Wilhelm Sterner, el presidente de la Corporación Griffel, era presentado en un tono ligeramente irónico como «un caballero intachable de sesenta y cinco años», un hombre con una larga e interesante trayectoria profesional antes de alcanzar la presidencia de uno de los mayores consorcios de Suecia. En los años cuarenta, el joven abogado había iniciado su carrera como diplomático. Tras pasar por varios puestos, en los que demostró sus grandes aptitudes en el mundo de la diplomacia, consiguió el cargo de consejero en la embajada en Viena, Austria. Durante un tiempo estuvo destinado en Yakarta, Indonesia, pero a finales de los cincuenta decidió abandonar su brillante carrera diplomática para pasarse al sector privado.
Muy pronto se liberó de la sombra de Wallenberg y escaló a un ritmo vertiginoso el escalafón jerárquico de la Corporación Griffel. Estaba lleno de ideas y energía, y conocía bien el terreno. La única vez que su carrera estuvo en un grave apuro fue a principios de los años sesenta, cuando las autoridades de Alemania del Este lo acusaron de ayudar a pasar a gente a través del Muro, el Telón de Acero. El incidente estuvo a punto de dar al traste con su brillante carrera, y aquello sin duda resultó terriblemente incómodo tanto para las autoridades suecas como para los accionistas de la Corporación Griffel. No era habitual que los grandes cargos se involucraran de una manera tan flagrante en asuntos diplomáticos de otros países. Suecia ya había tenido bastantes problemas con el tema de la ayuda a los refugiados. Mediante algunas maniobras astutamente ejecutadas -probablemente dirigidas por el propio Sterner-, se corrió un tupido velo sobre el asunto, que quedó relegado a unas pocas columnas en letra pequeña. El caso se silenció y todo volvió a ser aquí paz y después gloria. Sterner había salvado el pellejo.
Después de aquello, Wilhelm Sterner no volvió a mezclarse en más aventuras diplomáticas. Trabajó siempre en las sombras, forjándose una imagen de hábil e implacable negociador, que nunca subestimó a un contrario. Era un «eterno solterón con el encanto de las sienes plateadas», aunque «las escasas fotos que aparecen en los tabloides confirman que se encuentra muy a gusto en compañía femenina».
Como todos los presidentes al frente de grandes corporaciones, Wilhelm Sterner también trabajaba un mínimo de quince horas diarias, pero daba buen ejemplo absteniéndose del jet privado y otros lujos extravagantes. Habitualmente jugaba al tenis con otros conocidos ejecutivos corporativos, y no se había perdido ni un solo torneo de Båstad desde su gran despegue en los años sesenta. Apoyaba activamente el atletismo sueco, financiaba un campo de golf cerca de Estocolmo y había conseguido el bronce en lanzamiento de peso en un campeonato de distrito en 1935.
A pesar de que haber alcanzado la edad de jubilación, no encontraba razón alguna para bajar el ritmo. Wilhelm Sterner se encontraba en su mejor momento. Si la derecha ganaba las elecciones en otoño, su nombre sonaba con fuerza para algún cargo ministerial, pese a estar considerado como «un conservador apolítico». La cartera de Industria parecía un cargo lógico; el adecuado para sus valiosas aptitudes, su larga trayectoria en el mundo empresarial y su amplia red de contactos internacionales.
Nadie temía que Sterner rechazara la oferta. Se daba por sentado que se encargaría de «limpiar» su pasado, como se esperaba de un ministro respetable, a fin de evitar las enormes posibilidades de corrupción que ofrecía un puesto como la cartera de Industria. No era infrecuente que personajes ilustres relacionados con las altas finanzas usaran la manipulación para medrar en política.
Con toda probabilidad, Wilhelm Sterner aceptaría la oferta y se desvincularía de sus actividades en la Corporación Griffel y sus quince subsidiarias, entre ellas Skandiaplaster, EKO Cementos, Astilleros Hermanos Bogren, Pesqueras del Báltico, Construcciones Hammars, así como la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., en el muelle de Sickla del puerto de Hammarby.
Alguien considerado como el próximo ministro de Industria debía estar limpio y ser invulnerable.
Contrariamente a lo esperado, Henry demostró una fortaleza bastante admirable en aquella situación. Al cabo de unos días en que llegué a pensar que iba a mandarlo todo al infierno, se recompuso y confirmó su actuación para la noche prevista de mayo en el teatro Södra. Ahora todo lo que tenía que hacer era enviar el programa del evento y acabar de pulir su versión final de «Europa, fragmentos en descomposición». De repente parecía que su gran consagración estuviera a la vuelta de la esquina.
Entusiasmado, impetuoso y obstinado, se presentó en la biblioteca, donde yo intentaba trabajar. Me hallaba en medio de lo que se podía llamar las últimas fases de mi moderno pastiche de La habitación roja. Sabía exactamente cómo debía acabar la historia y lo único que tenía que hacer era teclear las decisivas y, para Arvid Falk, desoladoras cincuenta últimas páginas. Podría hacerlo en un par de días si lograba coger un buen ritmo de trabajo, pero estaba claro que no lo conseguiría. Me limitaba a mirar a través de la ventana la grisura uniforme de la calle Horn y a contemplar allá abajo la nieve medio derretida y el tiempo espantoso, y eso me quitaba cualquier estímulo. Un trabajo arduo y virtuoso no significa nada en un mundo que solo es maldad y grisura. Nadie esperaba nada de mí, nadie me echaría de menos si no me levantaba por la mañana y nadie expresaría una profunda preocupación por mi bienestar. A propósito de cuentas, el editor Franzén era el único que hablaba de «mi cuenta». Había estado apretándome durante meses en relación con el manuscrito, y por lo visto ahora empezaba a tener dudas y a contemplar la posibilidad de haber sido estafado. Llevaba gastadas ya unas quince mil coronas.
Así pues, Henry entró de forma intempestiva en la biblioteca, preguntándome si molestaba. Aquella era una pregunta retórica, ya que siempre me estaba molestando.
– Quería pedirte un favor, Klasa -dijo con fingida humildad-. Como eres un homme de lettres… Es por lo del programa. He conseguido una imprenta barata.
– ¿Qué pasa? -pregunté irritado.
– Teatro Södra… -dijo Henry, mirándome con sus inocentes ojos azules.
– Sí, eso ya lo sé.
– Quisiera disponer de un texto… algo lírico, que sonara refinado.
– ¿Algo lírico y refinado sobre qué?
– Sobre mí, y sobre mi música, claro -dijo Henry con aire ofendido.
– ¿Y crees que yo podría escribir algo así? Yo no sé nada de música.
– Eso no importa. Es el sentimiento lo que cuenta. Tiene que ser un texto que capte el sentido de la música. No necesitas explicar mucho sobre Henry Morgan o las claves musicales y ese tipo de cosas. Es mejor si intentas captar el espíritu del conjunto.
– ¿Y ya has acabado?
– Prácticamente. Entonces, ¿qué? ¿Lo harás?
– Pues claro que lo haré -contesté-. Pero antes necesitaría escuchar la pieza completa un par de veces.
– Cuando quieras -se ofreció Henry magnánimo, con una reverencia.
– ¿Qué tal ahora? De todas formas, me había encallado.
Henry se retorcía pensativo sus hinchadas manos. Habíamos estado en el Europa la noche anterior, había peleado un par de asaltos contra Gringo y todavía se sentía un poco dolorido. Dibujó unos cuantos compases en el aire.
– Muy bien… No creo que haya ningún problema.
Nos dirigíamos hacia la sala del piano para escuchar el concierto de «Europa, fragmentos en descomposición» cuando oímos los estridentes timbrazos del teléfono. Era Kerstin. Iba en la furgoneta de reparto de Pickos número 17 y llamaba desde la plaza Kungsholm. A través del auricular se oía ruido de sirenas y gritos, y tampoco ayudó mucho que la hija del rey de las quinielas estuviera bastante alterada. Leo la había llamado varias veces en las últimas veinticuatro horas, farfullando con voz pastosa y completamente fuera de sí. Se había negado rotundamente a decir dónde se encontraba y lo que estaba haciendo. No había logrado sacarle ni una palabra coherente antes de que él colgara sin previo aviso.