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Nos arrastramos por la nieve a nuestro ritmo, sorteando como podíamos a aquellos resoplantes sabuesos embutidos en ceñidos trajes deportivos. Al cabo de media hora, después de pasar la zona helada del bosque y ascender la peor de las colinas, Leo dejó por fin de refunfuñar y ya no pudo negarse a la evidencia de que realmente hacía un día espléndido. Henry nos había indicado que siguiéramos la pista verde, que cubría unos diez kilómetros, y más o menos hacia la mitad del trayecto lo encontramos esperándonos sobre una peña, donde había dispuesto las cosas para el almuerzo. Estaba junto a una joven madre y su hijo, a los que había encontrado en la pista.

– ¡Bienvenidos, Sixten y Nils! -gritó cuando llegamos a la zona del picnic y saludamos a la mujer y al pequeño.

Henry había quitado la nieve de un tronco para convertirlo en un estupendo banco, donde nos sentamos a comer sándwiches, engullir chocolate caliente, pelar naranjas, recuperar el aliento y descansar al sol. La mujer era una animosa maestra de Nacka, mientras que a su hijo de nueve años aquello de deslizarse por la pista le parecía tan poco divertido como a Leo. No paraba de decir que quería irse a casa, y ni siquiera Henry, con su mejor humor, pudo hacerle cambiar de opinión. Intentamos explicarle lo mejor que pudimos que aquellas cosas serían las que más adelante le alegrarían la vida, cuando no pudiera esquiar porque ya no habría tanta nieve como cuando era niño. Pero el pequeño no le encontraba la lógica a aquello, porque podía ver con sus propios ojos que nosotros éramos adultos y que todavía había nieve, así que sin duda también habría nieve cuando él fuera adulto. Solo intentábamos engatusarle, pero él no tenía ningunas ganas de ser engañado. Lo único que quería era irse a casa, y cuando ya no nos quedó más chocolate caliente para sobornarlo, se puso realmente arisco. La joven y vivaz madre soltera decidió que era el momento de marcharse. Así que nos dio las gracias por el almuerzo, obligó al muchacho a despedirse y luego se fueron.

– ¡Lástima de jovencitas…! -suspiró Henry.

– ¿Es que no puedes relajarte?

– Si no hubierais venido a estropear las cosas y a confirmarle al chico en su creencia de lo aburrido que es esquiar, me hubiera ido con ella a su casa. Me habría invitado a cenar el domingo, yo le hubiera leído un cuento al pequeño monstruito y el resto ya os lo podéis imaginar…

– Pues nosotros nos limitaremos a disfrutar de la naturaleza y de la vida ascética -dije-. Henry, con su enorme y seductor encanto, puede ir por delante recogiendo jovencitas.

– Huy… -contestó Henry-. Parece que alguien está algo celoso. Solo porque uno tiene un poco de encanto…

– Debe de ser por los pantalones que llevas.

Probablemente solo los más ancianos de Suecia saben todavía lo que es el frío, lo que se siente al despertarse en medio de la noche embutido en medias y calcetines gruesos, calzoncillos largos, pijama y gorro de dormir en una cama con dos mantas, edredón y una botella de agua caliente, y aun así tiritar de frío. Cuando me desperté en la vieja cama de Göring a medianoche, pese a estar muerto de cansancio por la excursión a Hellas para esquiar, sentí como si la habitación estuviera bajo cero. La ventana estaba completamente escarchada y me pareció ver el vapor de mi propio aliento cuando me soplé en las manos. Tenía la punta de la nariz completamente entumecida y me escocía la piel.

Aquella noche fue probablemente una de las más frías que se vivió en Suecia y en Estocolmo después de la guerra. Aprendí lo que significaba realmente el frío. Incluso las hojas de periódico que había en el dormitorio estaban rígidas, casi congeladas. Arrugué unas cuantas páginas deportivas y las puse en el fondo de la estufa, y sobre ellas unos trozos de masonita, que prendía fácilmente y creaba una buena llama que permitía encender otros materiales más grandes y reacios.

El fuego empezó a arder bien y me acuclillé para mirar las llamas, calentándome los dedos y añadiendo a la lumbre algunos trozos de madera vieja y mohosa. Para entonces ya estaba completamente despierto -cuando hace frío el sueño es muy profundo-, y me acerqué a la ventana cubierta de escarcha para ver si había alguien despierto en el edificio al otro lado del patio. Pero todo estaba a oscuras, como si hubiese un nuevo apagón.

Acudieron a mi mente pensamientos extraños y oscuros sobre los hermanos Morgan, y empecé a preocuparme por ellos. Algo marchaba mal en aquella casa. Henry parecía cada vez más desesperado en sus intentos de hacer que todo pareciera estar bien, pero no era ningún maestro del encubrimiento. Podía disimular su propia fachada, pero no tenía control sobre la de Leo.

Todo en general parecía terriblemente frío y lúgubre, como si nuestro país estuviera atravesando alguna especie de crisis o depresión, como si todo se estuviera desmoronando y nosotros, pobres ciudadanos, hubiéramos sido abandonados a nuestra propia suerte y a nuestro ingenio para sobrevivir. Se necesitaba iniciativa, fuerza de voluntad y una gran disciplina para levantarse de la cama en plena noche a fin de comprobar que el fuego seguía ardiendo. Nunca he creído en la fortaleza del hombre, pero si el fuego no se mantenía vivo nada podía sobrevivir. El frío empuja al ser humano hacia el fuego, y solo aquel que haya estado en medio de la noche mirando las llamas puede entender algo de la vida.

Puedes deambular boquiabierto por las grandes explanadas de nuestra civilización, por sus bulevares y avenidas, sintiéndote enormemente impresionado ante los logros arquitectónicos de la humanidad. Hace tiempo que la tecnología ha rebasado los límites de la comprensión, y todo lo que puede considerarse como impresionante ha sido realizado en el período que va desde la construcción de la pirámide de Keops, hacia 2900 a. C., hasta la llegada del hombre a la luna, en el año 1969 d. C. Dicho período abarca unos cinco mil años de asombro extasiado ante las maravillas de la humanidad. Sin embargo, tras la llegada del hombre a la luna, todo parece haber accedido a otro nivel, al de lo incomprensible. Había demasiadas cosas que no sentía deseos de entender; prefería llamarlo, simple y llanamente, maldad.

No me sentía embargado por ningún banal primitivismo allí acuclillado, calentándome delante de la estufa en mitad de la noche. Más bien me sentía imbuido por una percepción fundamental de la fragilidad de la condición humana. Puedes aprender sobre muchas cosas, pero despertarse en plena noche en la vieja cama de Göring solo a causa del frío puro y duro me enseñó algo grande: probablemente estaba temblando tanto de terror como de frío.

Era la época de la semla, la bamba rellena de nata típica de Cuaresma, y parecía haberse desatado la locura por aquel dulce, con un consumo per cápita que podía alcanzar varios al día. Enviamos a Henry de peregrinaje a diversos rincones recónditos de la ciudad en busca de legendarias pastelerías que elaboraran la tradicional y celebrada masa de almendra, e incluso se pudo ver al enjuto Leo devorando algunos hetwäggen con sano apetito. Mientras comía, no paraba de discutir con su hermano sobre temas tan fundamentales como que la semla de Pascua era en realidad el pastel más fraudulento que había existido nunca, ya que se decía que originalmente el agujero del bollo era un escondite para dulces impíos. El hecho de que en la actualidad la nata rebosara de forma abundante y casi ostentosa por todas partes daba solo la medida de lo secularizada que se había vuelto nuestra sociedad.

Bueno, basta ya de escolástica gastronómica. Era Martes de Carnaval, y Henry llegó tarde de su expedición en busca de semlas. Estaba borracho, apestaba a cerveza y se quejaba del reúma. Sus dedos ya no le permitían tocar el piano. Hacía tanto frío que había tenido que beber, ya que podía oírse literalmente cómo le crujían las articulaciones, o eso aseguraba. Me dijo que podía escuchar si quería, y me dejó que apoyara la oreja sobre su hombro. Silencio sepulcraclass="underline" no oí nada. Pero seguramente sería por mi principio de otitis.