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Y fue precisamente eso lo que no sucedió. Hacia las once de la noche -acababa de hacer un descanso para escuchar las noticias de la radio- llamaron a la puerta. Oí algunos timbrazos amortiguados a través de varias puertas cerradas, y, como sabía que Leo no se iba a despertar, me dirigí al recibidor. Henry seguía fuera con aquella elegante norteamericana que estaba buscando algo, al igual que todo el mundo.

Encendí la lámpara del recibidor y a través de las puertas acristaladas puede ver la silueta de dos hombres en el rellano. Sin sospechar nada, abrí.

Aproximadamente veinticuatro horas después, sufriendo un espantoso dolor de cabeza, intentaba abrir los ojos en una de las unidades de cuidados intensivos del hospital de Söder. Intenté recordar lo que había visto, pero no me dio tiempo a ver mucho antes de que todo se volviera completamente negro y estrellado. Tal vez recuerdo un ruido de algo que crujió y una especie de sonido sibilante y quejumbroso en el interior de mi cráneo. Era como algo que había oído en mi niñez, cuando me caí de mi primera bicicleta y me golpeé la cabeza contra la acera.

Aunque estaba seguro de que en esta ocasión no me había caído.

Sin duda me encontraba bastante cansado y confuso, porque mis pensamientos no eran nada lúcidos. Hacía constantes revisiones del estado de mi cerebro, formulándome complejos problemas matemáticos que resolvía con más rapidez que nunca. También recitaba de corrido la lista de los reyes suecos sin encallarme en ningún momento, ni siquiera con algún desgreñado vikingo. Era como si mi cerebro se hubiera vuelto más ágil y despierto después de haber sido tan maltratado. Ahora, a toro pasado, me doy cuenta de que no debía de estar tan bien de la cabeza como creía, ya que la carta de Henry había permanecido sin abrir durante unos días hasta que finalmente me decidí a leerla.

La carta de Henry había sido entregada el día después de recibir el golpe. Había vuelto a casa después de haber «tomado un revitalizante afrodisíaco en un bar» y de que la elegante norteamericana le hiciera su cura especial en una suite del hotel Sheraton. Henry se enteró de que Greger, de entre toda la gente posible, me había encontrado inconsciente en el rellano y me había llevado a urgencias del hospital de Söder. Greger, ingenuo y crédulo como era, había dado por supuesto que me había caído en la escalera y me había golpeado en la cabeza.

Sin embargo, Henry era lo suficientemente inteligente para ver que existía una relación entre mi lamentable estado y la conspicua ausencia de Leo. Para más inri, durante su habitual ronda nocturna, el Lobo Larsson había visto cómo dos señores de aspecto muy pulcro se llevaban a rastras a un aturdido Leo hasta un coche que los esperaba. Se habían marchado con absoluta calma y tranquilidad, como si se tratara de un asunto completamente legal, una misión de transporte prevista de regreso al paraíso protector y cerrado de un pabellón.

En cualquier caso, aquella era la versión oficiaclass="underline" por alguna razón el ciudadano Östergren se había caído de bruces en el rellano del apartamento, y el ciudadano Leo Morgan había sido retirado de la circulación porque resultaba peligroso tanto para sí mismo como para el resto del mundo.

Pero la carta de Henry confirmaba mis sospechas. Afirmaba categóricamente que «ellos» se habían llevado a Leo y que yo no me había caído por accidente. «Ellos» habían hecho un buen trabajo, seguramente utilizando una especie de porra: una pequeña bolsa de piel llena de perdigones que no dejaba cortes profundos y que hacía que el ataque pareciera una caída normal provocada por un torpe traspié.

También había escrito que tenía una idea bastante clara y definida de adónde se habían llevado «ellos» a Leo, y que esta vez no pensaba esperar y rendirse. Estaba ya muy harto de toda aquella situación y estaba dispuesto a solucionarla, de una vez por todas. No decía quiénes eran «ellos», ni tampoco qué es lo que tenía que solucionar, ni dónde.

En general, aquella carta resultaba bastante extraña. No cabía duda de que Henry sabía hablar y de que con su oratoria podía llegar a donde quisiera, pero era incapaz de plasmar sus ideas en un papel. Era disléxico, al igual que el rey, como se apresuraba siempre a recordar.

Sin embargo, en cuanto se ponía a escribir, la conciencia de su dislexia le llevaba a esforzarse en exceso para intentar parecer lo más refinado posible. Utilizaba numerosas expresiones anticuadas, solemnes y anacrónicas, como si estuviera dirigiéndose a Su Alteza Real, a un jurado o alguna autoridad sujeta a estrictos formalismos.

Debido a esa lucha denodada por la coherencia lingüística y sus esfuerzos por escribir con un estilo pulcro y refinado utilizaba palabras cuyo significado evidentemente desconocía. Era probable que las hubiera oído en alguna parte y era demasiado vago para averiguar su verdadero significado.

Así pues, la extraña carta dirigida a su maltrecho amigo acababa con unas líneas bastante equívocas: «Te pido enconadamente que, puesto que la policía no debe hallar acceso a esta información, quemes esta carta y hagas que el contenido de la susodicha quede entre nosotros hasta que aparezca una mayor información o hasta que la muerte nos separe. Con todo mi afecto, lloro y te deseo lo mejor, tuus, Henry Morgan».

Durante un tiempo todo pareció quedar en suspenso. Después de pasar un par de días en observación, me dieron de alta en el hospital con algunas advertencias: nada de fiestas, excesos o esfuerzos y, sobre todo, reírme solo lo imprescindible. Por lo demás, podía hacer lo que quisiera. Cogí un taxi hasta casa y conseguí entrar en el portal del edificio sin ser visto, ya que la cabeza afeitada y vendada me daba un aspecto bastante sospechoso.

El apartamento de la calle Horn estaba como de costumbre, aunque todo lo que habíamos intentado construir parecía haberse esfumado. Deambulé por el enorme piso sin encontrar signos de vida de los hermanos Morgan. Decidí esperar su regreso, que nunca se produciría.

Durante un tiempo todo pareció quedar en suspenso. El primer día estaba como si caminara sobre ascuas, esperando oír en cualquier momento el redentor timbre del teléfono o un liberador portazo. Ver presentarse a Henry diciendo que todo el asunto se había solucionado y que podíamos olvidarlo. Pero no ocurrió nada. Todo permanecía tranquilo y en silencio, y empezaba a sentirme angustiado.

Toda mi vida había empezado a girar en torno a algo realmente triste: el gran espejo del recibidor. Más o menos cada media hora salía al vestíbulo, encendía la lámpara y contemplaba mi maltrecha imagen en el espejo, examinando los puntos debajo de la venda y probándome diversas gorras que pudieran encubrir mi aspecto bochornoso. Me decidí por una inglesa de tweed.

Estaba plantado frente al espejo -majestuoso, de cuerpo entero y con un marco dorado coronado por querubines- cuando oí la algarabía de una banda de militantes activistas abajo en la calle. Sentí curiosidad y fui hasta el salón, descorrí las cortinas y vi una gran manifestación que discurría por la calle Horn. En ese momento debía de estar pasando una organización política menor, ya que la cifra de manifestantes tras las pancartas debía de rondar los dos o tres mil participantes.

Era el Primero de Mayo. No lograba entender cómo podía haber olvidado por completo esa fecha. El enorme apartamento estaba sumido en la oscuridad tras los grandes y pesados cortinajes -me protegía de la luz porque me dañaba a la vista y me producía dolor de cabeza-, y aquel deprimente claroscuro resultaba más asfixiante que nunca. Aun así observé que, pese a ser Primero de Mayo, la primavera aún no había hecho su aparición. Parecía hacer bastante frío y soplar viento abajo en la calle. Abrí un poco la ventana, pero no sentí ningún deseo de salir. Me pregunté por un momento en qué lugar me habría colocado este año, qué bando de la manifestación habría elegido si me hubiera encontrado en posición de elegir, pero no lo estaba. Ya no tenía posibilidad de elección, o eso pensaba.