Henry le habló de forma tranquilizadora diciéndole que no le íbamos a hacer daño, pero ella no entendía nada: las palabras no penetraban en su mente. Parecía hallarse en un estado fetal y solo podía captar sensaciones puramente físicas. Cuando introdujimos cuidadosamente su cuerpo en el agua caliente, sus protestas empezaron a aplacarse y en su grotesco rostro apareció una expresión casi apacible.
Nos sentíamos a la vez algo torpes e incómodos porque no sabíamos hasta qué punto debíamos ser escrupulosos en el proceso de sanearla. No teníamos experiencia en tales asuntos. Henry masajeó sus pies con tanto cariño como si hubieran sido los suyos, afirmando que había profesionales que curaban las dolencias más diversas mediante el simple tratamiento de los pies. No obstante, en ese caso se trataba probablemente de que quería centrarse en aquello que sobresaliera de la espuma de baño. Me puse a limpiarle el ojo hinchado.
La chica ni siquiera se despertó cuando la secamos con una toalla grande y la acostamos en una cama en la habitación de invitados, entre sábanas nuevas y almidonadas.
– Está completamente ida -dijo Henry-. Joder, esto no pinta bien. Parece un mal augurio. Va a suceder algo realmente malo. Puedo sentirlo. Esta vez no es como lo de mi reúma de siempre.
Muy raras veces me tomaba en serio su machacona insistencia sobre el reúma, el horóscopo o los designios ocultos, pero esa noche, mientras Henry contemplaba el rostro magullado y aun así lleno de dulzura sumido en un profundo sueño, con el ojo amoratado como una brutal medalla sobre la mejilla, no pude dejar de sentirme un poco intranquilo. Henry sonaba condenadamente profético y, en un momento de debilidad, yo podía dejarme llevar, creer que se trataba realmente de una señal de que algo iba a ocurrir aquel invierno. La chica podía ser un ángel de las tinieblas, enviada a nosotros como un heraldo de malos presagios.
– Tenemos que cuidarla esta noche -dijo Henry-. Voy a encenderle una vela, una muy larga y hermosa, para velarla.
– Supongo que será lo mejor. Si se despierta, igual cree que ya está muerta.
– Le leeré algo de la Biblia -continuó Henry, sonando tan patético como un ferviente capellán del ejército.
– ¿La Biblia? ¿Y por qué diablos tendrías que leerle la Biblia? Podrías llamar también a Imsen o a Målle, de los pentecostales.
– No seas tan superficial, Östergren. Voy a leerle a la joven algo sobre la misericordia. Necesita un poco de misericordia, como todos nosotros. Voy a oficiar una misa por una monja.
– De acuerdo. Pues yo me desentiendo de tus jaculatorias. Vendré a relevarte a las dos.
Se había hecho muy tarde, y acordamos un horario para la noche de vela. Me metí en la cama con pijama, calcetines de lana y gorro de dormir, porque empezaba a sentir una infección de oído. Leí algunos fragmentos estimulantes y muy apropiados de Cervantes y pensé por un momento en España, pero hacía demasiado frío para mantener las manos fuera del edredón, así que decidí dormirme.
El despertador sonó a las dos de la madrugada, y necesité más valor que de costumbre para levantarme. Era una noche en que las ventanas estaban heladas incluso por dentro, y no me gusta jactarme, pero conseguí reunir coraje para salir de la cama. Cuando me puse la ropa y me di golpecitos por todo el cuerpo para entrar en calor, caminé de puntillas hasta la habitación de invitados y entreabrí la puerta. Henry el capellán del ejército dormitaba sentado al resplandor de la larga vela y las brasas ya casi extintas de la estufa. Tenía a la chica cogida de la mano, como si hubiera intentado leer su futuro en la oscuridad.
A sus pies había un libro de cuentos de Hans Christian Andersen. Por lo visto no había habido lectura de la Biblia ni se había oficiado una misa por una monja. En vez de eso le había leído un cuento, como a una hija enferma que no pudiera dormirse. A lo mejor el de la pequeña cerillera; parecía una elección muy apropiada y Henry era un sentimental incurable. La chica, claro está, no había escuchado ni una sola palabra.
Henry se despertó con una suave palmadita en el hombro, musitó algo incoherente y después se fue caminando como un zombi a su habitación. La noche transcurrió sin incidentes. El frío amanecer del Miércoles de Ceniza se alzaba lentamente sobre Estocolmo y la joven seguía durmiendo profundamente, con una respiración cada vez más regular.
El frío no liberó su garra de acero sobre Estocolmo, y casi todas las noches tuvimos que salir a buscar leña para alimentar el fuego. De no hacerlo, hubiéramos muerto, simple y llanamente.
Aunque suene absurdo, constituía un delito coger lo que la gente arroja en los contenedores, así que para asegurarnos siempre actuábamos después de oscurecer. Una noche en que estábamos en plena faena de búsqueda, nos vimos asaltados por una sed devastadora. Estábamos muy atareados clasificando maderas en Mariaberget, pero decidimos hacer una pausa y pasarnos por el Gropen para tomar una cerveza y desentumecernos al calor del bar.
En cuanto nos sentamos en un reservado, cada uno con su cerveza, Henry me dio un golpecito con el codo señalando con la cabeza la mesa de al lado. Miré hacia allí y, a la luz sombría y sucia del bar, pude ver nada menos que a nuestra pequeña protegida, el ángel de las tinieblas que habíamos cuidado como si fuera nuestra propia hija aquella noche terriblemente fría de hacía un par de semanas.
Se había recuperado bastante bien. Tenía una cara bonita y había engordado unos kilos, repartidos apropiadamente en su anatomía. Después de nuestra intensiva cura, había empezado a hablar de forma rápida y atolondrada como el locutor deportivo de un partido de hockey sobre hielo que nunca había tenido lugar, por así decirlo. Habló y habló sin parar y de forma incoherente sobre toda su vida, que podría haber resumido en una sola frase, ya que no era lo que podría llamarse una vida muy plácida. En cualquier caso, luego se marchó sin ni siquiera darnos las gracias por nuestra ayuda, aunque no nos importó ya que al final teníamos ganas de librarnos de ella.
Y ahora estaba allí sentada en el Gropen, con una cerveza delante. No es que ofreciera exactamente la imagen de una señorita de una revista femenina, pero al menos estaba viva y riéndose con las bromas que le hacía un boxeador con la cara picada de viruelas.
– Es él -susurró Henry por la comisura de la boca.
– ¿Quién?
– ¡El tipo que le pegó!
– ¿Y tú cómo diablos lo sabes?
– Ya me conozco ese cuento. Escúchalos.
Presté atención a lo que estaban hablando. La conversación estaba llena de promesas y esperanzas y de un montón de cifras frías e improbables. Por lo visto, el boxeador iba a empezar a ganar dinero de nuevo y la chica le decía que confiaba en él. Él le prometía que las cosas se arreglarían. La situación estaba muy clara.
Henry y yo no tuvimos mucho tiempo para reflexionar sobre el asunto antes de que los ojos de la chica se posaran en mí, clavándome al asiento como si tratara de recordar algo. Me observó fijamente y giró la cabeza para examinarme como un niño impertinente.
– Hola -saludé.
– Yo te conozco -dijo.
– Eso creo -contesté.
– Tú… Claro, joder… ¿Cómo es… cómo te llamabas? Tú sales en la tele, ¿verdad? ¡Te he visto un montón de veces!
Henry se encorvó en el asiento, intentando no echarse a reír. Procuré mantener la compostura, pensando que la ingratitud es la recompensa del mundo. Por otra parte, estaba acostumbrado a que me confundieran con otros… así había sido toda mi vida.
– ¿Cómo se llama ese maldito programa donde sales? -preguntó la chica-. Míralo tú -le dijo al boxeador de la cara marcada, que asomó su enorme cabeza desde el reservado y miró un buen rato sin poder identificar al famoso.
– Pídele un autógrafo -dijo, riéndose-. ¡Mierda! He vendido la tele. Pero te prometo que compraré una nueva.
Henry y yo acabamos nuestras cervezas y salimos a la calle para completar nuestra misión. Lo último que oímos decir a la chica fue: