Henry estaba a punto de desquiciarse por completo. Eso resultaba patente cuando lo veía examinar como un miope frenético los artículos de prensa que hacían referencia al vertido -cifras, estadísticas, zonas afectadas-, sacudiendo la cabeza, suspirando, mesándose los pelos con desesperación.
– Esto es demasiado -decía una y otra vez-. Esto es demasiado.
Yo no podía hacer otra cosa que convenir.
– Voy a ponerme a hibernar, o a colgarme, o lo que diablos se me ocurra, joder. Solo sé que no quiero seguir en este mundo -se quejaba con amargura-. ¿Qué se supone que podemos hacer con el planeta? ¡La gente se ha vuelto completamente loca!
– La gente no se ha vuelto loca. Es la codicia de los que están al mando. El capitalismo es codicioso, y por eso suceden cosas como estas.
– Ese tipo de discursos me da alergia -dijo Henry-. Lo sabes, por Dios. Y además, ¡han sido los rusos los que han hecho esto!
– No son una excepción.
– ¡Gilipolleces! Esto va mucho más allá. Ya no se puede culpar al capitalismo de todo. Todos son igual de hijos de puta. En cuanto ponen sus manos sobre un pequeño artículo referente al Poder, lo convierten todo en enormes montañas de mierda. ¡Eso es lo que pasa, Klasa, créeme!
– Bueno, supongo que así es -dije con un suspiro-. Es posible.
– ¡Maldita sea! -continuó Henry, igual de amargado-. En cuanto me recupero un poco, empiezan a sucederse desastres, uno tras otro, solo para volver a machacarme. ¡Así nunca estaré listo!
– ¿Para el concierto?
– ¡El concierto y todo lo demás! No puedo vivir con esto…
Parecía completamente desesperado aquellos días, dando vueltas sin descanso por el apartamento, abriendo y cerrando puertas, bajando a la gruta de Greger -o El Refugio, como se llamaba en esos días al túnel-, para volver a subir después de excavar un poco de forma desganada e intranquila.
Así transcurrieron unos días hasta que llegó el fin de semana, y entonces Henry decidió marcharse al archipiélago para participar voluntariamente en las labores de saneamiento. En Stavsnäs se había instalado una base de barracones con radios, contenedores y muelles para el atraque de barcos de transporte de personal y equipamiento hacia las zonas afectadas por la catástrofe. Se necesitaba a mucha gente y Henry no era de los que dudaban. Cuando el asunto era realmente importante, él siempre daba la cara.
Con su mono azul de trabajo, Henry empaquetó algunas cosas que pudiera necesitar y partió el sábado por la mañana a Stavsnäs. Ese mismo día participé en una impresionante manifestación contra la energía nuclear que empezó en los Kungsträdgården y finalizó en la plaza Sergel.
Abril transcurrió en medio de un clima gris y desagradable. Iba a ser una primavera larga, desapacible y dura, que mantendría alejada la luz del sol y el verdor durante mucho tiempo. La gente empezaba a estar harta del frío, la nieve, la lluvia, la niebla y los informes de diversas catástrofes que llegaban un día sí y otro también. Era como si la gente en toda la ciudad se fuera desmoronando a cada día que pasaba. Greger y Birger se veían realmente abatidos en Muebles Man. Seguían con su trabajo a medio gas en la gruta de Greger, El Refugio, pero era difícil mantener el entusiasmo. Sobre todo cuando aquella extraña copa encontrada entre los escombros del derrumbe aún no había sido analizada apropiadamente, en palabras del jefe Morgan. El Estanquero tenía un aspecto gris y ceniciento en su pequeña tienda, mientras que el Botella y el Lobo Larsson permanecían encerrados en sus casas, encogidos y emborrachándose tras las cortinas echadas. Todo el mundo estaba entregado a su propia lucha por la supervivencia.
Henry estuvo varios días en el archipiélago haciendo tareas de saneamiento, y cuando llegó a casa a mediados de semana estaba tan satisfecho consigo mismo como desesperado con la situación. Se había instalado en la base de control de catástrofes de Stavsnäs, donde diversos empresarios de la industria de saneamiento se estaban haciendo de oro aquellos días. Había ido a la isla de Storm y había visto que cada peñasco, cada pequeña lengua de tierra y cada bahía estaban completamente cubiertos por una capa de petróleo gruesa, maloliente y pegajosa. Se había necesitado un grupo de doce personas durante dos días para sanear la peor parte. La población local tendría que limpiar con cepillo de púas durante todo el verano.
Los abuelos maternos de Henry parecían haber envejecido tan de repente que le costó reconocerlos. Era como si se hubieran quedado sin aire. Después de mucho tiempo de ausencia, Henry había ido a la isla de su infancia, Storm, como miembro de una brigada especial de catástrofes, y había encontrado a su abuelo y a su abuela como dos cañas temblorosas, dos inocentes aves marinas ignorantes de que sus vidas estaban en peligro. No entendían nada de lo que ocurría. Ni siquiera mencionaron el asunto del petróleo. Le invitaron a tomar café y hablaron como si no estuviera pasando nada. Henry no sabía si la senilidad les había golpeado de repente o si simplemente se negaban a aceptar la catástrofe.
Después Henry se había acercado hasta el cobertizo para ver el Arca. Debería haber estado allí, con su desnuda armazón, su esbelta quilla y las cuadernas que habían empezado a ensamblar haría ya unos quince años. Pero el Arca había desaparecido. Lo único que encontró Henry fueron cañizos sobre la roca. El implacable hielo se había abierto camino sobre la costa y se había apoderado de todo el cobertizo. Su lengua helada se había arrastrado sobre la isla de Storm y había derruido y destrozado por completo el cobertizo del abuelo.
Henry no podía creer lo que veían sus ojos. Lo único que quedaba del cobertizo y del Arca era un montón de cañas y tablones bajo grandes láminas de hielo, ennegrecidas de petróleo.
El mes de abril del año electoral de 1979 presentó muchas similitudes con una ópera trágica de Wagner: gris, interminable y lúgubre. Todo el mundo esperaba que llegara desde las alturas un rayo de luz redentor, salvador y liberador. Pero abril se resistía, negándose a la redención, die Erlösung. Todo aquel mes continuó como una melodía sin fin de tonos grises y sombríos.
Con vacilante determinación, proseguimos nuestra búsqueda de Leo. Tuvimos algunas discusiones -Henry seguía culpándose por haber sido demasiado duro con su hermano- sobre si deberíamos llamar a Kerstin, la hija del rey de las apuestas, ya que Leo había mencionado que pensaba ir a verla. Después de todo, parecía que había algo entre ellos. Y nuestras suposiciones fueron acertadas.
Después de una larga sucesión de conexiones con centralitas y teléfonos de vehículos ocupados, Henry consiguió contactar finalmente con Kerstin. Estaba en un atasco en Strandvägen, y lo que le contó fue que Leo había estado en su casa unos días hacía varias semanas, pero que habían acabado peleándose. Ella pensaba que se comportaba de forma demasiado pasiva y autodestructiva, todo el día en la cama tumbado y fumando. Leo empezó a sentirse irritado, dolido y ofendido, y se marchó. Desde entonces no había sabido nada más de él. Ahora ella también estaba preocupada, ya que había dado por sentado que Leo regresaría a casa con nosotros para lamerse las heridas. Quedamos en que nos mantendríamos alertas y en contacto.
Con determinación igualmente vacilante, leímos nuestros cuatro periódicos diarios. En la prensa se empezaba a hacer especulaciones sobre las elecciones municipales y generales, para las que quedaban apenas seis meses. En relación con este asunto cada vez más candente, un día encontré un artículo a página completa sobre el presidente de la Corporación Griffel, Wilhelm Sterner. Aparecía en el periódico conservador de la mañana, que informaba sobre los candidatos para un posible gobierno de derechas. Entre estos se incluían, por supuesto, las habituales y viejas glorias, ya gastadas y arrugadas, mostrando los estragos de demasiadas discusiones y compromisos. Pero también había una galería de figuras nuevas y totalmente desconocidas para la opinión pública: hombres poderosos e influyentes que actuaban entre bastidores, forjados en la escuela de Wallenberg, donde habían aprendido la importancia de estas sabias palabras: Non videre sed esse.