– Se te ve un poco tieso, Henry -añadió.
– Bah, no es nada -contestó Henry quitándole importancia-. Es que tengo los hombros muy tensos. Hace un frío espantoso en la casa. Es por mi reúma.
– Chorradas -dijo Willis-. Un reumático no podría matar ni una mosca. No es eso lo que te pasa, Henry.
Henry empezó a buscar ropa limpia en su bolsa y gruñó.
– Me hace falta una mujer, Willis. Eso es lo que me pasa. Me hace falta una mujer de verdad.
– Pues búscate una -replicó Willis, guiñándole un ojo-. Tú no deberías tener problemas a ese respecto. Por el amor de Dios, estás hecho todo un seductor.
– Yo no tengo problemas con las mujeres. Son ellas las que tienen problemas conmigo.
Willis sacudió la cabeza. Conocía a Henry y sabía que aquella tarde no iba a sacarle nada más. Luego tuvo lugar la rutina de costumbre: peinarse delante del espejo, anudarse escrupulosamente la corbata y el consabido «Adiós, chicas» de siempre.
Cuando llegamos al apartamento, el teléfono empezó a sonar. Era algo que sucedía raras veces. En aquella ocasión se trataba de un saxofonista que saludaba de parte de Bill, del Bear Quartet, quien finalmente había realizado una respetable carrera como solista en el continente. El músico que telefoneaba era el líder de un cuarteto cuyo pianista era alcohólico. Quería que ese fin de semana Henry actuara con ellos en el Fasching. Serían un par de conciertos o «sesiones», como se decía en el mundillo. Henry le dio las gracias por haber pensado en él, pero le dijo que no tenía tiempo. Estaba muy ocupado con sus propios ensayos.
No pude entender por qué había rehusado la invitación, pero él se negó a hablar del tema. Eran sus asuntos y yo debía quedarme al margen, aunque le costaba bastante ocultar su satisfacción. Era un pianista solicitado que se veía obligado a rechazar una oferta.
Una atmósfera realmente desoladora se cernía sobre el claroscuro del apartamento, y yo ignoraba de dónde podía proceder, a no ser que se tratara del espíritu errante de Leo que se aparecía durante su ausencia física. En cualquier caso, no tenía que ver con el estado de nuestras finanzas, que eran escasas aunque no funestas. Tampoco se debía al frío, ya que habíamos aprendido las artimañas de mantener siempre encendido el fuego, meterse con pijama y bolsas de agua caliente en la cama y llevar puesto el cárdigan Higgins todo el día. Y tampoco tenía que ver con el trabajo, porque salíamos de nuevo a flote en una suave cacofonía del teclear de la máquina de escribir y los acordes exuberantes del piano de cola.
Henry se sentía muy optimista. Decía que se había puesto en contacto con el teatro Södra y que en principio le habían reservado un miércoles por la noche a primeros de mayo en el que no había ninguna obra de teatro programada. La dirección había reaccionado de forma muy positiva ante una velada pianística. Ahora solo faltaba que Henry Morgan pusiera la maquinaria en funcionamiento para decidir el repertorio que interpretaría de «Europa, fragmentos en descomposición», imprimir el programa y enviar invitaciones de elegante diseño a toda la élite musical. Enseguida me comprometí a vender como mínimo una sección entera de butacas de platea. Todo parecía sonreírle al compositor, que no tenía ningún motivo para sentirse desesperado. Pero, en el fondo, lo estaba.
La cosa llegó hasta el punto de negarse a levantarse de la cama una mañana de marzo. Cuando fui a la cocina, donde habitualmente él ya se habría preparado un monumental desayuno a eso de las siete de la mañana, no había nada sobre el hule de la mesa. Encontré al cocinero en la cama, completamente despierto pero apático.
– Hoy no tengo ganas de levantarme. Tengo fiebre y me siento fatal.
Me acerqué a la cama y le toqué la frente. Estaba más fría que una de aquellas farolas en cuyos postes se les quedaba pegada la lengua a los críos en los días más crudos del invierno.
– Lo mejor será que llamemos al doctor Helmers. Esto parece serio.
– ¿De verdad? -preguntó Henry posando la mano sobre su frente para notar la calentura-. No parece que sea muy grave.
– Aun así, lo mejor será que te vea el médico -contesté, y sonriendo fui en busca del termómetro de cristales líquidos.
Henry se presionó con avidez la tira contra la frente, y naturalmente su temperatura estaba por debajo de treinta y siete grados. Se quedó profundamente desilusionado y tranquilo al mismo tiempo.
– No hay razón para alarmarse. Solo es el reúma.
– ¿Y no estarías mejor si te levantaras? En la cama te quedarás demasiado rígido.
– Lo único que me sentaría bien ahora mismo sería una mujer.
– ¡Pues ve a ver a Maud!
– Qué fácil es decirlo… Está con otro hombre.
– ¿Y no hay nadie más?
– Hoy no pienso hacer nada. No habría ninguna mujer en toda Europa que quisiera estar conmigo en estas circunstancias. Incluso Lana, la de Londres, me despreciaría.
Le dejé en paz. Quería seguir tumbado en la cama compadeciéndose de sí mismo, como un niño pequeño. Tenía un par de cómics de Spiderman y Superman, y se comió hasta la última migaja de la bandeja del desayuno, así que al menos aquello no había afectado a su apetito.
El repentino frente de bajas presiones pareció remitir, y Henry se levantó de la cama para reanudar sus actividades con la resollante vitalidad, autoridad y energía que había acumulado bajo las mantas. No obstante, era como el púgil que se levanta de la lona con la cuenta en nueve, solo para recibir un nuevo aluvión de golpes. Las catástrofes reales, y de hecho esperadas, empezaron a llegar, una tras otra, como si estuvieran controladas por un demoníaco y despiadado boxeador.
A finales de marzo tuvo lugar la catástrofe en Harrisburg, Pensilvania, Estados Unidos. La planta nuclear Three Mile Island había sufrido una avería y se hablaba de escapes en los conductos del agua refrigerante. Técnicos y expertos, alcaldes y el presidente comparecieron ante la opinión pública en un gabinete elegantemente decorado con signos de interrogación dorados. Nadie sabía a ciencia cierta lo que había ocurrido; y, mucho menos, lo que podría ocurrir a continuación. Muy pronto empezaron a correr rumores de que una nefasta nube de gas se estaba expandiendo dentro de la central nuclear. Podría explotar con un efecto muchas veces más devastador que el de la bomba atómica. Los vientos podrían extender la radiactividad y habría que realizar grandes evacuaciones, centenares de miles de ciudadanos estarían muy pronto huyendo del Armagedón. A principios de abril empezaron a llegar informaciones más tranquilizadoras. La nube de gas estaba bajo control y el riesgo de fusión en el reactor había disminuido. Los socialdemócratas suecos dieron un giro radical en su política e impulsaron un referéndum nacional sobre la energía nuclear en el país.
Tras contener la respiración, el mundo dejaba escapar un suspiro de alivio esperanzado porque tal vez aún no fuera el final de la vida en el planeta, cuando de pronto llegó el siguiente mazazo: se había encontrado petróleo ruso flotando en el archipiélago de Estocolmo. El buque cisterna Antonio Gramsky había ocasionado la mayor catástrofe ecológica en el mar Báltico hasta la fecha. El buque había encallado a finales de febrero en las costas de Ventspils, en Letonia, y había vertido al mar unas cinco mil seiscientas toneladas de espeso petróleo. Ahora, a principios de abril, el crudo había alcanzado por fin el archipiélago de Estocolmo, donde se había depositado en gruesas capas debajo del hielo, amenazando las costas y las colonias de aves marinas. Unas veinticinco mil islas, entre las Svenska Högarna al norte y Landsort al sur, estaban amenazadas por el vertido, cuyos rastros empezaban a verse por todas partes. Llegaban informes desde los archipiélagos de Nassa y Björkskär, Sandhamn, Langviksskär, Biskopsön, Norsten, Utö, la isla de Storm… Y la lista seguía y seguía.