– Suecia está enferma -decía Birger.
– Todo es por culpa de la bruja esa con lo de la muerte asistida -repuso Greger-. Ella es la que ha desencadenado todo esto. Sin ella, a ese muchacho no se le habría ocurrido algo tan horriblemente malvado.
– Dios -exclamó Birger-. Cuando nosotros éramos jóvenes nunca se nos hubiera pasado por la cabeza algo tan perverso.
Yo estaba completamente de acuerdo con ellos, pero me sentía bastante nervioso porque para entonces el recadero se estaría preguntando ya por el tema del cobro. No podía ponerme a debatir con ellos como me habría gustado, así que, con mucho tacto, les pregunté si podían prestarme un billete de cien.
Birger y Greger fueron comprensivos, y el primero me entregó el dinero tras hacerme firmar un pagaré. Luego salí corriendo hacia casa, le pagué la factura al chico de la lavandería y dejé escapar un suspiro de alivio.
Por alguna extraña razón, todo parecía complicarse y embrollarse cuando Henry estaba en la casa de Maud de la calle Frigga. Había conseguido hacerse imprescindible en todo tipo de situaciones, a pesar de que eso era lo último que quería, y en esa ocasión se había marchado sin echar la quiniela.
Fui a hablar con Leo. Había vuelto a casa después de una breve estancia en casa de unos amigos, y lo encontré frente a su escritorio. Parecía estar en buena forma, sentado allí garabateando en un cuaderno negro. Leo tampoco sabía dónde podría estar el patrón de apuestas, pero supuso que Henry llevaría la quiniela en la cartera y encontraría tiempo para echarla, estuviera donde estuviese. Nos tranquilizamos con aquella idea y dimos el asunto por zanjado.
Leo parecía estar atravesando por un buen momento. Tranquilo y sereno dentro de sus dependencias con olor a incienso, había retomado de nuevo el trabajo de su larga suite poética Autopsia. Aquello me puso contento. Por supuesto, yo había leído sus antiguos poemarios. Había varios ejemplares algo gastados en la biblioteca del abuelo -el viejo Morgonstjärna se sentía, como es lógico, enormemente orgulloso de los éxitos de su nieto-, y yo quería preguntarle a Leo algunas cosas acerca de su poesía. Pero a Leo ya no le interesaba hablar de aquellos libros. Estaban totalmente superados, eran inmaduros, poco elaborados e incompletos. Según él no tenía ni idea de lo que estaba haciendo cuando los escribió en los años sesenta. Solo ahora, tras sus inmersiones, tanto largas como breves, en el silencio de los manicomios, comprendía realmente las cosas.
Por lo que pude apreciar, había estado siguiendo el debate acerca de la muerte asistida. En la pared junto al escritorio había colgado con chinchetas varios recortes de artículos de prensa. Aunque, por otra parte, hacía tiempo que no leía los periódicos; en su opinión, era una estupidez. Si no lo entendí mal, Leo mantenía que la muerte era nuestra única verdad, y que solo quien haya experimentado su propia muerte podrá verse realmente a sí mismo y al resto del mundo. De eso era de lo que trataba su poema, y toda poesía debe ser paradójica.
Por mi parte, no tenía suficiente valor para darle muchas vueltas al tema de la muerte. Reconozco mi cobardía; me asustaba el tema y prefería hablar de otras cosas, como, por ejemplo, de hijas de reyes de las quinielas. Leo me entendió; además, tampoco tenía nada en contra de ese tema.
Solo una delgada y frágil membrana nos separa de la catástrofe. La gran tragedia entra siempre dentro de las previsiones, y cualquier proyecto cotidiano y trivial debe planificarse teniendo en cuenta diversos factores de riesgo: las grandes maniobras estratégicas militares, así como las empresas civiles y pacíficas, deben contemplar tanto la posibilidad del fracaso como la posibilidad del éxito. Pero lo que vuelve un tanto especial nuestra época es que se diría que existe una especie de liga internacional que no se preocupa más que de hacer cálculos basados en factores de riesgo y posibilidades de éxito, a fin de generar unas estimaciones terriblemente deprimentes que, llevadas a la práctica real, podrían conllevar de un solo golpe el fin de la vida en la tierra. Y los ciudadanos ya no necesitamos otear el firmamento en busca de señales, porque la amenaza pende sobre nosotros todo el tiempo, legislada, regulada y establecida con matemática precisión, de tal modo que cada individuo tendrá su parte correspondiente, su pequeña dosis de castigo. Ya nadie podrá esconderse cuando llegue el día del Juicio Final. Adán logró ocultarse de Dios, pero por desgracia sus hijos e hijas de hoy ya no podrán escapar; no importa cuán abandonados se sientan, siempre están bajo su mirada.
La delgada y frágil membrana que nos separa de la catástrofe se rompió por un breve instante una noche de mediados de enero de 1979, el Año Internacional del Niño. Era un sábado de mucho frío. Yo estaba sentado frente a la chimenea en el salón, leyendo sobre Cyrano de Bergerac. Leo estaba junto a la mesa del ajedrez, removiendo un vino de palma, y Henry todavía no había vuelto de casa de Maud en la calle Frigga.
De repente, todo se volvió negro. El apartamento entero quedó en silencio y a oscuras. Al principio, claro está, creímos que había saltado algún plomo en el sótano, porque era algo que solía ocurrir en esa época del año, cuando los inquilinos sobrecargaban la vieja red de suministro eléctrico. Pero la calle Horn también estaba oscura y silenciosa. De repente, toda la ciudad pareció quedar en suspenso. La gente encendía velas en las ventanas, miraba con curiosidad afuera buscando alguna explicación, pero de momento no había explicaciones. Abajo, los coches empezaron de pronto a conducir más despacio, con más precaución -la calle estaba oscura y era peligrosa-, como si estuvieran en territorio enemigo, en una parte ocupada de la ciudad.
– Debe de ser la guerra -dijo Leo muy tranquilo mientras contemplábamos la ciudad completamente a oscuras.
– Es posible -contesté, tratando de oír el zumbido lejano de los bombarderos enemigos.
En ese preciso momento entró Henry dando un portazo.
– Joder, vaya mierda -dijo-. Menos mal que he subido por las escaleras para hacer un poco de ejercicio. Si hubiera cogido el ascensor, ahora estaría atrapado. El país está en crisis, eso está claro. Encended algunas velas, carajo. No puedo verme ni las manos delante de la cara.
Fuimos a buscar velas al trastero e iluminamos todo el apartamento. Encendimos la radio a pilas para ver si podíamos enterarnos de lo que había ocurrido. Pero la música seguía sonando, como si no pasara nada. No cabía duda de que en aquello también había algo excitante y estimulante, como una especie de aventura que venía a interrumpir la vida cotidiana de un día normal de trabajo y rutina. Las fragantes velas iluminaban las estancias con su luz dramáticamente oscilante, insuflando vida y movimiento a toda la casa.
Por cierto, Henry olía a recién bañado y se le veía bastante descansado. Se sirvió también un vino de palma y se plantó frente a la ventana, mirando hacia la calle.
– Menudo trabajo van a tener los miembros de seguridad de la Björnliga. Con este apagón no habrá ni una sola alarma que funcione. Y los ladrones deben de estar aprovechándose de lo lindo.
– Tendríamos que salir -dijo Leo-. Debe de haber estallado el pánico por todas partes.
– El metro no funciona y todos los putos bares están a oscuras… ¡Ja! -dijo Henry-. ¡Ya me gustaría a mí verlo!
Henry tenía razón respecto a lo de los miembros de la Björnliga. Tras el gran apagón, cuando el suministro se restableció al cabo de una media hora, empezaron a sonar alarmas antirrobo por toda la ciudad. A la mañana siguiente, los periódicos informaban de que la causa había sido la avería en una línea de alta tensión en Norrland, y que el apagón se había extendido hacia el sur hasta Copenhague. Era como un anticipo de la Catástrofe. Por un breve período, la posibilidad había penetrado a través de la delicada burbuja, solo como un pequeño recordatorio, un leve aviso.