles Man, no conseguían entender qué le estaba sucediendo al país.