– Ha sido idea de Birger, todo esto. Ha dicho que deberíamos hacer esto.
– ¿Hacer qué?
– La guerra -continuó Greger igual de críptico-. ¡La guerra!
Mientras contemplábamos atónitos los esfuerzos del hombre, empezamos a comprender que lo que realmente estaba haciendo Greger era construir un refugio antiaéreo bajo tierra. En ese momento apareció Birger para inspeccionar el trabajo, con un aire marcial de gran seguridad en sí mismo. Estaba completamente convencido de que la tercera guerra mundial estallaría en cualquier momento. En cuanto los rusos iniciaran el avance, el Oso podría llegar a Suecia de la noche a la mañana. Lo mejor era tomar precauciones, y la gruta de Greger era tan buena como cualquier refugio antiaéreo. Tenía buena ventilación y era un lugar seco, discreto y privado.
– Yo me hago responsable de esto, Henry -dijo Birger con algo de arrogancia-. Estamos almacenando provisiones para al menos dos semanas, suficientes para diez personas. He contado con vosotros tres.
– Muy bien, muchachos -balbuceó Henry-. Os dejo al cargo. -Intentaba mostrarse tan grave como exigía la situación-. Parece que ya habéis hecho un buen trabajo.
– Cuando hayamos acabado no faltará nada -aseguró Birger.
– Confiamos en que estará listo para esta tarde -anunció Greger solemnemente.
– Hacia las cinco -aclaró Birger-. Después, ya puede ocurrir cualquier puta desgracia en el mundo, porque nosotros sobreviviremos. ¡De eso me encargo yo!
– Está bien, Birger -dijo Henry-. Pues nos volvemos otra vez arriba.
– Perfecto -dijo Birger, y pareció a punto de saludar como un militar profesional.
Subimos al apartamento, sintiéndonos confiados y muy conmovidos.
– A-p-o-c-a-l-i-p-s-i-s -deletreó Henry en el ascensor.
Entonces cayó en la cuenta de que hacía un par de días que no veíamos a Leo. Quería decirle a su hermano que podía estar tranquilo, que había un lugar reservado para él en un refugio completamente privado, lo cual era todo un privilegio del que pocos podían disfrutar en aquellos tiempos tan convulsos.
Pero Leo se había esfumado. Se había marchado y no había dormido en casa desde hacía varias noches; incluso su cama estaba pulcramente hecha. En el escritorio de su habitación reposaba el cuaderno negro con el borrador de la suite poética Autopsia, en la que llevaba trabajando casi cuatro años aunque aún no había encontrado fuerzas para acabarla. Ahora parecía encontrarse en otro estadio, y muy pronto se descubriría que era mucho peor.
– ¿Así que tú no sabes nada? -preguntó Henry intranquilo.
– Nada. Me dijo hace un tiempo que pensaba llamar a Kerstin. Puede que lo haya hecho. A ella le gusta.
– Sí, por desgracia -dijo Henry-. Aunque lo cierto es que ella lo haría feliz. A ver si no mete la pata otra vez. No sabes cómo se puede llegar a poner. Nadie se emborracha como él, aunque no puede beber y él lo sabe muy bien. El alcohol activa en su mente un montón de procesos que solo hacen que empeorar las cosas.
Henry echó un vistazo en la habitación de Leo en busca de pistas, pero no había indicio alguno de que hubiera estado bebiendo allí.
– Espero no haber sido demasiado duro con él -continuó; parecía preocupado-. ¿Crees que lo fui? ¿Crees que fui demasiado duro con él?
– No. A mí no me lo parece. Si se siente deprimido es porque otros han sido duros con él.
– Me apetece pero que muy poco seguir haciendo de niñera de Leo. Pero tengo que serlo, al menos por un tiempo. Si no, acabarán dándole la pensión por discapacidad, y eso sí que sería su fin.
A principios de marzo parecía que la tormenta empezaba a amainar. La Unión Soviética había rebajado su tono belicoso y sus amenazas eran meramente verbales… o eso es de lo que pudimos enterarnos. Leíamos al menos cuatro periódicos al día y Henri le boulevardier se acercaba de vez en cuando a la estación central para comprar Le Monde a fin de conseguir un poco de información objetiva. Me leía en voz alta en francés, y no se podía negar que su pronunciación era perfecta, con una dicción hermosa y melódica. Podía convertir un artículo en francés totalmente desolador en un placer para los oídos, y ese es sin duda el gran dilema de cualquier músico.
Henry el pianista empezó a trabajar concienzudamente a principios de marzo del Año Internacional del Niño y de las elecciones suecas de 1979. Como ya he mencionado, el ritmo de trabajo se había visto interrumpido por algunos imprevistos, pero ahora ambos nos pusimos nuevamente en marcha siguiendo a pies juntillas el horario colgado con chinchetas en la cocina. La asignación y los honorarios llegaban de forma fluida a su debido tiempo, y yo conseguí un nuevo adelanto en concepto de royalties, que fue como una especie de aparato de respiración asistida.
El editor Franzén se armó de valor y me llamó un par de veces cuando ya había expirado el plazo de entrega. Naturalmente quería saber qué diablos estaba haciendo, dado que aquello empezaba a rozar el incumplimiento de contrato. Ya me había desembolsado cerca de quince mil coronas. Lo único que pude decirle era que estábamos atravesando una época difícil, dura e implacable, y que en tales condiciones las cosas llevaban su tiempo. Le costó bastante entender mi razonamiento, pero conseguí una ampliación del plazo de unas dos semanas, solo para acabar de dar los últimos retoques. La historia no estaba terminada ni mucho menos, pero no le dije ni una palabra al respecto. Franzén tendría que prepararse para hacer numerosos cambios en galeradas.
También a principios de marzo llegó a su fin la ocupación del distrito de Järnet, un suceso que incorporé inmediatamente a mi moderno pastiche de La habitación roja. No se llegó a los grandes disturbios de Mullvaden, y el asunto tuvo escasa repercusión pública. Henry y yo estábamos convencidos de que Leo tenía amigos en Järnet y que ahora volvería a casa, ya que la policía había precintado toda la zona y se habían iniciado los trabajos de demolición. Pero Leo continuó desaparecido y sin rastro. Poco a poco empezamos a inquietarnos, aun cuando antes ya había estado fuera durante tiempo sin que sintiéramos tal desazón. Pero en esa ocasión teníamos un mal presentimiento.
Henry iba frenético y angustiado de un lado a otro, porque pensaba que había sido demasiado duro con su hermano pequeño.
– ¿Crees que he sido demasiado duro con él? -me preguntaba una y otra vez.
Yo intentaba tranquilizarlo.
– Si se siente mal, no es por nuestra culpa. Hay muchas otras cosas que son peores, mucho peores.
Henry se tranquilizaba durante un rato, pero no le duraba mucho. Perdía totalmente la concentración y caminaba arriba y abajo arrastrando los pies con sus zapatillas, dando portazos y estuvo a punto de volverme loco a mí también.
Para relajarnos, decidimos ir a entrenar un poco al Club Atlético Europa, pero tampoco aquello funcionó. Veía a Henry dar golpes con más obstinación y energía que nunca, pero ya no quedaba rastro de aquella técnica desenvuelta, aquella improvisación impredecible que hacía que su boxeo fuera tan encantador, a falta de una palabra más precisa. Recordaba más a un peso pesado bruto y sin talento al que le importara un carajo ser bueno porque ya era grande y musculoso y lanzaba sus golpes como era debido, ni mejor ni peor.
Me percaté de que Willis también había notado el declive de Henry. Willis lo observaba a distancia con cara de preocupación, como si pudiera leer en los golpes pesados y resollantes de Henry que algo no iba bien. Había demasiada melancolía lastrando aquellos guantes y enmudeciendo sus golpes. El saco de arena ya no silbaba ni cantaba de aquella manera estridente en que solía hacerlo.
Después de ducharnos y sentarnos en los bancos del vestuario con los nudillos doloridos y la espalda humeante de vapor, Willis salió de su oficina y nos preguntó cómo nos iban las cosas.