Выбрать главу

Kerstin estaba lógicamente muy preocupada y Henry intentó tranquilizarla. Le dijo que Leo se comportaba así a veces, que pasaba por ese tipo de fases o episodios pero que luego se ponía bien. De todas formas, le pidió a Kerstin que intentara enterarse de la procedencia de la llamada la próxima vez que Leo se pusiera en contacto con ella. A partir de ahora no se andarían con contemplaciones.

– Ya ha jugado bastante a este juego -dijo Henry, encendiendo un cigarrillo.

– ¿Es que se trata de un juego?

– El juego más peligroso de todos -afirmó Henry.

Aquel día no hubo ningún concierto privado. Henry había perdido toda la inspiración con la llamada de Kerstin. Se disculpó diciendo que tenía los nudillos doloridos y que no hubiera logrado que sonara bien. Tendríamos que dejarlo para más adelante.

Sin embargo, nunca llegaría esa ocasión más adelante. Al día siguiente me tocó a mí quedarme en la cama. Me negué a levantarme para desayunar, leer un deprimente periódico matutino y luego sentarme ante el escritorio que se estaba convirtiendo en el testigo mudo de una suerte de fracaso. La habitación roja se parecía cada vez más a una derrota, y el trágico final de Arvid Falk empezaba a reflejar mi propia destrucción. Me había encallado. Sabía perfectamente lo que quería escribir, pero no podía sacar toda aquella mierda de mi interior; algo dentro de mí se resistía a hacerlo y yo me limitaba a echar la culpa al mal tiempo. En aquellos días se podía culpar al tiempo de casi cualquier cosa. El clima nos estaba afectando a todos, y cualquiera podría entender que un escritor fuera especialmente susceptible a las bajas presiones y al maldito siroco que se había abierto paso hasta nuestras latitudes, o que era perfectamente natural que un alma sensible quisiera echarse a morir tosiendo en el Lido, o escapar del mundo a través de las montañas hasta las nubes, como un Hans Castorp cualquiera, el personaje de novela más melancólico de todos los tiempos.

Mi sueño sobre una muerte liberadora en el Lido llegó a su fin cuando Henry Morgan entró en mi habitación, se sentó en el borde de la vieja cama de Göring y me despertó. Kerstin había llamado. Sabía dónde se encontraba Leo. La había telefoneado a medianoche y ella había dejado descolgado el auricular para ir corriendo a casa del vecino a fin de localizar la llamada. Resultó que estaba en una cabaña de verano por la zona de Värmdö.

– No tengo ni idea de dónde coño puede estar eso -dijo Henry-. Al parecer en un pueblo llamado Löknäs. Cerca de una zona militar de maniobras. ¿No fue allí donde estuvo la pasada Navidad con algunos amigos?

– Creo que sí -dije.

– En fin, supongo que tendremos que ir a echar un vistazo. ¿Puedes acompañarme esta noche?

– Claro.

– Kerstin se ha ofrecido a llevarnos.

– Muy amable de su parte. Espero que no surjan más problemas, pues me derrumbaría del todo.

– No hay riesgo alguno -dijo Henry con firmeza-. Leo no es de esa clase.

Ese día transcurrió como uno más de los días grises de aquella época. La única noticia luminosa fue que el cajón del aparador del recibidor volvía a estar de repente lleno de talonarios con vales de restaurante. Naturalmente no pregunté de dónde habían salido -me habían ordenado que no lo hiciera-, pero tenía mis sospechas. A esas alturas tenía mis sospechas de bastantes cosas, pero caminábamos en círculos alrededor de ellas, como el gato en torno al balde de agua hirviendo, intentando no salir escaldados.

En cualquier caso, comimos un almuerzo reconfortante en el Costas de la calle Saint Paul con ensalada griega y souvlaki, pinchos de deliciosa ternera de primera especiada, con cebolla y paprika. El Botella y el Lobo Larsson habían salido de su encierro y se les veía bastante bien. Habían pasado un largo período con las cortinas echadas y provistos de un auténtico arsenal de botellas, pero ahora aquello había pasado: se olvidarían del alcohol durante un tiempo y volverían a excavar en la gruta de Greger, El Refugio; recogerían cascos vacíos y trabajarían afanosamente como dos auténticos caballeros, arreglándoselas como solían hasta la primavera que se aproximaba. Los dos querían ponerse al tanto de lo sucedido últimamente y Henry les hizo un escueto resumen. Fiel a su costumbre, les prometió a cada uno una entrada para el teatro Södra cuando llegara el momento. Los hombres le dieron las gracias de antemano y le desearon suerte, sin estar muy seguros del orden en que debían expresarlo.

Tal como había prometido, Kerstin vino a buscarnos después de acabar su trabajo. Conducía la furgoneta de reparto de Pickos número 17 y se la veía bastante alterada. De forma hosca e implacable masticaba un pequeño trozo de chicle y mascullaba cortas y rápidas réplicas por la comisura de la boca, como un gángster norteamericano.

– ¿Sabrás cómo encontrarlo, Henry? -preguntó.

– Eso espero -contestó, sacando del bolsillo de la trenca un mapa que él mismo había hecho-. Debe de quedar más o menos por aquí.

– Oh, eso será de mucha ayuda -dijo la muchacha.

– ¡Maldita sea, estás de un humor de perros!

– He tenido un día muy complicado. Nada ha salido como debía.

– Al menos quiero que sepas que serás recompensada por esto -prometió Henry.

Kerstin murmuró algo inaudible y puso la radio. Estaba hablando uno de esos locutores tremebundos y terriblemente anodinos de Värmland, con una programación que combinaba música y estado del tráfico. Advertía a los oyentes de las condiciones del firme en la mayor parte de la red de carreteras del reino. Había llovido mucho por la mañana y la caída de las temperaturas provocaría la formación de placas de hielo por la noche. Después puso una larga canción del último elepé de Elton John, una canción densa, absorbente y realmente mágica.

– Súbelo un poco -dijo Henry.

Kerstin subió el volumen y el interior del vehículo se inundó con las notas de aquella luminosa canción de Elton John, que se prolongó casi todo el trayecto desde Danvikstull por la nueva autovía hacia Gustavsberg. Apenas dijimos palabra mientras sonó la canción. No sé quién tenía la culpa o el mérito de aquello: si Leo Morgan o Elton John.

Henry dirigía meticulosamente a la conductora hacia el norte de Värmdö, a través de un sinfín de pequeñas y resbaladizas carreteras, hasta llegar un momento en que no sabíamos dónde estábamos. El mapa de Henry parecía más un gráfico científico de la forma en que una lombriz se movía por la tierra durante veinticuatro horas de lluvia, y ya no nos servía de nada. Tuvo que bajarse del vehículo para preguntar a algunos lugareños por el camino hacia Löknäs y la zona militar de maniobras.

Poco a poco se fue haciendo de noche, mientras atravesábamos todo tipo de pequeñas poblaciones y campos de cultivo, hasta que nos metimos en una carretera boscosa que conducía hacia el este y parecía ser el camino correcto porque estaba completamente solitario y desierto. En el interior del bosque todavía quedaba nieve y la calzada estaba cubierta por brillantes placas de hielo negruzco, por lo que Kerstin tuvo que extremar las precauciones, utilizando todos sus conocimientos de conducción en terreno peligroso.

– Pat Moss -dijo Henry-. Estás hecha toda una Pat Moss, piloto.

– ¡Cierra el pico! -gritó Kerstin, y apagó la radio. Necesitaba concentrarse.

Henry bajó la ventanilla, pero al instante se percató de que hacía un frío espantoso y de que las temperaturas habían caído bajo cero. En la carretera no se veía un alma.