– ¡Es una mierda que no recuerde en qué programa salía!
– Que se joda -dijo el boxeador-. Voy a comprar una tele nueva. Mañana mismo.
Tal vez fuera realmente una especie de heraldo la chica sin nombre que encontramos en el rellano. Quizá había sido enviada a nosotros como un mal presagio en forma de ángel de las tinieblas a quien debíamos cuidar y devolver al mundo. Porque se avecinaba una época difícil y turbulenta.
Habíamos establecido en la biblioteca nuestra propia oficina fiscal aquel fin de semana en que el ejército de China avanzaba sobre Vietnam y el mundo entero parecía desmoronarse. Henry Morgan no era ningún genio de las finanzas, y yo menos todavía, así que nos habíamos recluido en nuestra gestoría provisional en la biblioteca. No parábamos de maldecir y hacer cálculos, leyendo en voz alta los confusos impresos de declaración de la renta que traían los periódicos sin lograr sacar nada en claro. Yo había percibido ingresos de hasta dieciocho sitios diferentes, y Henry no andaba a la zaga. Además, él procuraba mantener cierta discreción y reserva acerca de sus datos y se negaba a darme una visión conjunta de sus negocios. El ingreso más importante procedía de la asignación mensual que recibía del fondo fiduciario. Después había un montón de pequeñas entradas de diversos y extraños trabajos, así como los salarios percibidos como figurante para distintas compañías cinematográficas. Básicamente, se trataba de la misma confusa mezcolanza que presentaban mis ingresos. Las finanzas no eran el punto fuerte de dos caballeros tan apartados del mundo como nosotros. Además, nuestra intención era amañar las cuentas con cierta elegancia, sin que ninguno de nosotros reconociera el fraude.
Sin embargo, cuando aquella mañana de domingo leímos que China había entrado en Vietnam y que la tercera guerra mundial era inminente, nos pareció terriblemente absurdo estar allí sentados intentando trampear cien coronas por aquí y cincuenta por allá. Por más que quisiéramos desentendernos, seguíamos formando parte del grupo con los ingresos más bajos de este país, y sentíamos que todo aquello era muy injusto.
Henry tal vez estuviera más angustiado que yo, porque él siempre tenía que quedar por encima sin importar cuál fuera el estado de ánimo general, ya fuera euforia o depresión. Por supuesto, la Unión Soviética había advertido muy seriamente a China, instando a sus tropas a retirarse de forma inmediata, ya que los rusos habían firmado un tratado de defensa con Vietnam y por tanto estaban obligados a intervenir de alguna manera.
– ¡Vaya puto aquelarre! -dijo Henry con un profundo suspiro-. Este mundo está irremediablemente enfermo. ¡Me entran ganas de vomitar!
– No hay duda de que resulta absurdo estar aquí con nuestros miserables ingresos queriendo declarar hasta el último céntimo -repuse de muy mal humor-. Esto es como Beckett, Samuel Beckett.
– Creo que hoy necesito ir a la iglesia -dijo Henry-. Ir a misa y escuchar un sermón y toda la parafernalia. Es lo único que se puede hacer tal como están las cosas.
– Pero no se lo digas a Leo -dije-. Hoy no podría soportar una discusión.
– ¡Por mí ya le pueden dar a ese bastardo y a sus amigos pacifistas del Este!
– Tampoco hay que ponerse así. ¡No hace falta decir burradas!
– Menudo follón va a liarse después de esto. ¿Cómo demonios puede arreglarse algo así? Primero los rusos fueron los malos durante mucho tiempo, y ahora los chinos son los malos y perversos. ¿A quién podremos acudir en busca de consuelo?
– A Dios seguro que no.
– No me tomes el pelo. Soy un hombre débil.
– No estaba siendo sarcástico -aseguré-. Pero no puedo entender por qué de repente te entran ganas de ir a la iglesia.
– No me vengas otra vez con tu odio a Lutero -dijo Henry-. Ya no me lo trago. No me importa que amenazara con el castigo eterno, siempre se puede obtener misericordia.
– ¿Y no te tienes que morir primero?
– ¡Pues claro que no! Joder, ¿qué os enseñan en la escuela hoy día?
– En cuanto te ves acorralado, Henry, te sales por la tangente. ¿Te das cuenta? Lo que haces es dar golpes bajos. Siempre haces lo mismo cuando se discute contigo de algo serio. Cuando no puedes dar una respuesta contundente a alguna cuestión, entonces das un golpe bajo.
– Haces demasiado caso de lo que dice Leo -dijo Henry amargamente-. Ese es su argumento estrella. Es lo que dice siempre que discutimos de algo, que doy golpes bajos. Pero, qué diablos, Klasa, ahora tenemos que mantener la calma. No empecemos a desquiciarnos solo porque los chinos se hayan vuelto locos. Yo te respeto y tú tienes que respetarme. All right?
– Claro, all right.
Así que Henry asistió a misa, y cuando volvió a casa estaba de bastante mejor humor. El cura había pronunciado unas palabras muy bien escogidas. Se trataba de un buen hombre de la congregación de María Magdalena y, contrariamente a lo que podría pensarse, no era nada ajeno a lo que ocurría en el mundo. Podía abordar un asunto de forma objetiva, considerarlo en su globalidad y dejar que sus palabras de esperanza fluyeran de forma tranquila y serena, que era exactamente lo que Henry Morgan necesitaba.
En cualquier caso, acabamos como pudimos nuestras declaraciones de renta en aquel domingo negro en que la tercera guerra mundial parecía a la vuelta de la esquina, y todos parecíamos esperar con el alma en vilo la noticia de su estallido.
Henry se mostró bastante animado e ingenioso aquella tarde, no sé si por las palabras confortadoras del cura o por nuestra discusión de la mañana. Tal vez todo aquello le había hecho recapacitar, porque realmente se esforzó en no parecer evasivo ni en eludir las cosas. Henry el cineasta era un gran admirador de Ingmar Bergman, cómo no, y dirigió mi atención hacia la escena de El huevo de la serpiente en que el inspector Bauer está interrogando a Abel sobre sus pecados, y Abel se pregunta por qué tanto jaleo por una persona tan insignificante como él cuando el mundo entero está en llamas. El inspector Bauer le dice que solo está haciendo su trabajo y que todo a su alrededor es un caos porque la gente no cumple con sus obligaciones. Solo intenta crear una pequeña parcela de orden en aquel espantoso caos del siglo veinte, y aquella es la única razón de que logre sobrevivir.
Había algo muy grande en aquel dilema, y Henry pensaba que era exactamente lo mismo que estábamos haciendo esa tarde: poner al día nuestras finanzas, dentro de nuestro privado e insignificante caos, tal vez para crear una pequeña parcela de orden en medio del gran Caos general que se cernía sobre nosotros y los demás ciudadanos desamparados del mundo.
Henry consideraba que en su calidad de hombre justo y cabal debía cumplir con su deber, pero esa no era razón para ser considerado reaccionario, como lo habíamos llamado Leo y yo. Pensé que comprendía a Henry, aunque toda aquella charla sobre deberes, obligaciones y demás hizo que mi mente retrocediera hasta los viejos tiempos de las monedas de una corona y de las expediciones de scouts.
Como de costumbre, Henry había pegado su programación diaria en el tablón de la cocina porque tenía la intención de seguir con su rutina, cumplir con su deber y crear su pequeña parcela de orden en medio del caos existente.
El lunes bajamos a relevar a Greger y Birger en los túneles y nos encontramos con un espectáculo ciertamente extraño. Greger estaba transportando unas grandes cajas de cartón llenas de conservas, comida envasada, ropa y mantas. Llevaba aquellos productos de primera necesidad a la gruta bautizada con su nombre, donde también había instalado iluminación eléctrica y algunas lámparas de queroseno.
– ¿Qué diablos estás haciendo? -preguntó Henry.
– Es cosa de Birger -dijo Greger lacónico.
– ¿Qué pasa con Birger?