A pesar de todo, había traído una caja de semlas, y pensé que era un milagro que hubiera conseguido mantener el equilibrio de su persona y el de la caja todo el camino desde Östermalm sin echar a perder los dulces. Por toda la ciudad se veía a gente que resbalaba, trastabillaba y caía sobre la nieve llevando bolsas o cajas llenas de semlas. Y todo el mundo parecía pensar de la misma forma decidida y resuelta. Una semla no puede ser maltratada. Una semla chafada, volcada o que haya sufrido cualquier tipo de deterioro es una visión lamentable. Incluso la pequeña marca de un dedo sobre el azúcar espolvoreado puede destruir todo el placer. La semla debe tener un aspecto de frescura ortodoxa e impecable. Henry era muy consciente de la ética de la semla, y había hecho todo el camino sin dejar de resbalar pero con la caja firmemente sujeta mediante una especie de suspensión giroscópica en sus manos. Estaba dispuesto a soportar cualquier tipo de golpe siempre y cuando las semlas llegaran sanas y salvas a casa. Era como la entrega de un cargamento de droga, sagrado y valioso.
A su regreso, calenté un litro de leche y nos comimos cada uno dos deliciosas semlas, con el perfecto y consistente granulado de almendra y una nata genuina y espesa. Después Henry se quedó dormido enfrente de la chimenea del salón y Leo y yo nos fuimos a trabajar a nuestras dependencias.
Empezó a oscurecer, y yo estaba tiritando en el escritorio de la biblioteca soplándome aire caliente en las manos para poder teclear. Había intentado hacerlo con guantes con la punta de los dedos cortada, pero resultaba demasiado incómodo y torpe. La máquina de escribir estaba tan fría que esa mañana había necesitado un calefactor para ponerla en marcha. Durante todo el día había funcionado con dificultades, y ahora por la noche, cuando el frío prácticamente paralizaba a toda Suecia, estaba claro que era imposible seguir. Mi capacidad para elaborar pensamientos también había alcanzado su punto álgido de congelación.
Tampoco esa noche le fueron mucho mejor las cosas a Henry. Después de dormir la borrachera, había intentado tocar el piano, pero dijo que habría necesitado un soplete para descongelar las cuerdas del interior. El instrumento estaba tan helado que sonaba como una espineta.
Nos encontramos en la cocina y preparamos un caldo para calentarnos. En la radio estaban dando un programa infantil. Niños de hasta trece años llamaban para solicitar una canción y luego tenían que contestar a una pregunta. Henry nunca se perdía una emisión de aquel programa y era la única persona que he conocido que se sabía entera la letra de la sintonía. Participaba activamente, respondiendo en voz alta y clara a cada una de las preguntas, como cuántas erres hay en la palabra «alrededor», cuál es la montaña más alta de Suecia y cosas por el estilo. Cuando no podía dar con la respuesta, se quedaba confuso y avergonzado. Luego se defendía indefectiblemente diciendo que había sido disléxico toda su vida, igual que el rey. En esa ocasión el programa era un poco más divertido que de costumbre, ya que el locutor estaba hablando con una niña de doce años de Värmland cuya única afición era la lucha. La chiquilla estaba muy enfadada porque siempre tenía que luchar contra críos más pequeños y eso no le parecía justo. Nunca había oído reír a Henry con tantas ganas como cuando escuchaba a aquella niña luchadora de Värmland. Remedó burlonamente cada una de las palabras que dijo la niña, y parecía arrepentirse de no haber tenido hijos: aunque estaba muy claro que habría sido un desastre como padre.
– Tenemos que salir a buscar leña -dijo una vez que nos tomamos el caldo y que el programa de radio había acabado con su incomprensible sintonía-. Tenemos que salir a buscar leña, en caso contrario no pasaremos de esta noche.
– All right -contesté-. De todas formas, me había encallado.
– No es bueno cerrarse al mundo de ahí fuera -dijo Henry amargamente.
Y, sin decirlo de forma explícita, reconoció que Leo tenía razón. No era bueno cerrarse al mundo exterior, aunque fuera eso precisamente lo que intentábamos hacer. Abrigábamos sueños sobre nuestras grandes obras, que solo necesitaban una fina labor de acabado, y para ello habíamos intentado aislarnos, recluirnos durante aquel crudo invierno a fin de alcanzar una perfecta concentración creativa. Pero tampoco aquello funcionó. Siempre había algo que se interponía; en ese momento, era aquel maldito frío. Solo se podía mantener a raya con fuego y ya no nos quedaba leña, así que estábamos obligados a salir a buscarla.
Nos pusimos unos maltrechos abrigos de piel de oveja y unos gorros de lana de cordero como los de los vendedores de árboles navideños, y bajamos por la calle Horn en busca del contenedor más cercano. Había uno en la calle Tavast, que estaba repleto de escombros porque habían derribado un par de edificios ruinosos. Encontramos unos tablones bastante buenos y sin clavos, un par de vigas de madera astillada y otros fragmentos que parecía que arderían bien. Henry encontró también un viejo y congelado sombrero de copa, que se empeñó en colocarse sobre el gorro de lana.
Cargamos y arrastramos la leña hasta la calle Horn, y conseguimos meterla casi toda en el ascensor. El viejo y chirriante cubículo subió a duras penas, planta tras planta, mientras conteníamos el aliento. Pero cuando alcanzábamos la quinta planta ambos dimos un grito de espanto. Al llegar a la altura de nuestro rellano vimos una cara rígida e inerte frente al ascensor. La luz se reflejaba en su pálido rostro como iluminada por un foco en una película de terror.
Justo delante de la puerta del ascensor había una joven tirada en el suelo. Abrimos la puerta como pudimos, salimos al rellano e intentamos despertarla zarandeándola un poco. En vano. Cuando le dimos la vuelta al cuerpo inconsciente vimos que se trataba de una chica de unos veinte años. Al parecer tenía algún enemigo en el mundo, ya que uno de sus ojos estaba completamente hinchado con un moratón y le salía sangre por la nariz.
– Maldita sea -masculló Henry-. Como si no tuviéramos ya bastantes problemas. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?
– Ni se te ocurra -contesté-. Luego solo tendríamos que esperar tranquilamente a sus treinta chulos y colegas que vendrían a darnos las gracias por chivarnos. Muy divertido. ¿Tienes alguna otra brillante idea?
En lo único en que nos pusimos de acuerdo fue en arrastrar el cuerpo de la chica al interior del apartamento, junto con los tablones, vigas y demás maderos. Resoplando completamente exhaustos, nos dejamos caer cada uno en una silla del vestíbulo para sopesar nuestro hallazgo.
– Me pregunto quién puede ser -dijo Henry.
– En cualquier caso, parece que duerme muy a gusto.
Henry se inclinó sobre la joven para ver si olía a alcohol, pero no era así.
– Otras sustancias -supuso.
– ¿Y si la llevamos a la clínica María?
– Ya he visto esto antes -afirmó Henry-. Se despejará dentro de un rato. Aunque antes deberíamos darle un baño.
– Lástima que Leo no esté en casa. Él sabría lo que hay que hacer en estos casos.
No sé muy bien qué nos sucedió, porque en realidad aquel invierno no nos habíamos comportado como muy buenos caballeros, pero ese Martes de Carnaval nos entró una especie de euforia caritativa o de frenesí samaritano. Sin pensárnoslo dos veces, empezamos a desnudar a la maltrecha joven mientras la bañera se llenaba de agua caliente. Henry contribuyó al compasivo ritual añadiendo aceites aromáticos y sales de baño.
– No… basta ya… basta ya… -balbucía la chica ya desnuda mientras llevábamos su delgado cuerpo hasta el baño-. Otra vez no… Déjame en paz… de una puta vez -continuó.