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– Este año no he ido a patinar ni una sola vez -dijo Henry.

– Yo tampoco -repliqué-. ¿Qué hemos hecho realmente este invierno?

– Buena pregunta. Pero ¡al carajo con todo! Tenemos muchas cosas entre manos, muchacho. A partir de ahora van a empezar a pasar cosas.

– Puede que a ti, pero a mí no.

– No digas tonterías. Venga, vamos al Wimpy’s.

– ¿Al Wimpy’s? ¿Qué diablos vamos a hacer ahí?

– Tomarnos un café expreso y sentirnos como en casa, como si estuviéramos en Londres -dijo Henry.

Me dejé convencer, cruzamos la calle Kungsträdgård y entramos en el bar justo cuando sonaba aquella canción de Elton John que escuchamos durante nuestro trayecto a Värmdö. Nos encaramamos a un taburete cada uno, nos desabrochamos los abrigos, guardamos las gorras en los bolsillos y miramos alrededor.

– Aquí me siento como en casa -dijo Henry-. No te puedes imaginar la de horas que pasé en el Wimpy’s de Londres. En todas partes tienen el mismo vinilo…

Cuidadosamente Henry desdobló un pañuelo de tela y se sonó con fuerza. Después volvió a doblarlo con el mismo esmero y se lo guardó en el bolsillo de la americana. No había pensado en ello antes, pero era la primera persona que había visto en años que se sonaba siempre con pañuelos de tela.

Pedimos un expreso doble para cada uno. Silbando al son de la canción de Elton John, Henry sacó la pequeña navaja de su estuche de piel color burdeos. Empezó a limpiarse las uñas con aire distraído, y de vez en cuando interrumpía su manicura para mirar a la gente que iba entrando. Aquello me parecía un hábito de lo más desagradable.

Cuando nos sirvieron los cafés, sacó la pitillera de plata con las iniciales W.S. en la tapa y me invitó a un Pall Mall. Encendió los cigarrillos con un viejo Ronson y continuó silbando al ritmo de Elton John.

El café nos produjo una sensación cálida y agradable en el estómago. Esa maravillosa combinación de cafeína y nicotina tenía sabor a gran ciudad, a horas muertas pasadas en un café hojeando tranquilamente un periódico extranjero y a diálogos vacuos a la espera de algo que nunca ocurrirá: con solo la posibilidad ya bulle la sangre en las venas.

Un adolescente de cara granujienta entró en el bar sobre unos patines de ruedas y se deslizó hasta la barra para pedir una hamburguesa. A Henry le encantaron aquellos patines y le preguntó al muchacho todo lo que había que saber acerca de ellos: fabricante, precios, tecnología, condiciones climatológicas y pistas. El muchacho contestó educadamente a todas las preguntas, engulló la hamburguesa y desapareció. Así era como Henry se las arreglaba siempre para conseguir información; podría haberse convertido en un eficiente y sagaz detective si hubiera querido.

El tambaleante muchacho con acné y patines fue sustituido por una mujer muy elegante que debía de tener la edad de Henry. Se sentó con agilidad en el taburete contiguo y, al desabrocharse la trenca, se le cayó el fular de seda al suelo.

– Permítame -dijo Henry muy atento, y se inclinó para recogerlo.

– Thank you very much -dijo la mujer con un claro acento americano.

Henry frunció inmediatamente el entrecejo y adoptó su pose de seductor irresistible. Sus ojos parecieron estrecharse con aquella mirada absurda. Ya había visto antes esa expresión y estaba bastante familiarizado con el ritual.

Siguió tarareando la monótona melodía de Elton John, sacó otro cigarrillo de su elegante pitillera y lanzó una furtiva mirada a la norteamericana. Esta pidió una hamburguesa y una Coca-Cola, y luego sacó un plano de Estocolmo del bolso y lo desplegó cubriendo parcialmente la taza de café de Henry. Él no mostró inconveniente alguno por la invasión, y fue siguiendo con interés el recorrido del índice de la mujer desde el ayuntamiento a través de la plaza de Gustaf Adolf, pasando por el Jardín Real hasta la esquina de la calle Hamn con Kungsträdgård, que era donde estaba ubicado el Wimpy’s.

– ¡Bonito paseo! -se aventuró a decir en inglés.

– Ajá -contestó la norteamericana sonriendo.

La conversación prosiguió en el mismo idioma.

– ¿Está buscando algo en especial?

– ¿Acaso no buscamos todos algo en especial?

– Muy agudo -contestó Henry el seductor-. Realmente muy agudo. Pero yo soy un tipo muy sencillo, y me refería a una casa, una dirección…

– Bueno, ¿dónde vives? -preguntó la mujer con la boca llena de hamburguesa, sin por ello perder un ápice de estilo. Seguro que había probado antes aquel ardid.

– Vivo aquí. En Söder. -Henry puso su grueso índice en medio de la calle Horn-. ¿Y tú dónde vives?

– En Nueva York.

– Qué agradable -dijo Henry.

– Nueva York no es agradable. Puede ser muchas cosas, pero no agradable.

– Ah, comprendo -contestó Henry poniendo cara de muy interesado.

– ¿Te importaría enseñarme el casco antiguo? Aún no lo he visto.

– Cómo no, tienes que ver el casco antiguo. Será un placer acompañarte. Oye -Henry se dirigió a mí en sueco-, creo que voy a hacer un poco de turismo. Nos vemos esta noche. O tal vez por la mañana.

No podía poner ninguna objeción. Tan solo desearle buena suerte de todo corazón. Nos despedimos con un apretón de manos y un guiño. Como dos pilotos ingleses a punto de hacer una incursión aérea en el frente alemán.

– ¡Buena suerte, camarada! -dije en inglés.

Volvía a lloviznar. En la calle, Henry Morgan, pianista, boxeador y seductor, se subió el cuello del abrigo, se caló la gorra y ayudó a la norteamericana a sortear un charco de la acerca sin parar de charlar. Así es como debía ser. Me quedé un rato en el Wimpy’s, escuchando la interminable canción de Elton John y seguí a Henry con la mirada hasta que desapareció por el Jardín Real, sin dejar de gesticular. Solo podía desearle suerte de todo corazón a aquel incorregible caballero. Fue la última vez que vi a Henry Morgan.

Luego todo sucedió muy deprisa. Tras dar un largo paseo por la ciudad bajo la llovizna sin encontrar en mi deambular una sola alma conocida, me dirigí a casa para cenar sin sentirme especialmente desanimado. Compré algo de comida y pensé en continuar con mi trabajo. Había llegado la hora del sprint final para la condenada Habitación roja; pretendía librarme de todos mis compromisos antes del verano.

Cuando llegué a casa hacia las cinco, encontré a Leo sentado a la mesa de la cocina, con la parte superior de su cuerpo desplomada sobre el hule y profundamente dormido. Se había metido entre pecho y espalda media botella de aguardiente Renat, probablemente de una sentada. No conseguí despertarlo. Furioso y al borde del llanto, maldije hasta desgañitarme. Todos nuestros esfuerzos habían sido en vano. En cuanto se le dejaba sin vigilancia tenía que rebelarse, como un niño.

Con toda la fuerza de mi rabia, lo agarré por las axilas y arrastré el cuerpo hasta su habitación. En ese momento recuperó el sentido, murmuró, balbuceó algunas palabras, se rió, gruñó, me dio las gracias por ayudarle y me dijo que me quería. Después cayó en un sueño profundo.

Me preparé una cena ligera a base de albóndigas y espinacas congeladas, llené un termo con café y me retiré. Cerré la puerta de la biblioteca, me senté al escritorio y empecé a ordenar todos mis papeles. Enseguida estuve inmerso en la escritura de La habitación roja, que en su nueva encarnación parecía por fin estar bien dispuesta y amueblada.

No tenía ni idea de que había visto a los hermanos Morgan por lo que cada vez más empezaba a parecer que sería la última vez.