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– Joder, qué desolado está esto -dije tiritando.

– Deben de haber ocupado alguna vieja cabaña de verano -dijo Henry.

– ¿A qué te refieres con «deben»? -pregunté.

– No pensarás que mi hermano está aquí solo, emborrachándose, ¿no? -dijo Henry; no parecía muy convencido de sus palabras. O tal vez supiera bastante más que los demás.

– A mí me pareció que estaba solo -dijo Kerstin-. Aunque la verdad es que se le oía como si estuviera muy ido.

– Leo se pone realmente borde cuando bebe.

– ¿Y por qué lo hace? No debe de ser muy divertido estar en medio del bosque, emborrachándose.

– Kerstin, cariño -dijo Henry-, eres una conductora fantástica, pero no tienes demasiadas luces.

– ¿Qué quieres decir? -espetó Kerstin enojada, frenando en seco en una curva helada.

– Nada. Lo siento -contestó Henry-. Pero ¿qué demonios sabes tú? ¿Crees que cuando Leo se comporta así lo hace por diversión?

– No, claro. Ya veo… -respondió Kerstin un poco avergonzada-. Pero a veces me planteo qué hago yo con una panda de tarados como vosotros.

– ¡Eh, a mí no me mezcles con estos! -exclamé-. Los hermanos Morgan son famosos, y a los hermanos famosos se los conoce por estar un poco locos.

– That’s life -contestó Henry.

Las gracias se acabaron enseguida, porque al cabo de unos cinco kilómetros por aquella resbaladiza carretera boscosa llegamos a una pequeña cabaña de verano de aspecto solitario. Se encontraba en un lugar bastante agradable, sobre una colina frente a lo que debía de ser la bahía de Löknäs.

– Aparca ahí -dijo Henry, señalando la verja.

Kerstin aparcó, apagó las luces y tiró del freno de mano. Luego salimos a la oscuridad.

– Parece completamente abandonada -comenté.

– Creo que he visto luz en una de las ventanas -dijo Henry.

– ¿Estás seguro de que esta es la casa?

– ¿Y cómo diablos voy a saberlo? Solo confío en mi intuición, y otras veces me ha ayudado.

– Este sitio parece muy bonito -dijo Kerstin en un susurro, como si estuviéramos haciendo algo prohibido.

La pequeña cabaña de verano estaba sobre una colina con vistas sobre la bahía de Löknäs, donde el hielo todavía no se había fundido. En la orilla opuesta se alzaba otra colina, formando una magnífica ensenada sobre la bahía. Debía de ser un auténtico paraíso en verano, con ondeantes cañaverales, nenúfares y sol todo el día.

Henry iba un par de pasos delante de nosotros, y se le veía tan ansioso como vacilante. Probablemente no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo en aquel momento, pero ya no había marcha atrás. Lo único que podía hacerse era seguir adelante y averiguar qué había dentro de aquella casa.

Nos dirigimos por el suelo resbaladizo hacia la entrada. No hacía mucho que alguien había quitado la nieve del porche, por lo que el lugar no debía de estar completamente abandonado. Henry subió los escalones hasta la puerta y llamó con la mano. A través de una ventana que daba a la bahía se veía un poco de luz, pero no parecía iluminación eléctrica normal; era como una pequeña llama vacilante.

Oímos un ruido dentro de la casa y Henry volvió a aporrear la puerta. No había señales de vida. Esperamos durante un par de minutos en un silencio profundo y expectante, pero solo oímos el viento frío que susurraba entre las copas de los abetos. Luego Henry giró el pomo de la puerta y abrió.

– ¡Hola! -gritó dentro de la casa.

– Echemos un vistazo -dije, animando a Henry.

Él entró primero, y de golpe sentimos el hedor: el olor rancio a sudor, queroseno, restos de comida y excrementos. Después de atravesar una sala gélida y con corrientes de aire, encontramos, por fin, al desaparecido Leo. Estaba tumbado durmiendo sobre una cama bajo tres gruesas mantas. Todo el suelo a su alrededor estaba lleno de botellas vacías, todas de la misma marca de whisky: Johnnie Walker, muy elegante con su abrigo rojo de doble abotonadura, quevedos, bastón y sombrero de copa. Al lado de la cama había una caja con botellas aún sin abrir. En aquella cabaña se había consumido alcohol por valor de diez mil coronas.

– Me salgo fuera -me susurró Kerstin al oído, con lágrimas en los ojos. No logré discernir si era por compasión o por la repugnante peste a amoníaco.

Henry se acercó a la cama y empezó a zarandear a Leo. De pronto había abandonado todos sus miedos y se comportaba audaz y arrogante como un scout. Había que solucionar aquello, y no tenía sentido quedarse pasmado y perplejo ante la repulsiva situación solo porque Leo hubiera sufrido una pequeña recaída. Con un poco de mala suerte, eso podía ocurrirle a cualquiera. Sacudió a Leo y lo llamó por su nombre, pero no obtuvo respuesta. Sin embargo, sí que hubo reacción en la cama que había junto a la de Leo. Algo se movió y Henry dio un respingo de aterrada sorpresa cuando vio aparecer una cabeza de debajo de un rebujo de mantas asquerosas.

Era una chica terriblemente delgada y demacrada que no debía de tener más de veinte años, pero a la que las drogas le habían dado el aspecto de una anciana decrépita.

– ¡Qué demonios…! -gruñó la chica restregándose desganadamente los ojos-. ¿Qué coño estáis haciendo vosotros aquí? -dijo, como si nos hubiera reconocido de golpe.

Y resultó ser que, efectivamente, nos conocía.

– Iba a preguntarte lo mismo -dijo Henry irritado-. ¿Quién eres?

– ¡Que te den! -contestó la chica.

Henry la agarró y arrastró el escuálido cuerpo de la chica fuera de la cama, pero a punto estuvo de dejarla caer por la sorpresa.

– ¿Ves lo que estoy viendo? -me preguntó.

– El mundo es un pañuelo.

– ¡Al menos este mundo sí!

– Basta ya… basta ya -decía la chica, al igual que aquella noche en que la encontramos completamente destrozada en nuestro rellano, le dimos un baño caliente y la velamos durante toda la noche-. Dejadme en paz -continuó el ángel de las tinieblas con su voz monocorde, rasposa y gastada.

– Muy bien, muy bien -dijo Henry-. Soy el hermano de Leo y hemos venido para llevárnoslo de vuelta a la ciudad.

La pequeña y delgada criatura se sentó en el borde de la cama y se frotó los ojos. Parecía no entender lo que estaba ocurriendo. Allí sentada, con los ojos vueltos hacia arriba, se mecía adelante y atrás como si todo le diera vueltas.

– ¡Que te den! -dijo de nuevo-. Ahora no.

– ¿Qué quieres decir con «ahora»? -preguntó Henry-. ¿No ves que os estáis matando con la bebida?

La chica gimió y se desplomó en el suelo. La incorporé y la apoyé contra la cama, y luego recogí de alrededor algunas botellas vacías y mohosos botes de conservas de judías y raviolis que olían a vómito, por decirlo sutilmente.

Henry continuaba intentando devolver a Leo a la vida, levantándole los párpados y dándole bofetadas, pero sin respuesta.

– ¿Solo habéis bebido? -preguntó Henry volviéndose hacia la chica en el suelo-. Joder, no os habréis metido nada más, ¿no?

La chica seguía aturdida, con los ojos vueltos hacia arriba y obviamente sin comprender nada.

– ¿Tenéis alguna jeringuilla? -le gritó Henry al oído.

– ¿Yo? -dijo con voz pastosa-. Yo tengo la mía -añadió casi con orgullo.

– ¿Y Leo? ¿Se ha drogado?

– Ese -masculló la chica-, ese solo bebe.

Henry salió afuera a buscar un poco de nieve. Volvió con un puñado y con Kerstin, que no tenía muy buen aspecto. Su rostro estaba surcado por las lágrimas que había estado derramando.

Frotamos la cara de Leo con nieve, y solo entonces empezó a dar señales de vida. Comenzó a gruñir por el frío y a escupir. Con una repentina sacudida, apartó la cabeza que yo le sostenía y con mucho esfuerzo abrió un poco los párpados. Murmuró algo completamente inaudible y suspiró intentando darse la vuelta hacia la pared, pero no lo consiguió.

De repente, la chica del suelo dio un respingo, se puso de pie y empezó a hablar desaforadamente como lo había hecho cuando por fin se despejó aquella vez en nuestra casa, como un subastador, con una voz alta, estridente y forzada. No parecía estar de mal humor; más bien, al contrario.